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Javier
Fuentes
Primer plano ejemplar adulto. Pinos Puente (Granada), marzo 2006.
Ficha técnica:
Clase: Reptiles
Orden: Quelonios
Familia:
Batagúridos
Género:
Mauremys
Especie:
leprosa (Schweigger,
1812)
Estatus legal:
No aparece incluido ni en el Catálogo andaluz de especies
amenazadas (Ley 8/2003, de 28 de Octubre, de la flora y la fauna
silvestres), ni en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas. No
obstante el Atlas y Libro Rojo de los Anfibios y Reptiles de España, editado
en 2002, propone su inclusión en la categoría “Vulnerable” (VU), que recoge
aquellas especies, que no estando incluidas en las categorías de “En
peligro” (EN), o” En peligro crítico” (CR), se enfrentan a un alto riesgo de
extinción en estado silvestre en el futuro inmediato por culpa de distintos
factores que afectan negativamente a la supervivencia de sus poblaciones
silvestres. Es importante destacar su inclusión en el Anexo II de la
directiva de Hábitats de la Unión Europea, por la que se establece la
obligación de declarar ZECs (Zonas de Especial Conservación) para garantizar
su futuro. En cuanto a la ley 42/2007 del Patrimonio Natural y la
Biodiversidad, el galápago leproso aparece incluido en el anexo V, que
recoge aquellas especies animales y vegetales de interés comunitario que
requieren una protección estricta.
Con la casa a cuestas
Sin
duda la principal característica tanto del galápago leproso como del resto
de tortugas, es la presencia de un caparazón o concha que protege su tronco
y órganos internos. Es ovalado y aplastado, con un diseño hidrodinámico que
le permite realizar rápidos movimientos en el agua y facilitar asimismo su
ocultación en el fango y la vegetación sumergida. Se vuelve más ancho a
medida que nos desplazamos hacia la parte posterior del cuerpo. La parte
superior o espaldar, dividida en una serie de placas de distintos
tamaños, está coronada por una línea vertebral prominente o quilla
que recorre longitudinalmente la espalda desde la nuca hasta el inicio de la
cola. La coloración varía con la edad, presentando tonos más intensos en los
juveniles y subadultos. Generalmente es de color grisáceo, marrón e incluso
verdoso y en el centro de cada placa tiene una mancha ovalada de color
marrón claro o anaranjada que desaparece en los adultos. La parte inferior,
plastrón o peto es de color blanquecino- amarillento con
grandes manchas negras que también van desapareciendo con la edad .Se
conocen casos de albinismo.

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Eduardo
Escoriza Abril
Plastrón en macho adulto. Colomera (Granada), marzo 2004.
La
cabeza es grande, alargada y recubierta de piel lisa, sin placas como en las
tortugas terrestres. En el cuello y la garganta la piel se vuelve más rugosa
y actúa como una especie de fuelle que al contraerse permite la ocultación
completa de la cabeza dentro del caparazón. Los individuos jóvenes y algunos
machos adultos poseen un bonito diseño en esta zona, con una serie de bandas
horizontales de color naranja ribeteadas de negro y una pequeña mancha
redondeada también de color naranja muy vivo situada entre el ojo y el
tímpano. Los ojos, no muy prominentes tienen la pupila redonda y de color
negro. El iris es dorado y está atravesado por una línea horizontal oscura.
La boca es muy ancha y le da al rostro una expresión de sonrisa, sobre todo
en su vista frontal. No tiene dientes y los labios se han transformado en un
reborde córneo muy afilado que le permite agarrar y cortar los trozos de
alimento.
Las
extremidades son muy robustas, fuertes y recubiertas de grandes escamas,
sobre todo las anteriores, que forman un auténtico escudo frontal cuando
están replegadas en el caparazón .Los dedos, 5 en las anteriores y 4 en las
posteriores, tienen largas y afilada uñas y están unidos por membranas
interdigitales que facilitan enormemente sus desplazamientos acuáticos. La
cola es bastante larga, ancha en su base y cada vez mas estrecha conforme va
llegando a su parte final. Proporcionalmente es mucho más larga en los
juveniles. Con la edad esta crece en menor proporción que el resto del
cuerpo, y además se suele desgastar y a veces falta su extremo por la acción
de predadores como ratas o algunos peces. Es muy raro que los ejemplares más
longevos la presenten completa.

