TORMENTA
EN SIERRA NEVADA
DATOS TÉCNICOS:
Lugar: Sierra Nevada, Tajos Negros de Covatillas, 3.112 m. de altitud.
Fecha: Junio de 2004.
Velocidad:
1/60 sg. aprox.
Diafragma:
f:9.5
Equipo
fotográfico:
Canon EOS 3, Canon EF 70-200 mm. f:2.8 L IS USM, Velvia 50, trípode
Manfrotto 190 PRO, cabezal Manfrotto 141 RC.
Digitalización: Doméstica, mediante escáner Nikon Coolscan III (LS-30).
Ajustes: Photoshop CS (v. 8.01).
Junio mantiene aún los vestigios de muchas de las difíciles jornadas
invernales, días en los que la adversa climatología cubrió de blanco
muchos de los variopintos macizos montañosos de nuestra quebrada
orografía bética. Sin embargo, tan solo es en el macizo
granadino-almeriense que nos ocupa en donde se conservan hasta los meses
verdaderamente estivales algunos de estos gélidos restos.
Aunque hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo, lo cierto
es que subir en junio a la alta montaña mediterránea es sinónimo de
“echar en el macuto” forros polares y membranas especializadas (u otro
tipo de coberturas menos técnicas), amén de un apropiado calzado y otro
tipo de protecciones. Y cuando los últimos verdores se agostan durante
este mes (salvo puntuales reductos de humedad), subir a las montañas es
como retroceder en el tiempo, como un volver al florido mayo de nuestras
tierras medias (o incluso a los lejanos meses de febrero y marzo en el
litoral y otros predios de baja altitud). Pero aún hay más: la primavera
ni siquiera ha llegado a las cumbres del gran macizo andaluz, cuyos
neveros son todavía muy abundantes (permanentes si el invierno ha sido
generoso). Así pues, no es hasta finales de junio y primeros de julio
cuando la explosión de la vida acontece en estos elevados feudos
nevadenses.
El
fotógrafo de Naturaleza debe ser siempre ambicioso en cuanto a la
calidad de las fotografías por él creadas y a la búsqueda de imágenes
nuevas. Para ello, debe ser extremadamente paciente (algo que por lo
general no es económicamente rentable), debiendo saber estar en el lugar
adecuado y en el momento oportuno. Para todo esto es necesario tanto un
mínimo conocimiento de los parámetros técnicos y ambientales (incluidos
los aspectos naturalísticos, como por ejemplo la biología de la especie
a fotografiar en cuestión) como que el viento sople a nuestro favor,
esto es, necesitamos también un parámetro tan incontrolable como
impredecible denominado “factor suerte”. Cierto es que para tenerla hace
falta estar ahí, abonado constantemente a la mayor probabilidad de éxito
(que es cero en pleno centro del sofá del comedor de la casa del osado
fotógrafo). Sin embargo, haré un pequeño paréntesis personal al
respecto. Poseo un buen puñado de grandes imágenes (a las que también de
manera personal denomino -y alguna vez he comentado- como
fotones)
que habiendo estado en el lugar adecuado y en el momento oportuno su
consecución final no ha sido obra enteramente mía. Es decir, la citada
suerte ha sido decisiva. Sin embargo, como creyente, para mi esta no
existe. Nada ocurre por casualidad en la vida, es Dios quien está detrás
de todos los acontecimientos que nos ocurren, incluidos los
aparentemente rechazables. Ni siquiera hay certeza absoluta en el don de
la procreación: tampoco la biología del ser humano es un mecanismo
predecible y que controlamos a nuestro antojo (también tengo experiencia
en este campo, con cinco hijos como resultado de los ocho embarazos que
mi mujer ha tenido).
Bien, dejando aparte este tema de suma importancia pero de lectura muy
personal en el que únicamente he querido llamar la atención sobre un
aspecto usado frecuentemente por los fotógrafos, al igual que tantos
cazadores, de manera claramente vanagloriosa, volvamos pues a la imagen
del mes. Tras los comentarios precedentes, describiré someramente los
hechos antes de las pinceladas técnicas para que los lectores puedan
interpretar lo más acertado posible mis intenciones.
A
medio día, ya había cumplido los objetivos proyectados. Tenía dos
opciones: bajar de altitud y trabajar en varias cosas pendientes, algo
que invitaba la demora de dos años en las mismas y las nubes que estaban
entrando desde hacía ya dos horas y media, o permanecer arriba
aprovechando la altitud ganada y a la expectativa de lo que la
climatología ordenase. Como siempre osado y curioso, decidí esperar,
disponiéndome a buscar manzanilla real para que el tiempo no pasase en
balde (estuve tentado a una buena siesta, pero ello significaría
renunciar a la obtención de alguna fotografía de la cabecera del río
Trevélez iluminada parcialmente entre las cada vez más abundantes
nubes). Solo pude encontrar una mata, curiosamente adicionada a una
siempreviva sobre una desnuda y vertiginosa laja que asomaba a los
Lavaderos de la Reina. Y aunque estaba ya nublado totalmente, el curioso
y endémico binomio fue objeto de mi quehacer fotográfico (se trataba de
una círculo vegetal compuesto por las dos citadas especies a partes
iguales en disposición antagónica). Ciertamente que el día estaba ya
feo, pero había que esperar a los últimos rayos de sol, pues el
horizonte continuaba parcialmente ausente de nubes (sin pinta de
cerrarse del todo) y era posible que a última hora algunos rayos
iluminasen fugazmente las cumbres donde yo me encontraba. Finalmente,
pude hacer esta imagen, aunque en seguida el tiempo se torció de manera
repentina. En apenas cinco minutos, un cielo aún más negro que el tizón,
comenzó a entrar. