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Una
mañana de un verano cualquiera en alguna de nuestras principales serranías
granadinas, un caminante transita por el sendero que serpentea
ascendiendo por la ladera. Al atravesar una zona despejada con algunos
arbustos dispersos y abundantes piedras, decide realizar una parada para
descansar. Justo antes de sentarse, percibe por el rabillo del ojo un leve
movimiento, algo extraño se contorsiona sobre una piedra expuesta al sol. Su
cuerpo reacciona tras la repentina subida de adrenalina. Agarra el bastón
que le acompaña en sus salidas, y tras golpear repetidamente y con saña,
acaba aplastando al temible responsable que ha turbado su paseo matutino. A
la “bicha” no le ha dado tiempo a refugiarse en la grieta de una gran roca
cercana. La temida víbora, el aterrador "jaspe" de nuestras sierras,
termina sus días, al igual que muchos otros de sus congéneres anteriormente,
bajo el bastón, la bota o la piedra. La situación que acabamos de
describir, seguramente se habrá repetido miles de veces a lo largo de la
historia, aunque sin duda cada vez es menos habitual, por los motivos que
más adelante expondremos. Si hay una especie que concita todos los temores,
el odio y las falsas leyendas que a lo largo de la historia han acompañado a
los reptiles en nuestro medio más cercano, esa es sin duda, la víbora
hocicuda. Y realmente los hechos demuestran que la mayor parte de esas
creencias y miedos son falsos e infundados. Nos encontramos ante un
desconocido y fascinante integrante de nuestra rica biodiversidad
mediterránea, que se enfrenta como tantos otros de sus parientes, al
fantasma de la extinción y al desprecio de nuestra sociedad. A continuación
intentaremos aclarar que no es "tan fiera la víbora como la pintan".
VíBORA HOCICUDA (Vipera latasti)
Por
Eduardo Escoriza, Revisado por Luis García-Cardenete y la colaboración de
Javier Benavides, Javier Fuentes, José Luis Esteban, Raúl León, Octavio
Jiménez y José Manuel Gutierrez (A.H.G).

© Javier
Fuentes
Adulto, Sierra de Segura (Jaén), julio 2007.
Ficha
técnica:
Clase:
Reptiles
Orden:
Escamosos
Familia:
Vipéridos
Género:
Vipera
Especie:
latasti
Boscá, 1878
Estatus
legal:
No
aparece incluida ni en el Catálogo andaluz de especies amenazadas
(Ley 8/2003, de 28 de Octubre, de la flora y la fauna silvestres), ni en el
Catálogo Nacional de Especies Amenazadas. Consta en el anexo II de la
Convención de Berna, por lo que es considerada una especie estrictamente
protegida, estando prohibida su muerte, captura o comercio. En el Atlas y
Libro Rojo de los Anfibios y Reptiles de España, editado en 2002, está
catalogada dentro de la categoría Casi amenazada (NT) que recoge
aquellas especies, que no cumpliendo los criterios para ser incluida en la
categoría de mayor amenaza Vulnerable está próximo a hacerlo de forma
inminente o en el futuro.
En cuanto a la ley
42/2007 del Patrimonio Natural y la Biodiversidad, la víbora hocicuda no
aparece incluida en ninguno de sus anexos.

©
Octavio Jiménez
Adulto,
dehesa
del Camarate, Lugros (Granada), junio 2007.
Un zig-zag
característico
El diseño
corporal de la víbora hocicuda, contrasta sin duda con el del resto de
ofidios de nuestra provincia. Aunque por supuesto su cuerpo es cilíndrico y
carente de patas, una serie de rasgos propios la hacen fácilmente
identificable. Al final de este apartado descriptivo aportaremos una serie
de reglas que ayuden al observador a diferenciar a simple vista entre la
víbora y cualquiera de las culebras presentes en Granada.
Sin duda,
una de las cosas que más llama la atención, es su cuerpo corto, rechoncho,
proporcionalmente grueso, sobre todo en su parte central, y terminado en una
cola también corta y estrecha. La cabeza, grande y ancha, adopta forma
triangular, siendo mas ancha en la parte posterior y está claramente
diferenciada del resto del cuerpo.
En el extremo del hocico
resalta un apéndice nasal elevado y curvado hacia atrás formado por las
escamas apicales. Este cuernecillo, que le otorga el nombre vulgar de
“hocicuda”, es más prominente que en las otras 2 especies de víboras
ibéricas, la cantábrica (Vipera seoanei) y la áspid (Vipera aspis).