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Eduardo
Escoriza Abril
Detalle de la cabeza, Olivares (Granada), septiembre 2006.
Las
hembras son mas grandes y pesadas que los machos, llegando a alcanzar más de
20cm. de longitud y en torno a 1kg de peso. Los machos tienen la cola más
larga y el peto es ligeramente cóncavo, para facilitar el apareamiento.
Asimismo la abertura cloacal la tienen más alejada de la base de la cola.
A
pesar de su apellido, leproso, no padece dicha enfermedad y tal
denominación corresponde al desagradable aspecto que presentan algunos
ejemplares, que tienen el caparazón completamente cubierto de algas
filamentosas y barro, y al hecho de que cuando están fuera del agua y se
secan, se desprenden las capas más externas de las placas del caparazón. Si
a todo esto unimos el hecho de que cuando se sienten amenazados (por ejemplo
al cogerlos con la mano) unas glándulas situadas en la zona inguinal
segregan un líquido ciertamente pestilente, acompañado de la descarga de
heces y orina, no es de extrañar que se hayan ganado tan despectivo
apelativo.

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Eduardo
Escoriza Abril
Hembra adulta, Embalse de Puentes, Lorca (Murcia), agosto 2007.
La tortuga más abundante de nuestra península
Su
área de distribución natural abarca el norte de África (Marruecos, Argelia,
Túnez, Libia), sur de Francia y la Península Ibérica. En nuestro país es
mucho más abundante cuanto más nos desplazamos al sur y al oeste, con las
mayores poblaciones situadas en Extremadura y Andalucía Occidental. Es muy
escasa en el tercio norte peninsular, a excepción de Cataluña y el Bajo Ebro
donde vuelve a ser frecuente.
En
Granada está muy bien distribuido, escaseando conforme nos desplazamos hacia
el noreste. Ocupa la mayoría de ríos en su curso medio y bajo, arroyos y
pantanos, situados por debajo de los 1000msnm.

Mapa
de distribución provincial.
Una vida ligada al agua
Los
galápagos también son llamados “tortugas de agua”, pues a diferencia de las
especies terrestres o “tortugas de tierra” llevan una vida íntimamente
ligada al medio acuático. Es el reptil más acuático, por delante de las dos
culebras de agua. A nuestro galápago podemos encontrarlo en gran variedad de
zonas acuáticas, ya sean ríos, arroyos, charcas naturales, lagunas litorales
e incluso embalses y grandes balsas de riego. Es una especie muy termófila
(amante de temperaturas medias-altas), por lo que su rango de altitud está
situado entre el nivel del mar y los 1000msm. Por encima de esta cota es
difícil encontrarlo, pues las condiciones de temperatura ya no son idóneas
para su desarrollo. La máxima altitud a la que ha sido encontrado en
Granada, son 1050msnm., en el río Genil. Observaciones a mayor altitud
suelen deberse a traslocaciones por parte del hombre, como ocurre a veces en
estanques, charcas y balsas de riego en la Alpujarra, donde es llevado para
que las mantenga limpias. No son muy exigentes en cuanto a las
características físicas y la calidad del agua del sitio donde viven, siendo
bastante resistentes a la contaminación orgánica. Prefieren charcas y tramos
de río con poca corriente y pozas profundas, donde pueden esconderse con
facilidad. Incluso podemos encontrarlo en arroyos de poca entidad y zonas
pantanosas que llegan a secarse durante el periodo estival.

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Eduardo
Escoriza Abril
Hembra adulta entre la vegetación acuática, río Colomera (Granada), junio
2006.
Su
actividad es predominantemente diurna, aunque durante las épocas de más
calor hemos podido observarlos activos en plena noche. Pasan muchas horas
soleándose sobre troncos, piedras o directamente en zonas despejadas de las
orillas. Estos lugares estratégicos, sobre todo los situados en mitad de los
cauces y que proporcionan mayor protección frente a sus predadores, están
muy solicitados y en lugares con gran densidad, se amontonan unos sobre
otros, intentando ocupar el mejor sitio para tomar el sol. Hemos podido
observar la predilección que tienes algunos ejemplares por piedras y troncos
concretos a la hora de tomar el sol, y como vuelven casi siempre al mismo
sitio una vez que se han lanzado al agua cuando se han sentido amenazados.

