FICHAS DE FAUNA DE LA PROVINCIA DE GRANADA. (Reptiles)

 

  

 

 

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Uno de los más populares habitantes de nuestros ríos, embalses y zonas húmedas, es el galápago leproso. Se trata de la única especie de tortuga (exceptuando a las marinas) que podemos encontrar de modo natural en nuestra provincia. Aunque todavía mantiene importantes poblaciones y no se encuentra especialmente amenazado gracias a su gran adaptabilidad y resistencia a la contaminación, la reciente invasión por parte de unos indeseables “congéneres americanos” complica en parte su futuro. Por último hay que dejar claro que, a pesar del poco agraciado apelativo que los hombres de ciencia le han aplicado, no padece tan desagradable enfermedad como es la lepra.

 

Galápago leproso (Mauremys leprosa)

 

Por Eduardo Escoriza, revisado por Luis García-Cardenete y la colaboración de Javier Fuentes, José Luis Esteban y Javier Benavides (A.H.G).

 

© Javier Fuentes

Primer plano ejemplar adulto. Pinos Puente (Granada), marzo 2006. 

 

Ficha técnica:

 

Clase: Reptiles

Orden: Quelonios

Familia: Batagúridos

Género: Mauremys

Especie: leprosa (Schweigger, 1812)

Estatus legal: No aparece incluido ni en el Catálogo andaluz de especies amenazadas (Ley 8/2003, de 28 de Octubre, de la flora y la fauna silvestres), ni en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas. No obstante el Atlas y Libro Rojo de los Anfibios y Reptiles de España, editado en 2002, propone su inclusión en la categoría “Vulnerable” (VU), que recoge aquellas especies, que no estando incluidas en las categorías de  “En peligro” (EN), o” En peligro crítico” (CR), se enfrentan a un alto riesgo de extinción en estado silvestre en el futuro inmediato por culpa de distintos factores que afectan negativamente a la supervivencia de sus poblaciones silvestres. Es importante destacar su inclusión en el Anexo II de la directiva de Hábitats de la Unión Europea, por la que se establece la obligación de declarar ZECs (Zonas de Especial Conservación) para garantizar su futuro. En cuanto a la ley 42/2007 del Patrimonio Natural y la Biodiversidad, el galápago leproso aparece incluido en el anexo V, que recoge aquellas especies animales y vegetales de interés comunitario que requieren una protección estricta.

 

Con la casa a cuestas

 

Sin duda la principal característica tanto del galápago leproso como del resto de tortugas, es la presencia de un caparazón o concha que protege su tronco y órganos internos. Es ovalado y aplastado, con un diseño hidrodinámico que le permite realizar rápidos movimientos en el agua y facilitar asimismo su ocultación en el fango y la vegetación sumergida. Se vuelve más ancho a medida que nos desplazamos hacia la parte posterior del cuerpo. La parte superior o espaldar, dividida en una serie de placas de distintos tamaños, está coronada por una línea vertebral prominente o quilla que recorre longitudinalmente la espalda desde la nuca hasta el inicio de la cola. La coloración varía con la edad, presentando tonos más intensos en los juveniles y subadultos. Generalmente es de color grisáceo, marrón e incluso verdoso y en el centro de cada placa tiene una mancha ovalada de color marrón claro o anaranjada que desaparece en los adultos. La parte inferior, plastrón o peto es de color blanquecino- amarillento con grandes manchas negras que también van desapareciendo con la edad .Se conocen casos de albinismo.

 

© Eduardo Escoriza Abril

Plastrón en macho adulto. Colomera (Granada), marzo 2004.

 

La cabeza es grande, alargada y recubierta de piel lisa, sin placas como en las tortugas terrestres. En el cuello y la garganta la piel se vuelve más rugosa y actúa como una especie de fuelle que al contraerse permite la ocultación completa de la cabeza dentro del caparazón. Los individuos jóvenes y algunos machos adultos poseen un bonito diseño en esta zona, con una serie de bandas horizontales de color naranja  ribeteadas de negro  y una pequeña mancha redondeada también de color naranja muy vivo situada entre el ojo y el tímpano. Los ojos, no muy prominentes tienen la pupila redonda y de color negro. El iris es dorado y está atravesado por una línea horizontal oscura. La boca es muy ancha y le da al rostro una expresión de sonrisa, sobre todo en su vista frontal. No tiene dientes y los labios se han transformado en un reborde córneo muy afilado que le permite agarrar y cortar los trozos de alimento.