© Luis
García Cardenete
Adulto,
detalle del apéndice nasal y del ojo. Andujar (Jaén), mayo 2006.
Sus ojos, grandes,
poseen pupilas verticales de color negro intenso e iris amarillento o
dorado, salpicado de pequeños puntos negros. Suelen estar atravesados por
una banda oscura que tiene continuación por el lateral de la cabeza
ensanchándose progresivamente hasta llegar a la zona del cuello. En la nuca
2 fajas oblicuas también oscuras trazan una v invertida con la abertura
hacia el cuello.
Un examen cercano de la
cabeza, nos permite apreciar cómo se encuentra completamente cubierta por
numerosas escamas pequeñas. La excepción son las supraoculares, grandes y
prominentes, que forman una especie de ceja.Tanto la placa frontal como la
parietal están divididas y entre el ojo y las escamas supralabiales (9-11)
hay 2 hileras de escamas pequeñas. El ojo está circundado por 10 escamas
pequeñas. El resto de escamas se disponen según la siguiente fórmula, 2-3
cantales; 6-9 loreales, y 11-13 labiales inferiores.

©
Octavio
Jiménez
Adulto, primer plano de la cabeza, dehesa del Camarate,
Lugros (Granada), junio 2007.
Su
dentición
es de tipo solenoglifo (ver clasificación de la dentición de
los ofidios ibéricos en el recuadro adjunto). Dos dientes huecos, como si de
agujas hipodérmicas se tratara, son los encargados de inocular el veneno
producido por las glándulas secretoras. Debido a su longitud no pueden
permanecer continuamente extendidos, por lo que están envainados en una
especie de bolsas situadas en la parte anterior del maxilar superior, sobre
el paladar. Solamente y a voluntad, la víbora los desplegará como un resorte
en el momento en que decida morder, ya sea como mecanismo defensivo ante una
amenaza o para capturar una presa.
Si hay
una característica que casi todo el mundo asocia con las víboras, es sin
duda el dibujo en forma de zigzag que recorre su lomo. Este diseño no es más
que la sucesión de una serie de rombos superpuestos entre sí, aunque también
pueden disponerse de forma independiente. Aunque su coloración es variable,
siempre es más oscuro que el tono de fondo del cuerpo, y está ribeteado de
negro. Existen ejemplares que pueden mostrar muy difuminado el diseño dorsal
(ver foto). El color del dorso, muy variable, puede ser grisáceo, marrón,
anaranjado, amarillento e incluso se han citado algunos casos de melanismo.
En los costados destaca una serie de llamativas manchas oceladas oscuras.
Las escamas del lomo son carenadas y se disponen en 19-21 hileras contadas a
mitad del cuerpo.

© Luis
Garcia Cardenete
Adulto con diseño del lomo típico en zig-zag. Sierra
de Loja (Granada), agosto 2005.

© Luis
García Cardenete
Adulto con diseño dorsal difuminado. Calar del Mundo
(Jaén), septiembre 2005.
El
vientre presenta una coloración muy variable de unos ejemplares a otros,
desde blanquecino, crema o grisáceo a casi negro-pizarra, veces está
salpicado por pequeñas manchas más oscuras. Podemos contar de 122 a 147
escamas ventrales. La escama preanal o cloacal no está dividida y tiene
37-50 escamas subcaudales. Por último la coloración de la cola es variable
como el vientre, y en su extremo puede ser de color crema, amarillo o
ceniciento- negro. El tamaño total del cuerpo puede llegar hasta 70 cm,
aunque pocos ejemplares superan los 60 cm y las tallas más habituales se
sitúan entre 25 y 50 cm.

© Luis
Garcia Cardenete
Diseño ventral. Calar del Mundo (Jaén), septiembre
2005.
Como diferenciar a la
víbora del resto de ofidios granadinos
Aunque casi todos hemos
escuchado hablar sobre reglas que permiten diferenciar a las víboras de las
culebras, estas deben ser tenidas en cuenta con mucha cautela pues en
algunas ocasiones pueden crear confusión. Salvo la pupila vertical, el resto
de rasgos diagnósticos pueden presentar matices a tener en cuenta.
Como medida precautoria,
y ante la mínima duda hay que abstenerse de manipular cualquier serpiente
que podamos encontrar. Si no queda más alternativa que manipularla, porque
haya que sacarla de una vivienda por ejemplo, siempre actuaremos como si
fuera venenosa, y sin causarle daño alguno.
1.
La cabeza de la víbora tiene forma triangular, está
bien diferenciada del resto del cuerpo y cubierta por escamas pequeñas,
mientras que en las culebras es ovalada, poco diferenciada del cuerpo y
revestida por grandes placas.
De todas formas no hay que olvidar que varias especies de culebras en caso
de ataque o defensa aplastan y retraen la cabeza consiguiendo de este modo
ensancharla y adoptando también forma triangular.