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Eduardo
Escoriza Abril
Juvenil soleándose en la orilla de un arroyo, río Turrilla, Lorca (Murcia),
marzo 2006.
Habitualmente tienen un periodo de hibernación que comprende desde el mes de
noviembre hasta el de febrero o marzo. Durante este periodo se entierran en
el fondo del río o cerca de la orilla a la espera de mejores temperaturas.
En lugares cercanos a la costa, con temperaturas invernales suaves no tienen
una verdadera hibernación, simplemente reducen su actividad al mínimo, e
incluso es posible observarlos tomando el sol en pleno mes de diciembre o
enero. Aquellos que ocupan medios acuáticos no permanentes, o que viven en
tramos de río que se secan en verano, tienen la capacidad de estivar,
es decir, permanecen inactivos y enterrados, hasta que el agua vuelve a
ocupar el cauce. Otros inician largos desplazamientos por tierra intentando
localizar otro sitio adecuado que tenga agua.

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Javier
Benavides
Comparativa de tamaño entre hembra adulta y juvenil, Albolote (Granada),
mayo 2005.
Tras
el periodo de hibernación, los machos son los primeros en entrar en celo, y
se muestran muy activos buscando a las hembras. Cuando localizan a una de
ellas, no paran de acosarla nadando alrededor de ella, mordiéndole las
patas, la cola y el cuello e intentando subirse encima. Las cópulas suelen
tener lugar mientras permanecen sumergidos, sobre el lecho, aunque también
pueden producirse en tierra firme. Suelen establecerse luchas entre los
machos, que pueden llegar a infringirse serias heridas con sus afiladas
mandíbulas. Machos y hembras viejos a menudo presentan gran número de
cicatrices, sobre todo en la piel del cuello, con la típica forma del pico
corneo que poseen. Los machos alcanzan la madurez sexual a los 6 o 7 años
cuando miden unos 10cm. y las hembras un poco más tarde, sobre los 10 años y
con un tamaño de 15cm. Las hembras excavan sus nidos no muy lejos de la
orilla del agua. Tienen unos10cm de profundidad y generalmente se sitúan en
terrenos sueltos. Allí depositan de 1a 15 huevos alargados y de cáscara
dura, dependiendo de su tamaño. A lo largo de la temporada de cría, entre
los meses de abril a junio, puede hacer 2 puestas. Al cabo de unos 60-90
días se produce la eclosión de los jóvenes, que en este momento miden unos
2,5 cm y pesan unos 5gr. Son casi redondos y es muy característica su cola
exageradamente larga, casi de la misma longitud que el resto del cuerpo, y
el caparazón blando. La cabeza es entonces muy achatada frontalmente.
Rápidamente se dirigen al agua en busca de protección.

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Javier
Benavides
Ejemplar juvenil, Albolote (Granada), mayo 2005.
Son
omnívoros, pero prefieren los alimentos de origen animal. Aunque pueden
llegar a cazar pequeños peces, tritones ranas y renacuajos, la mayor parte
del alimento la obtienen recorriendo el fondo o recogiendo aquellos pequeños
animales que caen al agua y flotan en la superficie. No son muy exigentes y
devoran carroña, plantas acuáticas, insectos, etc. Hemos podido observar
como grandes ejemplares “pastaban” como si fueran ovejas en la maraña de
raíces de sauces, álamos y tarays situadas en los bordes poco profundos de
un riachuelo o embalse.
Los
galápagos están muy bien dotados para protegerse de los depredadores. A la
indudable ventaja que supone la posesión de una concha robusta donde pueden
esconder todos sus miembros, la cabeza y la cola, se une una vista y sobre
todo un oído excelentes. La mayoría de las veces cuando recorremos la orilla
de un río, es posible que sólo detectemos su presencia por el ruido que
hacen al caer al agua desde su atalaya y por un rastro de fango que enturbia
su huida. Efectivamente, a la menor señal de peligro, sea esta visual o
auditiva, instantáneamente se lanzan al agua y corren a refugiarse en el
fango del fondo o entre la vegetación, buscando siempre las zonas de mayor
profundidad. Pero ahí no queda todo, si algún animal llega a capturarlo, o
nosotros mismos lo cogemos entre nuestras manos, entran en acción unas
glándulas que segregan un líquido nauseabundo, dejando un recuerdo oloroso
inolvidable. No obstante, los juveniles y sobre todo los recién nacidos que
tienen el caparazón todavía muy blando, pueden ser capturados por culebras
acuáticas, aves como las garzas, cigüeñas, grandes peces como el lucio y
black-bass y por mamíferos como la nutria, el turón, el zorro y el jabalí.
Si superan estos primeros años críticos, y alcanzan el tamaño adulto, el
abanico de enemigos naturales se reduce enormemente, pudiendo llegar a vivir
más de 20 años. Entonces, sus mayores enemigos son el hombre y el efecto
continuado de la contaminación.