Las extremidades son muy robustas, fuertes y recubiertas de grandes escamas, sobre todo las anteriores, que forman un auténtico escudo frontal cuando están replegadas en el caparazón .Los dedos, 5 en las anteriores y 4 en las posteriores, tienen largas y afilada uñas y están unidos por membranas interdigitales que facilitan enormemente sus desplazamientos acuáticos. La cola es bastante larga, ancha en su base y cada vez mas estrecha conforme va llegando a su parte final. Proporcionalmente es mucho más larga en los juveniles. Con la edad esta crece en menor proporción que el resto del cuerpo, y además se suele desgastar y a veces falta su extremo por la acción de predadores como ratas o algunos peces. Es muy raro que los ejemplares más longevos la presenten completa.

 

 

© Eduardo Escoriza Abril

Detalle de la cabeza, Olivares (Granada), septiembre 2006.

 

Las hembras son mas grandes y pesadas que los machos, llegando a alcanzar más de 20cm. de longitud y en torno a 1kg de peso. Los machos tienen la cola más larga y el peto es ligeramente cóncavo, para facilitar el apareamiento. Asimismo la abertura cloacal la tienen  más alejada de la base de la cola.

 

A pesar de su apellido, leproso, no padece dicha enfermedad y tal denominación corresponde al desagradable aspecto que presentan algunos ejemplares, que tienen el caparazón completamente cubierto de algas filamentosas y barro, y al hecho de que cuando están fuera del agua y se secan, se desprenden las capas más externas de las placas del caparazón. Si a todo esto unimos el hecho de que cuando se sienten amenazados (por ejemplo al cogerlos con la mano) unas glándulas situadas en la zona inguinal segregan un líquido ciertamente pestilente, acompañado de la descarga de heces y orina, no es de extrañar que se hayan ganado tan despectivo apelativo.

 

© Eduardo Escoriza Abril

Hembra adulta, Embalse de Puentes, Lorca (Murcia), agosto 2007.

 

La tortuga más abundante de nuestra península

 

Su área de distribución natural abarca el norte de África (Marruecos, Argelia, Túnez, Libia), sur de Francia y la Península Ibérica. En nuestro país es mucho más abundante cuanto más nos desplazamos al sur y al oeste, con las mayores poblaciones situadas en Extremadura y Andalucía Occidental. Es muy escasa en el tercio norte peninsular, a excepción de Cataluña y el Bajo Ebro donde vuelve a ser frecuente.

En Granada está muy bien distribuido, escaseando conforme nos desplazamos hacia el noreste. Ocupa la mayoría de ríos en su curso medio y bajo, arroyos y pantanos, situados por debajo de los 1000msnm.

 

 

 Mapa de distribución provincial.

 

Una vida ligada al agua

 

Los galápagos también son llamados “tortugas de agua”, pues a diferencia de las especies terrestres o “tortugas de tierra” llevan una vida íntimamente ligada al medio acuático. Es el reptil más acuático, por delante de las dos culebras de agua. A nuestro galápago podemos encontrarlo en gran variedad de zonas acuáticas, ya sean ríos, arroyos, charcas naturales, lagunas litorales e incluso embalses  y grandes balsas de riego. Es una especie muy termófila (amante de temperaturas medias-altas), por lo que su rango de altitud está situado entre el nivel del mar y los 1000msm. Por encima de esta cota es difícil encontrarlo, pues las condiciones de temperatura ya no son idóneas para su desarrollo. La máxima altitud a la que ha sido encontrado en Granada, son 1050msnm., en el río Genil. Observaciones a mayor altitud suelen deberse a traslocaciones por parte del hombre, como ocurre a veces en estanques, charcas y balsas de riego en la Alpujarra, donde es llevado para que las mantenga limpias. No son muy exigentes en cuanto a las características físicas y la calidad del agua del sitio donde viven, siendo bastante resistentes a la contaminación orgánica. Prefieren charcas y tramos de río con poca corriente y pozas profundas, donde pueden esconderse con facilidad. Incluso podemos encontrarlo en arroyos de poca entidad y zonas pantanosas que llegan a secarse durante el periodo estival.

 

© Eduardo Escoriza Abril

Hembra adulta entre la vegetación acuática, río Colomera (Granada), junio 2006.

 

Su actividad es predominantemente diurna, aunque durante las épocas de más calor hemos podido observarlos activos en plena noche. Pasan muchas horas soleándose sobre troncos, piedras o directamente en zonas despejadas de las orillas. Estos lugares estratégicos, sobre todo los situados en mitad de los cauces y que proporcionan mayor protección frente a sus predadores, están muy solicitados y en lugares con gran densidad, se amontonan unos sobre otros, intentando ocupar el mejor sitio para tomar el sol. Hemos podido observar la predilección que tienes algunos ejemplares por piedras y troncos concretos a la hora de tomar el sol, y como vuelven casi siempre al mismo sitio una vez que se han lanzado al agua cuando se han sentido amenazados.