© Eduardo
Escoriza
Comparativa entre las cabezas de una víbora hocicuda
(izquierda) y la de una culebra viperina (derecha) en actitud defensiva.
2.
La pupila en las víboras
es vertical, en claro contraste con la de las culebras, que siempre es
redonda.
3.
Una característica definitoria es la presencia de
cuernecillo elevado en el hocico, cosa que nunca ocurre en las culebras.
No obstante, hay algunos
ejemplares que tienen poco apuntado el hocico
4.
Presencia de dibujo en
zigzag a lo largo del lomo.
Hay que tener en cuenta que la culebra viperina
también lo posee, por lo que no es un carácter válido para diferenciarlas.
Incluso en algunas poblaciones el zigzag es casi inapreciable, o
directamente carecen de él, como suele ocurrir con ciertos ejemplares de las
Sierras Béticas orientales de Granada, Jaén, Albacete o Murcia.
5.
Y para terminar indicar que el cuerpo
de las víboras es corto, rechoncho y sus movimientos lentos, mientras que
las culebras tienen cuerpos largos y estilizados y sus movimientos, en
condiciones normales son mucho más rápidos y explosivos.
Aun así, hay hembras, sobre todo grávidas de culebra de escalera o viperina
bastante gruesas respecto a su longitud.

© Eduardo
Escoriza
Ejemplar con el diseño en zig-zag muy poco marcado.
Sierra Espuña (Murcia), agosto 2005.
Pocas
diferencias entre ambos sexos
A simple
vista hay pocas diferencias apreciables entre machos y hembras. En los
machos que suelen ser de mayor tamaño, la cola es proporcionalmente más
larga, y más ancha en su base, pues en ella se sitúan los 2 hemipenes
(forman parte del aparato genital masculino, y permanecen envainados en una
especie de bolsas). También tienen mayor número de escamas subcaudales, y el
colorido de su cuerpo suele ser más oscuro y contrastado. Las hembras
cuentan con cuerpos más gruesos, cola más corta y mayor número de escamas
ventrales.

© Javier
Fuentes
Juvenil, Sierra de Gredos (Ávila), junio 2004, octubre
2006.
Endemismo
iberonorteafricano.
Es un
endemismo iberonorteafricano, que podemos encontrar en la mayor parte de la
península Ibérica y varias zonas del norte de África, concretamente una
franja más o menos continua que discurre por la línea costera de Marruecos,
Argelia, Túnez y otros núcleos aislados en las montañas del Rif y el Atlas.
Tanto en
África como en la península se distribuye en poblaciones separadas, con
densidades bajas exceptuando puntos muy concretos, y relegada a zonas de
montaña poco alteradas por la actividad humana. Completamente ausente de la
costa cantábrica las poblaciones más norteñas llegan hasta el sur de Galicia
y el prepirineo. Muy rara en el valle del Ebro y ambas mesetas, presenta
poblaciones más o menos densas en el sistema Ibérico, sistema Central,
montes de Toledo, Sierra Morena, sistemas Béticos y zonas costeras poco
castigadas por el desarrollo urbanístico( Doñana, Cabo de Gata y puntos
concretos de la costa murciana). Completamente ausente de las islas Canarias
y Baleares, la única población insular conocida se extinguió en el siglo XIX
en las Islas Columbretes, frente a Castellón. Sin duda alguna esta
distribución fragmentada es fruto de la mano del hombre. A lo largo de los
siglos, ha ido eliminando las poblaciones que encontraba a su paso conforme
avanzaba el desarrollo agrícola urbano e industrial. A pesar de todo se
trata de la víbora ibérica con mayor área de distribución.

En
Granada, como no podía ser de otro modo, se repite el patrón de distribución
peninsular, limitado a zonas montañosas y poco habitadas. Por el oeste
podemos observarla en las Sierras de Tejeda, Almijara y Loja. El área
poblacional más extensa y densa sin duda corresponde a Sierra Nevada, con
continuidad en la vecina Almería por el este y las sierras de Huétor y
Harana por el norte. Falta, salvo que se confirme su presencia en algunas
grandes ramblas con hábitat adecuado, en las depresiones de Granada, Guadix
y Baza. Vuelve a aparecer, en las sierra del noroeste, Castril, Guillimona y
Sagra, como parte del gran núcleo poblacional de las Béticas orientales
(sierras de Cazorla, Segura y Alcaraz). Presente también en la Sierra de
Baza. En las comarcas costeras, no llega hasta el nivel del mar, siendo los
enclaves más sureños los correspondientes a la zona de los Guájares y
Cázulas. Las poblaciones más escasas y amenazadas son las de las comarcas de
los Montes Occidentales y Orientales, donde cada vez es más raro encontrar
alguna.