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Luis García Cardenete
Charca habitada por el galápago leproso, Loja (Granada), junio 2004.
Supervivencia cada vez más amenazada
Aunque
las poblaciones granadinas de galápago leproso son todavía ciertamente
saludables, y la resistencia y dureza de esta especie es proverbial, los
problemas para su conservación van aumentando día a día. El declive más
acusado se está produciendo en la zona costera, a causa de los continuos
cambios en el uso del suelo. Las nuevas urbanizaciones, los cultivos de
invernadero, la sobreexplotación de acuíferos, la desaparición del cultivo
tradicional de caña de azúcar y la desecación de varias lagunas litorales
están conduciendo a la especie a una situación desoladora, fragmentando
gravemente sus poblaciones y produciendo la extinción en algunas localidades
concretas.
La situación en las
comarcas del interior, aunque menos preocupante, también comienza a dar
signos de alarma. La creciente intensificación de la agricultura tradicional
de secano (olivar, viña, cereales, almendro) y su creciente transformación
en regadío, conlleva un uso desmedido de los recursos hídricos, con la
consiguiente disminución de los niveles freáticos y la desecación de amplios
tramos de ríos. Varias lagunas que acogían galápagos también han
desaparecido y la proliferación de embalses en todos nuestros ríos, ha
supuesto una grave alteración del ciclo anual del agua. Las zonas embalsadas
podrían parecer en principio beneficiosas para el galápago, pero no lo son,
al sufrir bruscos cambios de nivel y poseer grandes desniveles en las
orillas. Solamente ocupan las colas de algunos de ellos, donde los cambios
de nivel son menos bruscos. Los cauces situados aguas abajo de las presas
sufren drásticas alteraciones en sus condiciones ecológicas, pues se
modifica completamente el ciclo anual de crecidas en invierno y estiaje en
verano. En algunos casos como el río Colomera y otros, se le ha dado
completamente la vuelta al ciclo, y el río lleva muchísima más agua en
verano que en invierno con el consiguiente perjuicio para la biodiversidad
asociada al río.

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Eduardo
Escoriza Abril
Galápago leproso refugiándose en el agua, río Colomera (Granada), junio
2004.
Aunque
anteriormente hemos indicado que el galápago leproso es ciertamente
resistente a la contaminación orgánica, lo es hasta cierto punto, y ya no
digamos frente a la contaminación química producida por los cada vez más
frecuentes tratamientos con pesticidas en nuestros extensos olivares, cuyos
residuos terminan en ríos y embalses. Estos son cada vez más concentrados,
al aumentar la cantidad de productos empleados y haber menos cantidad de
agua en la que se diluyen. Las consecuencias pueden ser devastadoras.
Afortunadamente las capturas que se realizaban para destinar los ejemplares
al comercio de animales de compañía prácticamente han desaparecido. Hasta
mediados de los años 90 era habitual encontrar puestos en mercadillos, como
la”marcha verde” en el granadino barrio de Almanjáyar que ofrecían cientos
de pequeños galápagos hacinados en barreños de plástico y que posteriormente
seguramente agonizarían en casa de los incautos compradores. Algunos de
ellos volvían al medio natural, al hartarse de ellos sus dueños, pero en
lugares distintos a su origen, con los consiguientes problemas de
contaminación genética.
Otra
causa que produce gran mortalidad a los galápagos, es su captura accidental
mediante nasas para la pesca del cangrejo de río, pues los animales quedan
atrapados en ellas atraídos por el cebo y mueren ahogados al no poder tomar
aire mientras están en ellas. De todas formas esta es una práctica poco
extendida en nuestra provincia.