 

 © Eduardo Escoriza Abril

Juvenil soleándose en la orilla de un arroyo, río Turrilla, Lorca (Murcia), marzo 2006.

 

Habitualmente tienen un periodo de hibernación que comprende desde el mes de noviembre hasta el de febrero o marzo. Durante este periodo se entierran en el fondo del río o cerca de la orilla a la espera de mejores temperaturas. En lugares cercanos a la costa, con temperaturas invernales suaves no tienen una verdadera hibernación, simplemente reducen su actividad al mínimo, e incluso es posible observarlos tomando el sol en pleno mes de diciembre o enero. Aquellos que ocupan medios acuáticos no permanentes, o que viven en tramos de río que se secan en verano, tienen la capacidad de estivar, es decir, permanecen inactivos y enterrados, hasta que el agua vuelve a ocupar el cauce. Otros inician largos desplazamientos por tierra intentando localizar otro sitio adecuado que tenga agua.

 

 

© Javier Benavides

Comparativa de tamaño entre hembra adulta y juvenil, Albolote (Granada), mayo 2005.

 

Tras el periodo de hibernación, los machos son los primeros en entrar en celo, y se muestran muy activos buscando a las hembras. Cuando localizan a una de ellas, no paran de acosarla nadando alrededor de ella, mordiéndole las patas, la cola y el cuello e intentando subirse encima. Las cópulas suelen tener lugar mientras permanecen sumergidos, sobre el lecho, aunque también pueden producirse en tierra firme. Suelen establecerse luchas entre los machos, que pueden llegar a infringirse serias heridas con sus afiladas mandíbulas. Machos y hembras viejos a menudo presentan gran número de cicatrices, sobre todo en la piel del cuello, con la típica forma del pico corneo que poseen.  Los machos alcanzan la madurez sexual a los 6 o 7 años cuando miden unos 10cm. y las hembras un poco más tarde, sobre los 10 años y con un tamaño de 15cm. Las hembras excavan sus nidos no muy lejos de la orilla del agua. Tienen unos10cm de profundidad y generalmente se sitúan en terrenos sueltos. Allí depositan de 1a 15 huevos alargados y de cáscara dura, dependiendo de su tamaño. A lo largo de la temporada de cría, entre los meses de abril a junio, puede hacer 2 puestas. Al cabo de unos 60-90 días se produce la eclosión de los jóvenes, que en este momento miden unos 2,5 cm y pesan unos 5gr. Son casi redondos y es muy característica su cola exageradamente larga, casi de la misma longitud que el resto del cuerpo, y el caparazón blando. La cabeza es entonces muy achatada frontalmente. Rápidamente se dirigen al agua en busca de protección.

 

© Javier Benavides

Ejemplar juvenil, Albolote (Granada), mayo 2005.

 

Son omnívoros, pero prefieren los alimentos de origen animal. Aunque pueden llegar a cazar pequeños peces, tritones ranas y renacuajos, la mayor parte del alimento la obtienen recorriendo el fondo o recogiendo aquellos pequeños animales que caen al agua y flotan en la superficie. No son muy exigentes y devoran carroña, plantas acuáticas, insectos, etc. Hemos podido observar como grandes ejemplares “pastaban” como si fueran ovejas en la maraña de raíces de sauces, álamos y tarays situadas en los bordes poco profundos de un riachuelo o embalse.

Los galápagos están muy bien dotados para protegerse de los depredadores. A la indudable ventaja que supone la posesión de una concha robusta donde pueden esconder todos sus miembros, la cabeza y la cola, se une una vista y sobre todo un oído excelentes. La mayoría de las veces cuando recorremos la orilla de un río, es posible que sólo detectemos su presencia por el ruido que hacen al caer al agua desde su atalaya y por un rastro de fango que enturbia su huida. Efectivamente, a la menor señal de peligro, sea esta visual o auditiva, instantáneamente se lanzan al agua y corren a refugiarse en el fango del fondo o entre la vegetación, buscando siempre las zonas de mayor profundidad. Pero ahí no queda todo, si algún animal llega a capturarlo, o nosotros mismos lo cogemos entre nuestras manos, entran en acción unas glándulas que segregan un líquido nauseabundo, dejando un recuerdo oloroso inolvidable. No obstante, los juveniles y sobre todo los recién nacidos que tienen el caparazón todavía muy blando, pueden ser capturados por culebras acuáticas, aves como las garzas, cigüeñas, grandes peces como el lucio y black-bass y por mamíferos como la nutria, el turón, el zorro y el jabalí. Si superan estos primeros años críticos, y alcanzan el tamaño adulto, el abanico de enemigos naturales se reduce enormemente, pudiendo llegar a vivir más de 20 años. Entonces, sus mayores enemigos son el hombre y el efecto continuado de la contaminación.

