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LA
NATURALEZA EN IMÁGENES
ENERO

CALORES DE INVIERNO © Roberto Travesí
DATOS
TÉCNICOS:
Lugar:
Sierra de Cazorla, 1.540 m. de altitud
Fecha:
enero de 1996.
Velocidad:1/30
sg.
Diafragma:
f:4.5
Equipo fotográfico:
Canon F-1 New, Canon FD 500 mm. f:4.5 mm.
L, Canon
extender 1.4X, Fujichrome Provia 100, trípode Velbon.
Digitalización:
Nikon Coolscan III (LS-30)
Ajustes:
Adobe Photoshop 7.0
Los albores del año nos presentan los rigores invernales en
su máximo apogeo. Sus preludios ya aparecieron en otoño, apagando el
colorido otoñal y avisando de que días difíciles llegarían. Por aquel
entonces, los activos machos monteses hervían por las fiebres del celo,
sobre todo en noviembre, cuando las peleas y la movilidad de estos por las
hembras eran mayores. Con el paso del tiempo, que no del climatológico, se
fueron apagando estos ardores, siendo ya inusual que a finales de la afable
Navidad encontremos aún airosos combates.
Durante enero, mes en el que las bajas nevadas lamen los
llanos, tanto la fauna como la flora parecen ya definitivamente ausentes de
nuestras serranías. Sin embargo, la altiva y estoica estampa del macho
montés, imperturbable frente a la agresividad de casi todos los agentes
climáticos, nos ofrece una reconfortante nota de calor en medio del desolado
pero bello paisaje invernal.
Los grandes
ungulados ibéricos, como el que nos ocupa en esta nueva sección, son sin
lugar a duda un excelente recurso para los amantes de la fotografía de
Naturaleza. Sobre todo en los últimos tiempos, en los que por su
accesibilidad son un objetivo asequible incluso para los más noveles,
gracias en gran medida al desarrollo turístico que han sufrido nuestros
predios montanos (en particular los espacios protegidos). Fuerza física
impresionante, asombrosa adaptación al medio serrano, fino oído y aguda
visión son algunas de las prestaciones de este ungulado todo terreno que ha
sido exitosamente diseñado por la evolución para llegar a ser, sin duda
alguna, emblema de nuestra fauna de montaña. Es por ello que si hay que
buscar una especie emblemática de nuestra provincia es, también sin lugar a
dudas, la cabra montés. Repartida no ya solo por todas las montañas béticas,
la montés ocupa todos los ecosistemas y prácticamente todas las ecologías
existentes. Lejanos quedan ya los tiempos en los que aparecía restringida a
las montañas: hoy en día es difícil no encontrarlas en pies de monte,
altiplanos, cultivos y vegas, costas, ... Desde el nivel del mar hasta el
techo de Iberia (nuestro entrañable Mulhacén) y prácticamente sin
discontinuidad, podemos descubrirlas. Desde los calores estivales lamiendo
la sal en los roquedos y playas del litoral (en Maro-Cerro Gordo por
ejemplo) hasta los gélidos parajes helados de los 3.000 m. nevadenses
(cruzando valles o incluso vertientes). Tanto es así que, por ejemplo, en
pleno mes de enero, es fácil encontrar a los machos a 2.700 m. de altitud en
la vertiente septentrional de Sierra Nevada, metidos en los roquedos con
exposición sur, a donde van llegando por la mañana para abandonarlos por la
tarde en una increíble y diaria migración altitudinal, dejando abajo ingesta
más abundante. De esta manera, su omnipresente distribución se solapa con la
presencia humana, con la que llega a convivir sin problemas a no ser que la
cinegética lo desplace. Buena prueba de ello son las cumbres estivales del
macizo nevadense, cuya confianza al hombre, ya histórica, llega a ser
sorprendente.
Para la
realización de imágenes como la ofrecida, es necesario tomar algunas
elementales precauciones, ya que a veces las monteses huyen espantadas al
ser sorprendidas a más de 300 m. (en función de la localidad y la presión
turística, época del año, actividad cinegética, ...). Así pues, aún
aprovechándonos del margen de confianza que a menudo ofrecen, es conveniente
vestir prendas adecuadas (de colores oscuros), llevar el viento a favor (de
frente es lo más recomendable), andar con precaución y realizar las
“entradas” (aproximaciones) sin ser vistos (aunque a veces, cuando los
animales son muy confiados, como en las cumbres de Sierra Nevada, es
preferible acercarse sin perderlos de vista, realizando frecuentes y
duraderas paradas). Usar un teleobjetivo de 300mm. o 400 mm., película de
100 ASA si hace buen tiempo, trípode y el correspondiente permiso de
fotografía nos reportarán un sustancioso día de campo.
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