CALENDARIO FOTOGRÁFICO.

 

  

 

 

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LA NATURALEZA EN IMÁGENES

FEBRERO

ANOCHECE EN LAS BÉTICAS © Roberto Travesí 2004

DATOS TÉCNICOS:

Lugar: Sierra Nevada, 2.090 m. de altitud.

Fecha: Febrero de 2004.

Velocidad: 1/4 seg. aprox.

Diafragma: f:11

Equipo fotográfico: Mamiya 645 Pro, Mamiya Sekor C 210 mm. f:4 N, Fujichrome Velvia 50, trípode Manfrotto 190 Pro (rótula 141 RC).

Digitalización: EDILUX (Granada).

Anochecer desde Sierra Nevada. Las laderas de los Alayos de Dílar se sumergen en el mar de nubes. Debajo, la pesadumbre provocada por todo un día gris de merma lumínica contrasta con el gozo que se experimenta desde las alturas nevadenses, una privilegiada y espectacular atalaya en donde la recompensa por el esfuerzo siempre compensa. Al fondo, otro testigo de excepción, la mole de la Maroma (2.065 m.) en su vertiente granadina, que emerge solitaria dejando, bajo el oleaje de agua microscópica en suspensión, el resto de las cuerdas de Tejeda y Almijara.

Una de las connotaciones más peculiares de los meses alejados del estío son los mares de nubes. No son sin embargo exclusivos, ya que pueden también contemplarse -aunque de manera excepcional- en plena canícula de julio y agosto, en proporciones bien diferentes: bien a pequeña escala como ocurre en la Vega de Granada o bien en grandes dimensiones, superando los 2.500 m. de altitud en plena Alpujarra.

En la estación opuesta, esto es, durante el invierno, no es inusual que la ciudad de Granada se vea privada algunas mañanas de los apetecibles rayos solares que mitigan de manera efectiva las bajas temperaturas. Estas nieblas, que también aparecen a veces en los barrancos, en donde la inversión climática se puede apreciar mejor (si observamos, por ejemplo, la vegetación), permiten disfrutar de, por lo general, pequeños y tranquilos mares de nubes matutinos, en donde la luz es siempre más fría que los cálidos tonos que aparecen al atardecer. Buenos exponentes de estos reducidos mares de nubes son la mencionada Vega de Granada, Depresión de Padul u Hoya de Guadix entre otros. En cambio, existen otro tipo de mares de nubes, más espectaculares aún que los anteriores, que envuelven a nuestras serranías a diversas altitudes, a veces por completo. La fotografía que presentamos este mes es un claro exponente de este modelo.

Por otro lado, podemos encontrarnos con otro singular mar de nubes, el costero, que a lo largo de todo el año nos regala magníficas estampas lamiendo nuestras montañas litorales. Y por último, las nubes pegadas a las sierras también fabrican impresionantes instantáneas, sobre todo con los revuelos otoñales, aunque por su elevado interés merecen abordarlas específicamente en su momento oportuno.

Desde el punto de vista técnico, fotografiar los mares de nubes no entraña excesivos problemas. Es más el impedimento físico (alcanzar la altitud suficiente en tiempos a menudo récord) que la dificultad en calcular la exposición. Pero no es difícil esto último. Es evidente que sobre la lectura que nos ofrece el fotómetro de la cámara hay que “abrir” diafragma o “bajar” velocidad para “quemar”, con respecto a la lectura oficial, un poco la imagen. Y es que las tonalidades claras reflejan demasiada luz y tienden a persuadirnos equivocadamente. Para resolverlo, hay que tener presente dos detalles primordiales:

·     Más de dos diafragmas (o velocidades) de sobreexposición provocan falta de textura (detalle) en las tonalidades claras (nubes en sombra por ejemplo). Es decir, si disparamos exactamente con la información que nos suministra la cámara, el blanco aparecerá apagado, oscuro; en cambio, se quemará si sobrepasamos esos dos puntos de exposición. Pero hay que saber donde medir, pues algunas zonas de la imagen con tonalidades claras saldrán necesariamente “achicharradas” (serán siempre lugares puntuales).

·     Y muy importante es tener en cuenta que en estas fotografías lo que manda es el blanco, el mar de nubes. No pretendamos pues tener detalle en montañas, árboles, ... (observar las laderas de los Alayos en la foto del mes). Esta es parte de la hermosura de la fotografía, porque los juegos de luz, registrados de manera bien distinta en la retina de nuestros ojos, imprimirán carácter a este tipo de imágenes.

Por último, un apunte sobre la evolución de estos espectaculares fenómenos de la naturaleza. En lo que respecta a las nieblas de vaguadas y depresiones, hay que tener en cuenta precisamente su baja cobertura y su carácter precario. Como ocurre en la cada vez más escasa Vega granadina, estas bajas nubes apenas superan los 1.000 m. de altitud, disipándose por lo general a media mañana, como a menudo ocurre con las aparecen estivalmente en nuestras costas. Su correcta retención en el celuloide (o en cualquier soporte digital) no es fácil, ya que la dura luz matinal descompensa en exceso los diversos elementos del paisaje en cuanto el sol se eleva más de la cuenta. Así pues, lo ideal es encontrarnos ya casi por encima del nivel de las nubes nada más darnos cuenta de la existencia del mar de nubes, puesto que además contamos con el adverso factor de la fugacidad. No ocurre así en cambio con los mares de nubes de “altos vuelos”, que suelen perdurar con frecuencia todo el día y nos permiten posicionarnos y esperar las cálidas luces del declive solar. 

Roberto Travesí Ydáñez

Contactos: r.travesi@vodafone.es Tlf. 699 695 569

 

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