© José Luis
Esteban
Sierra Harana (Granada), mayo 2006.
Dos
subespecies en entredicho.
Se ha
propuesto la existencia de dos subespecies de víbora hocicuda. Esta
clasificación está basada en caracteres morfológicos (tamaño y número de
escamas) no existiendo hasta la fecha estudios genéticos que la confirmen,
por lo que su validez no está nada clara.
Son:
-Vipera
latasti latasti
Boscá,
1878. Distribuida por el norte de Portugal y el centro y este de España,
llegando por el sur hasta Sierra Nevada. Tiene de 135 a 147 escamas
ventrales, y la escama frontal está poco fragmentada y tiene forma de
escudo.
-Vipera
latasti gaditana
Saint-Girons, 1977. Habita en el cuadrante suroeste peninsular y en el
extremo norte de África. Menor número de escamas ventrales que la anterior
(122 a 138) y escamas cefálicas completamente fragmentadas. Tamaño menor.
No se ha
establecido un límite de distribución claro entre ambas y existe un claro
solapamiento en algunas zonas.

© José Luis
Esteban
Ejemplar de la subespecie latasti. Sierra de
Segura, (Jaén) julio 2007.
Típica integrante de la
fauna mediterránea.

Efectivamente la víbora
hocicuda es un típico representante de la fauna mediterránea. Es uno de los
reptiles que presenta mayor rango de altitud, desde el nivel del mar hasta
llegar a casi 3000 msnm en Sierra Nevada. Ocupa por tanto todos los pisos
bioclimáticos de la región Mediterránea presentes en la península (ver
cuadro adjunto). Su frecuencia es mayor entre 600-1800m. probablemente por
influencia antrópica. No es muy exigente a la hora de seleccionar su
hábitat, aunque prefiere las zonas abiertas con abundantes piedras y con
buena exposición solar. Podemos encontrarla tanto en pastizales de alta
montaña, como en matorrales poco densos, bordes y claros de bosques de pinar
o encinar siempre que tengan abundantes refugios. En zonas de cultivo
tradicional se refugia en muros de piedra, setos, linderos y borde de
caminos. En los escasos lugares donde todavía se la puede encontrar a nivel
del mar (Doñana y Cabo de Gata), prefiere arenales costeros con escasa
vegetación. A pesar de que hoy en día casi siempre la encontramos en el
ámbito de la media y alta montaña, no se puede decir que prefiera esas zonas
para vivir, sino más bien que ha sido relegada a ellas, mucho menos
propicias, por la acción humana, habiendo desaparecido de la mayoría de
valles y mesetas. Sin duda en el pasado ocuparía igualmente zonas llanas y
bajas.

© José Luis
Esteban
Hábitat típico en la Sierra de Loja (Granada), abril
2006.
Una
existencia discreta
Sus
hábitos discretos le permiten pasar fácilmente desapercibida. Su
localización es complicada, gracias al camuflaje que le aportan su diseño y
coloración, sus movimientos lentos y a que gran parte del tiempo permanece
completamente inmóvil, bien soleándose o al acecho de alguna presa. Su
actividad diaria depende de las condiciones ambientales y de la época del
año. Predominantemente es diurna, aunque en las jornadas más calurosas del
verano puede mostrarse activa en el crepúsculo y la noche. Igualmente en
verano, si el calor es excesivo, busca la frescura de fuentes y arroyos e
incluso puede subir a los arbustos. Su área de campeo es pequeña y no
realiza desplazamientos largos, permaneciendo en las cercanías del refugio
que utiliza para pasar la noche. Permanece largos periodos de tiempo
soleándose, preferentemente sobre alguna piedra bien expuesta, hasta
alcanzar la temperatura ideal que le permite llevar a cabo sus funciones
vitales, alrededor de 30 grados.

© Javier
Fuentes
Subadulto
soleándose sobre una piedra, Sierra de Castril (Granada), agosto 2007.
Su ciclo
anual está igualmente condicionado tanto por la altitud y la latitud como
por las condiciones ambientales, sobre todo temperatura y pluviosidad. En
zonas costeras y de baja montaña, el periodo de reposo invernal es corto y
coincidente con los meses más fríos, entre noviembre y febrero. De todos
modos se pueden observar ejemplares activos en días calidos en pleno
invierno. Para hibernar utilizan madrigueras de mamíferos, pedregales o
troncos caídos, y varios ejemplares pueden reposar juntos. En zonas de alta
montaña la actividad anual es mucho más limitada, desde mediados de
primavera a mediados del otoño, siempre en función de la climatología y
condicionada a la llegada de las primeras heladas.
El
periodo de mayor actividad y el de desplazamientos más largos coincide con
las dos épocas de celo, en primavera y en otoño. Sobre todo los machos se
muestran especialmente activos, intentando localizar a las hembras
receptivas.
Las
ventajas del ovoviviparismo.
Las
víboras han adoptado una estrategia reproductora peculiar, el
ovoviviparismo. Un animal se considera como tal, cuando el desarrollo
embrionario se lleva a cabo en el interior del huevo permaneciendo este
dentro del útero de la madre. De este modo se garantiza una mayor seguridad
a la descendencia, evitando los riesgos de depredación en el nido y las
inclemencias climáticas. De todas formas también conlleva el riesgo de que
la madre muera, con la consiguiente perdida de toda la progenie. En este
caso la madre “pare” a los viboreznos envueltos en la cubierta amniótica.
Dentro del cuerpo no existe intercambio de nutrientes entre la madre y los
embriones. Estos se alimentan de las reservas contenidas en el huevo.
Gracias a esta estrategia
han colonizado ambientes
tan hostiles para otras especies de reptiles como son las altas cumbres de
la montaña mediterránea.
Como
hemos comentado anteriormente la época del celo tiene lugar tanto en
primavera como en otoño. Los machos suelen defender un territorio y entablan
luchas elevándose sobre el suelo y enrollándose a su adversario para
conseguir el favor de las hembras. Las cópulas tienen lugar en los meses de
abril y mayo, y los primeros nacimientos ocurren en agosto extendiéndose
también al mes de septiembre. Los viboreznos en número de 3 a 8, dependiendo
del tamaño de la madre, son replicas en miniatura de sus progenitores,
aunque con coloridos más contrastados. Miden unos 20cm y pesan entre 5 y 10
gramos.