 

© Luis García Cardenete

Charca habitada por el galápago leproso, Loja (Granada), junio 2004.

 

Supervivencia cada vez más amenazada

 

Aunque las poblaciones granadinas de galápago leproso son todavía ciertamente saludables, y la resistencia y dureza de esta especie es proverbial, los problemas para su conservación van aumentando día a día. El declive más acusado se está produciendo en la zona costera, a causa de los continuos cambios en el uso del suelo. Las nuevas urbanizaciones, los cultivos de invernadero, la sobreexplotación de acuíferos, la desaparición del cultivo tradicional de caña de azúcar y la desecación de varias lagunas litorales están conduciendo a la especie a una situación desoladora, fragmentando gravemente sus poblaciones y produciendo la extinción en algunas localidades concretas.

La situación en las comarcas del interior, aunque menos preocupante, también comienza a dar signos de alarma. La creciente intensificación de la agricultura tradicional de secano (olivar, viña, cereales, almendro) y su creciente transformación en regadío, conlleva un uso desmedido de los recursos hídricos, con la consiguiente disminución de los niveles freáticos y la desecación de amplios tramos de ríos. Varias lagunas que acogían galápagos también han desaparecido y la proliferación de embalses en todos nuestros ríos, ha supuesto una grave alteración del ciclo anual del agua. Las zonas embalsadas podrían parecer en principio beneficiosas para el galápago, pero no lo son, al sufrir bruscos cambios de nivel y poseer grandes desniveles en las orillas. Solamente ocupan las colas de algunos de ellos, donde los cambios de nivel son menos bruscos. Los cauces situados aguas abajo de las presas sufren drásticas alteraciones en sus condiciones ecológicas, pues se modifica completamente el ciclo anual de crecidas en invierno y estiaje en verano. En algunos casos como el río Colomera y otros, se le ha dado completamente la vuelta al ciclo, y el río lleva muchísima más agua en verano que en invierno con el consiguiente perjuicio para la biodiversidad asociada al río.

 

 © Eduardo Escoriza Abril

Galápago leproso refugiándose en el agua, río Colomera (Granada), junio 2004.

 

Aunque anteriormente hemos indicado que el galápago leproso es ciertamente resistente a la contaminación orgánica, lo es hasta cierto punto, y ya no digamos frente a la contaminación química producida por los cada vez más frecuentes tratamientos con pesticidas en nuestros extensos olivares, cuyos residuos terminan en ríos y embalses. Estos son cada vez más concentrados, al aumentar la cantidad de productos empleados y haber menos cantidad de agua en la que se diluyen. Las consecuencias pueden ser devastadoras.

Afortunadamente las capturas que se realizaban para destinar los ejemplares al comercio de animales de compañía prácticamente han desaparecido. Hasta mediados de los años 90 era habitual encontrar puestos en mercadillos, como la”marcha verde” en el granadino barrio de Almanjáyar  que ofrecían cientos de pequeños galápagos hacinados en barreños de plástico y que posteriormente seguramente agonizarían en casa de los incautos compradores. Algunos de ellos volvían al medio natural, al hartarse de ellos sus dueños, pero en lugares distintos a su origen, con los consiguientes problemas de contaminación genética.

Otra causa que produce gran mortalidad a los galápagos, es su captura accidental mediante nasas para la pesca del cangrejo de río, pues los animales quedan atrapados en ellas atraídos por el cebo y mueren ahogados al no poder tomar aire mientras están en ellas. De todas formas esta es una práctica poco extendida en nuestra provincia.

 

© Luis García Cardenete

Hembra adulta con huevos atropellada en una pista, Andujar (Jaén), abril 2004.