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Luis García Cardenete
Hembra adulta con huevos atropellada en una pista, Andujar (Jaén), abril
2004.
La invasión americana
Otra
circunstancia reciente se suma a la lista de amenazas que se ciernen sobre
nuestro protagonista. Se trata ni más ni menos que de la “invasión“de
nuestros cauces por parte de distintas especies de galápagos de origen
americano, concretamente pertenecientes al género Trachemys y
popularmente conocidas como “tortugas de Florida”. ¿Y como han llegado hasta
aquí? Pues sencillamente de la forma más inocente, tras haber pasado un
tiempo en cualquiera de nuestras casas y supuestamente para “que lleven una
vida mejor”. Las importaciones masivas de estos galápagos desde granjas
americanas y el posterior abandono de muchos de los ejemplares en distintas
zonas húmedas, supone una amenaza concreta para la supervivencia de nuestros
galápagos autóctonos. Aunque sus posibles consecuencias no han sido
correctamente estudiadas, ya se han citado casos en que estos animales han
llegado a reproducirse de forma natural en algunos enclaves de nuestro país,
y en otros sitios, las sueltas continuas han hecho que sean mucho más
abundantes y fáciles de observar que nuestras especies. En Granada es
posible verlas en embalses como el Cubillas. Bermejales, Regidor o de
Quentar, así como en el río Genil. Esperemos que no traigan consigo ninguna
enfermedad que pueda afectar a nuestras poblaciones de galápago leproso y
ocurra lo mismo que con el cangrejo americano, que ha sustituido casi por
completo a nuestro cangrejo autóctono.

©
Eduardo
Escoriza Abril
Galápago de Florida, parque público en Lorca (Murcia), julio 2007.
Por un futuro mejor
Garantizar la supervivencia de las poblaciones granadinas de galápago
leproso es sencillo y a la vez muy complicado. Ni más ni menos se trata de
mantener las condiciones ecológicas adecuadas de toda nuestra red
hidrográfica y zonas húmedas. De este modo no sólo se verían favorecidas las
poblaciones de galápagos, sino las del resto de animales y plantas que viven
en estos medios.
1.
Depuración adecuada de las aguas residuales que se vierten a los cauces,
tanto las de origen urbano, fundamentalmente con alto contenido orgánico,
como las de origen industrial.
2.
Control de las extracciones ilegales de aguas subterráneas y superficiales.
3.
Recuperación del dominio público hidráulico, y evitar la ocupación ilegal de
las riberas y zonas de inundación de los ríos.
4.
Restauración del ciclo anual del agua en los cauces afectados por la
construcción de embalses. No basta tan sólo con el establecimiento de los
“caudales ecológicos”, que casi nunca se respetan, sino de establecer un
régimen de caudales que imite, en lo posible, las condiciones existentes
antes de la construcción del embalse.
5.
Limitación del comercio de especies exóticas de galápagos. Aunque ya se han
dado algunos pasos en este aspecto, no son suficientes, pues tras la
prohibición de la importación de algunas especies y subespecies, el hueco
dejado en el mercado rápidamente es cubierto por otras nuevas. Aunque suelen
ser menos agresivas o competitivas con las autóctonas, no dejamos de
aumentar la biodiversidad alóctona de nuestros medios acuáticos. En el
embalse de los Bermejales y sus alrededores, se cuentan ya tres especies
diferentes de quelonios introducidas.
6.
Campaña educativa sobre las consecuencias negativas sobre nuestro medio
natural de la introducción, intencionada o no, de especies exóticas.
7.
Control y limitación
del uso de pesticidas en la agricultura, sobre todo en el olivar por su gran
extensión.
8.
Finalmente, control
del trasiego de los propios galápagos leprosos. Aún hoy hay gente que los
captura, mantiene un tiempo y luego los suelta en otros lugares, tenga o no
congéneres. También se suelen capturar y soltar posteriormente en distintos
tipos de depósitos de agua para que los mantengan limpios, de los que se
evaden normalmente. Esto perjudica a la propia especie, ya que modifica las
características genéticas de las distintas poblaciones, no en vano hay que
pensar que estas se distribuyen por cuencas fluviales, que están aisladas de
manera natural. Pero también perjudica a otras especies. Sobre todo
invertebrados acuáticos y anfibios, que a veces viven cerca en charcas donde
no hay galápagos. Si alguno de estos de introduce allí, cosa que suele
ocurrir, las consecuencias son evidentemente nefastas par los primeros.

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Eduardo
Escoriza Abril
Hábitat del galápago leproso, río Colomera (Granada), agosto 2006.
El galápago leproso en la Sierra de Baza.
Al tratarse de una especie que necesita
buenas temperaturas, y que no suele encontrarse por encima de los 1.000 msm,
su presencia en el Parque Natural es más bien escasa, limitada a los tramos
bajos de algunos ríos. No conocemos con exactitud su distribución, ni el
estado de conservación de estas poblaciones, por lo que la aportación de
algún dato al respecto por parte de los lectores sería muy bien recibida. En
la zona su presencia es más probable por traslocaciones por parte del
hombre, que por causas naturales. Por otro lado hay que indicar que la
especie está bien representada en toda la cuenca del río Guadiana Menor.
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