© Javier
Fuentes
Ejemplar juvenil a punto de mudar la piel. Sierra de
Segura (Jaén), junio 2007.
Su
nacimiento coincide con el de la mayoría del resto de reptiles con los que
comparten hábitat, y cuentan con el final del verano y todo el otoño para
obtener las suficientes reservas que les permitan pasar favorablemente el
delicado periodo de la hibernación. El crecimiento en los primeros años es
rápido, 5 cm anuales, mudando hasta 3 veces al año. Una vez alcanzada la
madurez sexual, generalmente con 30 cm, el crecimiento se vuelve más lento,
y sólo mudan 2 veces al año. Pueden llegar a vivir más de 10 años. Tanto el
embarazo como el parto suponen un elevado gasto energético y sobreesfuerzo
para las hembras, que acaban completamente agotadas y sin reservas, ya que
el peso de las crías supone casi la mitad del total de la hembra tras el
parto. Necesitan un tiempo prolongado para recuperarse y volver a quedar
preñadas, por lo que los partos son bianuales e incluso trianuales.

© Javier
Fuentes
Ejemplar juvenil, detalle de la cabeza. Sierra Nevada
almeriense, agosto 2006.
Paciencia en el arte de la caza
Como la
mayoría de vipéridos, es una experta de la caza al acecho. No busca
activamente su alimento sino que permanece inmóvil a la espera de que alguna
presa potencial se acerque lo suficiente. De este modo, con mínimo gasto de
energía y confiando en la potencia de su veneno, consigue capturar grandes
presas que compensan los largos periodos que puede pasar entre una captura y
otra. La composición de su dieta varía con la edad. Los juveniles atrapan
principalmente a otros juveniles de reptiles, sobre todo lagartijas y
eslizones. En menor medida también pueden cazar invertebrados, saltamontes,
escolopendras y escorpiones. Conforme van creciendo, pequeños mamíferos,
tanto roedores como insectívoros (musarañas), son los principales
componentes de su menú. También reptiles (lagartijas, eslizones,
salamanquesas) y en menor medida aves pequeñas y anfibios pueden sucumbir a
los efectos de su mordedura, según la zona y la disponibilidad de presas. En
verano es cuando tiene lugar el mayor número de capturas. Para atraer a sus
presas se sirve de un señuelo. El extremo delgado de su cola se retuerce
como si fuera un gusano, engañando al incauto que intenta capturarlo.

© Luis
García Cardenete
Adulto camuflado entre los restos de vegetación seca.
Calar del Mundo (Jaén), septiembre 2005.
Un animal
pacífico que solo ataca cuando se ve acorralado.
A pesar
de su mala fama, la víbora hocicuda es un animal de temperamento tranquilo y
pausado. Su principal estrategia defensiva, no es el uso del peligroso
veneno, sino el intentar pasar desapercibida. El veneno es un producto muy
valioso, costoso de producir y su utilidad principal es la captura de
presas. Por tanto la víbora no lo malgastará al defenderse de un ataque a
menos que no le quede otra opción. Gracias a su coloración, diseño e
inmovilidad, pasa fácilmente desapercibida en el ambiente donde vive. Sólo
en el caso de que un predador o una persona se acerquen a ella y comiencen a
hostigarla, pasará a tomar la iniciativa, aunque primero intentará huir
rápidamente a su refugio. Aplastará su cuerpo replegará la cabeza y
comenzará a bufar aparatosamente. Si se supera la distancia mínima de
seguridad, entonces lanzará la cabeza como un auténtico resorte, a la vez
que al abrir la boca desplegará los colmillos que han permanecido envainados
hasta entonces.
Entre sus depredadores
naturales se encuentran el águila culebrera, el jabalí, el erizo, el
meloncillo, y grandes ejemplares de culebra bastarda. Sin duda alguna su
principal enemigo es el ser humano
Supervivencia gravemente amenazada.
La
coexistencia entre la víbora hocicuda y el hombre ha sido incompatible a lo
largo de la historia. Se la ha perseguida con saña, hasta quedar relegada a
las zonas mas despobladas generalmente de montaña. Actualmente la principal
causa que amenaza su supervivencia es la alteración y destrucción de sus
hábitats como consecuencia de la actividad humana. Hay que añadir el hecho
de que se trata de una especie poco prolífica, y con dieta muy
especializada. Las hembras son muy vulnerables pues pasan largos periodos
expuestas para solearse y sólo se reproducen cada 2 o 3 años, siendo
frecuentemente víctimas de atropellos. Tiene poca capacidad de colonización
por sus escasos desplazamientos, y se resienten de cualquier alteración que
se produzca en su hábitat.