 

La invasión americana

 

Otra circunstancia reciente se suma a la lista de amenazas que se ciernen sobre nuestro protagonista. Se trata ni más ni menos que de la “invasión“de nuestros cauces por parte de distintas especies de galápagos de origen americano, concretamente pertenecientes al género Trachemys y popularmente conocidas como “tortugas de Florida”. ¿Y como han llegado hasta aquí? Pues sencillamente de la forma más inocente, tras haber pasado un tiempo en cualquiera de nuestras casas y supuestamente para “que lleven una vida mejor”. Las importaciones masivas de estos galápagos desde granjas americanas y el posterior abandono de muchos de los ejemplares en distintas zonas húmedas, supone una amenaza concreta para la supervivencia de nuestros galápagos autóctonos. Aunque sus posibles consecuencias no han sido correctamente estudiadas, ya se han citado casos en que estos animales han llegado a reproducirse de forma natural en algunos enclaves de nuestro país, y en otros sitios, las sueltas continuas han hecho que sean mucho más abundantes y fáciles de observar que nuestras especies. En Granada es posible verlas en embalses como el Cubillas. Bermejales, Regidor o de Quentar, así como en el río Genil. Esperemos que no traigan consigo ninguna enfermedad que pueda afectar a nuestras poblaciones de galápago leproso y ocurra lo mismo que con el cangrejo americano, que ha sustituido casi por completo a nuestro cangrejo autóctono.

 

 

© Eduardo Escoriza Abril

Galápago de Florida, parque público en Lorca (Murcia), julio 2007.

 

Por un futuro mejor

 

Garantizar la supervivencia de las poblaciones granadinas de galápago leproso es sencillo y a la vez muy complicado. Ni más ni menos se trata de mantener las condiciones ecológicas adecuadas de toda nuestra red hidrográfica y zonas húmedas. De este modo no sólo se verían favorecidas las poblaciones de galápagos, sino las del resto de animales y plantas que viven en estos medios.

 

1. Depuración adecuada de las aguas residuales que se vierten a los cauces, tanto las de origen urbano, fundamentalmente con alto contenido orgánico, como las de origen industrial.

 

2. Control de las extracciones ilegales de aguas subterráneas y superficiales.

 

3. Recuperación del dominio público hidráulico, y evitar la ocupación ilegal de las riberas y zonas de inundación de los ríos.

 

4. Restauración del ciclo anual del agua en los cauces afectados por la construcción de embalses. No basta tan sólo con el establecimiento de los “caudales ecológicos”, que casi nunca se respetan, sino de establecer un régimen de caudales que imite, en lo posible, las condiciones existentes antes de la construcción del embalse.

 

5. Limitación del comercio de especies exóticas de galápagos. Aunque ya se han dado algunos pasos en este aspecto, no son suficientes, pues tras la prohibición de la importación de algunas especies y subespecies, el hueco dejado en el mercado rápidamente es cubierto por otras nuevas. Aunque suelen ser menos agresivas o competitivas con las autóctonas, no dejamos de aumentar la biodiversidad alóctona de nuestros medios acuáticos. En el embalse de los Bermejales y sus alrededores, se cuentan ya tres especies diferentes de quelonios introducidas.

 

6. Campaña educativa sobre las consecuencias negativas sobre nuestro medio natural de la introducción, intencionada o no, de especies exóticas.

 

7. Control y limitación del uso de pesticidas en la agricultura, sobre todo en el olivar por su gran extensión.

 

8. Finalmente, control del trasiego de los propios galápagos leprosos. Aún hoy hay gente que los captura, mantiene un tiempo y luego los suelta en otros lugares, tenga o no congéneres. También se suelen capturar y soltar posteriormente en distintos tipos de depósitos de agua para que los mantengan limpios, de los que se evaden normalmente. Esto perjudica a la propia especie, ya que modifica las características genéticas de las distintas poblaciones, no en vano hay que pensar que estas se distribuyen por cuencas fluviales, que están aisladas de manera natural. Pero también perjudica a otras especies. Sobre todo invertebrados acuáticos y anfibios, que a veces viven cerca en charcas donde no hay galápagos. Si alguno de estos de introduce allí, cosa que suele ocurrir, las consecuencias son evidentemente nefastas par los primeros.

 

 © Eduardo Escoriza Abril

Hábitat del galápago leproso, río Colomera (Granada), agosto 2006.

 

 

El galápago leproso en la Sierra de Baza.

 

Al tratarse de una especie que necesita buenas temperaturas, y que no suele encontrarse por encima de los 1.000 msm, su presencia en el Parque Natural es más bien escasa, limitada a los tramos bajos de algunos ríos. No conocemos con exactitud su distribución, ni el estado de conservación de estas poblaciones, por lo que la aportación de algún dato al respecto por parte de los lectores sería muy bien recibida. En la zona su presencia es más probable por traslocaciones por parte del hombre, que por causas naturales. Por otro lado hay que indicar que la especie está bien representada en toda la cuenca del río Guadiana Menor.

 

 

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