MAMA ABUBILLA
DATOS TÉCNICOS:
Lugar: Sierra Nevada, 950 m. de altitud.
Fecha: Abril de 1991.
Velocidad:
1/60 sg.
Diafragma:
f:6.7
Equipo
fotográfico:
Canon A-1, Canon FD 100 mm. f:4 macro, Kodachrome 25, trípode Velbon,
Minolta Flash Meter III.
Digitalización: Doméstica, mediante escáner Nikon Coolscan III (LS-30).
Ajustes: Photoshop CS (v. 8.01).
Mayo entra de lleno en la primavera. Es el mes en que la
Naturaleza nos muestra la vida en todo su esplendor: estallido
definitivo de la flórula de nuestros campos e incesante actividad de la
fauna, que en gran número recibe ya a su prole.
Nuestra protagonista del mes es la vistosa y sonora
abubilla, llegada de Africa o del pequeño contingente de invernantes que
permanece durante el invierno en nuestros predios ibéricos. Suele tener
dos puestas, incubando la primera en abril. Localmente es denominada
también “picamierdas”, a causa del desagradable hedor que desprenden sus
nidadas, todo un mecanismo defensivo que intenta intimidar a sus
predadores. Apenas existe dimorfismo sexual, manifestado por la
diferente orientación de las plumas de sus cabezas.
La fotografía de Naturaleza debe siempre iniciarse
respetando en todo momento la obra del Creador y por supuesto sin
anteponer la imagen perseguida a los propios intereses del sujeto/s a
fotografiar. Existen pues “unas reglas de juego” que aún sin la
existencia de testigos deben observarse “a pie enjuto”, unas muy
sensatas y oportunas directrices expresadas con claridad en el Código
Etico elaborado para tal fin por la Asociación Española de Fotógrafos de
Naturaleza (www.aefona.org).
De hecho, el concurso de fotografía de Naturaleza de mayor prestigio
internacional (el Wildlife Photographer of the Year Competition,
organizado entre otros por la BBC británica) no admite por ejemplo
imagen alguna tanto de especies protegidas sin contar con los
correspondientes permisos de la administración como de nidificaciones.
Sobre esto último, personalmente pienso que generalizando no hay
resquicio para el error pero que, aunque todos nos equivocamos (y yo el
primero), se pueden hacer algunos pequeños paréntesis con matices en la
observancia estricta de dichas normas. Todo depende de una serie de
parámetros a considerar, como por ejemplo la especie en cuestión (y no
todos los individuos de una misma especie muestran similar
comportamiento bajo idénticas “presiones”), la época del año, localidad
en particular, … Pero reitero que nadie es perfecto y que por mucho que
se conozca de la etología de determinada especie hay siempre que dejar
un margen de seguridad.
La fotografía que nos ocupa
pertenece a un reportaje realizado en 1991 durante 21 días (la mayor
parte de los mismos empleados a jornada completa). En algunos momentos
tuve la inestimable ayuda de mi buen amigo Manuel Martín-Vivaldi,
también miembro como yo de AGNADEN (Agrupación Granadina para el Estudio
y la Defensa de la Naturaleza), que con posterioridad en 1997 se doctoró
en la Universidad de Granada con la tesis “Biología de la reproducción y
función del canto en la abubilla (Upupa epops)”.
De manera resumida, el proceso que seguí para la obtención de esta
fotografía fue el siguiente:
En primer lugar y antes de
la llegada de las abubillas en febrero, hubo que seleccionar del área de
estudio las parejas de nidificación accesible (sus nidos son
trogloditas), para posteriormente determinar cuales de las mismas tenían
más probabilidad de reutilizar nidos de otros años y menos de
construirlos en una nueva ubicación (todo ello basado en las
observaciones de años anteriores). Parte del éxito se debe a que el área
de estudio era muy conocida y relativamente pequeña (unas 30 ha). Más
tarde, se decide que oquedad tiene potencialmente más posibilidades de
ser ocupada (en este caso, fue reutilización de una del año anterior).
Con esta incertidumbre, se prepara el nido, un muro de piedra bajo un
bancal antaño cultivado y hoy dedicado a la almendra. Fueron entre
cuatro y cinco días los que tardé en abrir, acondicionar y cerrar el
nido-habitáculo, ayudado en un par de ellos por mi citado amigo Manolo.
En concreto, la extracción de un gran peñón dificultó en extremo el
trabajo, quedando aún así otro mayor que marcó gravemente el posterior
desarrollo del trabajo fotográfico, comprometiendo durante el mismo a mi
vista, mi cuello y, en menor medida, mi cintura. Por supuesto, no se
modificó ni la galería de entrada ni el nido en sí. Ahora, ya solo era
cuestión de tiempo.
Finalmente, el trabajo no
fue baldío. La pareja seleccionada llegó a su territorio y eligió,
frente a otras ubicaciones aparentemente menos interesantes, la oquedad
trabajada. A partir de aquí, mucha paciencia. Primero colocando flashes
alejados del nido y haciéndolos destellear en potencia creciente,
tolerándolos sin problema ambos progenitores incluso durante diferentes
días hasta llegar al exterior del nido. A partir de aquí y dada la
respuesta ofrecida por la pareja, suponía predecible el comportamiento
aún siendo la primera vez que rompía la intimidad de un nidal. De
cualquier manera, mi actitud debería de ser totalmente exquisita para
con ellos, no forzando en ningún momento situación comprometida alguna,
si no dejando que ellos fueran los que en todo momento decidieran.
Inicialmente disparé los
flashes de menor a mayor potencia (nunca al máximo) hacia el interior de
la oquedad; en primer lugar cuando ellos estaban fuera pero observando
las proximidades del nido, para luego más tarde hacerlo cuando se
encontraban tanto al pie del mismo como en su interior. La respuesta
siempre fue positiva, sin duda gracias a que el proceso fue paulatino;
en ningún momento hubo sobresalto alguno u otros síntomas de inquietud
cuando los adultos se encontraban en su interior y los flashes
iluminaban fugazmente su intimidad. Ahora ya estaba en disposición de
introducir la cámara y los flashes, no olvidando dejar uno fuera que
también funcionase al unísono con los del interior, para así no levantar
sospecha alguna desde el exterior al introducir una nueva situación en
este delicado momento. De esta manera, pude hacer algunas tomas
generales “a ciegas” (desde el hide exterior) de lo que ocurría en el
interior, imágenes por otro lado intrascendentes para lo que pretendía
pero que me llenaron de alegría y confianza para dar otro paso más, el
definitivo para mí, ya que para las abubillas ya había sido dado: la
introducción de los flashes en el interior. Así pues, abandoné mi
escondite diario y me introduje de noche en el interior del incómodo
habitáculo, para ser testigo de excepción hasta la noche siguiente de lo
que en el interior iba a ocurrir, realizando con éxito todo lo previsto.
Para la fotografía reproducida en este mes, anulé los flashes del
interior, usando solo el del exterior, enfocando con el tenue hilo de
luz natural que penetraba por la galería de acceso.