© Luis
García Cardenete
Ejemplar atropellado, El Andévalo (Huelva), abril
2006.
Sin
duda las poblaciones más castigadas han sido las costeras y de llanura, a
causa del desaforado desarrollo urbanístico iniciado en los años 60 del
siglo pasado y la intensificación de la agricultura. Las zonas de montaña
que hasta ahora habían servido de refugio para la especie, una vez agotado
el litoral son ahora el objetivo de los especuladores. Urbanizaciones,
estaciones de esquí, turismo masivo de montaña, y todas las infraestructuras
que conllevan, aportan su granito de arena en el declive de las poblaciones
de víbora.
Igualmente negativas han sido las repoblaciones masivas del siglo pasado
básicamente de coníferas y a costa de valiosas formaciones de vegetación
mediterránea y pastizales. La víbora no encuentra insolación suficiente en
estos bosques, que además ven empobrecidas sus comunidades biológicas por la
acidificación del medio, disminuyendo las presas potenciales. Estos
monocultivos de pino son muy propensos a los incendios que causan estragos
en las poblaciones de víboras, sobre todo en verano que es cuando más
actividad tienen. Su capacidad de huida es muy limitada.
Al igual
que otros reptiles utilizan pistas y carreteras para tomar baños de sol, por
lo que muchas veces se conoce la existencia de víboras en una zona gracias a
los ejemplares que se encuentran atropellados. El asfaltado y apertura de
nuevas pistas forestales, y la proliferación de vehículos todoterreno, quads
y motos, causan numerosas bajas.
El
paisaje tradicional organizado en mosaico, con prados, setos, manchas de
bosque, cultivos, riberas y muros de piedra que sirven como separación de
las fincas, gracias a moderna maquinaria es fácilmente uniformizado para
implantar cultivos intensivos. Por no hablar de la masiva utilización de
productos fitosanitarios que afectan a la base de la cadena alimenticia de
estos ecosistemas.

©
José Luis Esteban
Hábitat
típico, Sierras del Jobo y Camarolos (Málaga), marzo 2008.
Todos los
factores anteriores conducen a la fragmentación de las poblaciones y al
empobrecimiento genético al no producirse el necesario intercambio entre
ejemplares de distintos lugares. De este modo tampoco es posible la
colonización de una zona que sufra una catástrofe, como incendios forestales
con ejemplares procedentes de otros sitios.
Persecución directa a causa de su mala fama
Si bien
la cultura mediterránea siempre ha atribuido a las serpientes gran cantidad
de leyendas y extraños comportamientos, sin duda la víbora se lleva la
palma, por el hecho innegable de su veneno y cierta peligrosidad. Al ser
considerado como el más peligroso y venenoso de todos los componentes de la
fauna mediterránea ha sido perseguida desde antiguo y muchas otras
serpientes han pagado el pato, pues para muchas personas todas las
serpientes son víboras, sobre todo culebras lisas, de cogulla y de herradura
Con sólo pronunciar su nombre a la gente se le ponen los pelos de punta.
Sus principales perseguidores son los habitantes del mundo rural, aquellos
que pasan más tiempo en el campo y tienen más probabilidades de cruzarse con
ells, sobre todo los pastores que pueden encontrar alguna justificación a
causa de los potenciales daños que pueden sufrir sus cabezas de ganado.
Aunque en principio podría pensarse que este problema debe ir disminuyendo
por el descenso de la ganadería extensiva, no es así, pues el campo se llena
de cazadores, buscadores de setas, trabajadores forestales, caminantes y
excursionistas que sistemáticamente acaban con ellas. E incluso agentes de
la autoridad. No es raro encontrar agentes forestales que se jactan de haber
matado tantas o cuantas víboras. Los cazadores suelen matarlas con el
pretexto de defender a sus perros, que pueden ser mordidos durante los
rastreos Afortunadamente estos comportamientos están pasando a la historia y
por lo menos, aquellos que en teoría deben conservarla muestran una mayor
conciencia ante la mala situación por la que pasa la especie.

© Javier
Fuentes
Ejemplares
encontrados muertos junto a un cortijo, Parque Natural de la Sierra de
Grazalema, (Cádiz), abril 2004.

© Luis
García Cardenete
Ejemplar
recien
decapitado, Villaviciosa de Córdoba, julio 2006.
También
hay desaprensivos que capturan ejemplares para su mantenimiento en
cautividad. Es una especie cotizada en el mercado negro de tráfico de
animales y sería difícil adivinar la cantidad de ellas que han salido de
nuestro país camino de los terrarios de muchos coleccionistas, sobre todo de
Europa central.
Las
poblaciones granadinas no escapan a este declive generalizado y todos los
impactos anteriormente citados se reproducen calcados en nuestra provincia.
La
leyenda del temible “jaspe”
Una
leyenda muy curiosa circula por muchas de nuestras sierras, la del “jaspe”,
el animal mas peligroso que uno puede encontrar en el campo. Los pastores
hablan de él con auténtica pasión y realismo. Según cuentan, el “jaspe” es
un animal de la familia de las víboras, pero tiene unas características
propias. Es corto, ancho como una muñeca, completamente ciego, y se guía por
el oído, saltando hacia el sitio donde se mueve algo para picar. Es de color
negro y según las zonas tiene pelos o una especie de protuberancias
dirigidas hacia atrás que salen del cuello. La explicación más lógica es que
se refiera a una hembra de víbora preñada, de ahí la anchura que le asignan
y el resto de características forman parte de la exageración y el boca a
boca característico de nuestra cultura.
También
se habla del canto de la víbora, un tono a medio camino entre el que produce
una rana y el propio de los grillos.
Otros
refranes referidos a ella son los siguientes:
Si la víbora oyera y el tiro (salamandra) viera no habría persona que al
campo saliera.
En
algunos lugares también se le conoce como alicante o alicántara, aunque este
apelativo también lo utilizan para otras especies como la culebra de
herradura.
Si te pica el alicante, llama al cura para que te cante.

© Luis
García Cardenete
Espléndido ejemplar adulto, Sierra de Andújar (Jaén),
junio 2004.
Modo de
actuación ante una picadura de víbora
Como ya
hemos indicado la víbora es una animal de existencia tranquila y poco
agresiva, habiéndose exagerado su peligrosidad hasta extremos que rozan lo
ridículo. Su veneno cumple la función principal de facilitar la captura de
las presas y no se dedican a ir picando por ahí a todo lo que se mueve. Aun
así es inevitable que se produzcan accidentes que pueden desembocar en una
picadura. Al pisarla sin querer o acercarse a ellas por no haber advertido
su presencia, pueden sentirse intimidadas y exclusivamente como mecanismo
defensivo pueden llegar a morder. Aunque se ha tratado mucho sobre este
tema, pretendemos sintetizar y ofrecer unas normas de seguridad y prevención
así como de actuación ante un caso de estos.
El veneno
tiene propiedades proteolíticas (produce destrucción de tejidos) y
coagulantes, posteriormente anticoagulante (hemorragias) hemolítico y rara
vez neurotóxico. Es el menos potente del de las 3 especies de víboras
presentes en nuestro país, aunque sus picaduras son igualmente peligrosas
porque suelen inocular una mayor cantidad.
El
pronóstico de una picadura depende de numerosos factores.
1.
En primer lugar la edad y el estado físico de la persona afectada.
Sufren más los niños, enfermos cardiovasculares y ancianos.
2.
Igualmente importante es el lugar de la picadura siendo más
peligrosas aquellas que se producen cerca de los principales vasos
sanguíneos y en la cabeza.
3.
También depende, como no, de la cantidad de toxico inoculado. Si la
víbora ha comido hace poco tendrá menos veneno
La herida
producida se caracteriza por la presencia de los dos orificios separados un
par de centímetros producidos por los colmillos. Aproximadamente la mitad de
las mordeduras no son productivas y no inyectan veneno.
Al
principio la sintomatología incluye dolor agudo, e hinchazón local, que se
extiende progresivamente por todo el miembro afectado y que tarda varios
días en desaparecer. Luego aparece un morado y el pulso se irregulariza.
Posteriormente si no se toman medidas, puede producirse necrosis local,
vómitos, diarrea, shock anafiláctico y en menos del uno por ciento de los
casos la muerte por colapso circulatorio.
En primer
lugar hay que tranquilizar al afectado, ponerlo en reposo evitando que se
mueva rápido, para disminuir la difusión del veneno al resto del cuerpo por
el torrente circulatorio. La aplicación de frío también es recomendable.
Traslado
inmediato al centro sanitario más cercano y si es posible en completo
reposo.
No es
recomendable la incisión y el posterior chupado de la herida, pues se quita
poco veneno, aumenta riesgo de infección y necrosis, y existe un cierto
riesgo para el que chupa, en caso de tener heridas en la boca. Colocar
torniquetes puede ser contraproducente, ya que es difícil controlar un
mínimo indispensable de circulación al miembro afectado, por lo que suele
desestimarse su uso.
Precauciones al salir a la montaña
Recomendamos para transitar por zonas de montaña.
. Usar
botas altas, calcetines gruesos, y evitar los pantalones cortos.
. Mucha
precaución en zonas rocosas en que sea necesario echar las manos al suelo y
mirar muy bien en el sitio donde nos sentamos para descansar.
.No
molestar ni intentar capturar a ningún ofidio que podamos encontrar en
nuestras excursiones. A veces al intentar matarlas sin motivo es cuando se
producen los accidentes.
.No
introducir la mano debajo de las piedras.

© Raúl León
Ejemplar adulto, Puertollano (Ciudad Real), agosto
2007.
Propuestas de conservación
Se ha
solicitado su inclusión en el catálogo nacional de especies amenazadas
aunque la falta de datos actualizados del estado de sus poblaciones no
permite atribuirle un estatus de conservación preciso.
Es una
especie de indudable interés faunístico pues se trata de un endemismo
iberonorteafricano y posee una fascinante biología y capacidad de
adaptación.
1.
Conservación del hábitat, fundamentalmente las zonas de montaña,
reduciendo el impacto de las nuevas
infraestructuras y desarrollos urbanísticos y deportivos.
2.
Trabajos silvícolas preventivos contra los incendios. Es urgente la
actuación en las repoblaciones de pinares, aclarando y creando un paisaje en
mosaico, con bosque, claros, y zonas abiertas.
3.
Limitar el acceso motorizado incontrolado a las pistas de montaña.
4.
Educación ambiental mediante campañas divulgativas dirigidas
especialmente a los niños y aquellos colectivos que usan la montaña para
trabajar o como lugr de esparcimiento. Hay que desterrar la mala fama que la
acompaña, ofreciendo información veraz y contrastable.
5.
Promoción de la agricultura tradicional de montaña y el pastoreo
extensivo.
6.
Compensar económicamente a los pastores afectados por picaduras de
víbora al ganado, igual que se hace en otras zonas por los ataques de oso o
lobo.
7.
Realizar estudios y censos que permitan obtener una visión
actualizada del estado de conservación de las poblaciones granadina.

© José Luis
Esteban
Ejemplar adulto Sierra Nevada (Almería), agosto 2006.
La víbora hocicuda en la Sierra de Baza
Se trata de otro integrante de la rica
comunidad biológica que habita en el parque natural. Antaño fue una especie
abundante y ampliamente distribuida. Prueba de ello son los topónimos que
hacen referencia a ella, como el Camino de las Víboras o la Fuente de las
Víboras.
Al igual que el resto de poblaciones
granadinas esta se encuentra completamente aislada, extendida sólo por la
vecina Sierra de los Filabres en Almería donde es más escasa. No se conoce
el estado de las poblaciones, pero sin duda sufren un acusado declive y se
vieron negativamente afectadas por las repoblaciones masivas con coníferas
implantadas a partir de los años 50 del siglo pasado. Es necesario
naturalizar estos bosques artificiales, creando zonas de borde y
favoreciendo la ganadería extensiva. También hay que compensar a los
pastores por los daños que puedan sufrir y trabajar con ellos en su
conservación. Importante también el control de vehículos motorizados, que
cada día llegan más lejos por pistas y caminos forestales, con el
consiguiente riesgo de atropello.
Cualquier dato sobre la presencia actual o
pasada de la víbora hocicuda en la Sierra de Baza u otras sierras granadinas
será bien recibido, con vistas a conocer mejor su estado, dado lo
relativamente difícil que es obtener observaciones de la misma.
Adjuntamos una serie de 3 fotografías sobre
una víbora hocicuda observada en la Sierra de Baza. El animal fue observado
accidentalmente mientras se hacían fotografías de aves desde un hide.
Agradecemos la cesión de tan interesante material gráfico a su autor,
Agustín Orduña Castillo. Las imágenes fueron tomadas el pasado año 2008 en
el Barranco de los Corvos, t.m de Gor. En una de ellas se pueden observar
dos ejemplares de escribano montesino (Emberiza cia) que siguen
atentamente los movimientos del reptil.

© Agustín
Orduña Castillo

© Agustín
Orduña Castillo

© Agustín
Orduña Castillo
Ejemplar adulto. Sierra de Baza, Gor (Granada), 2008.
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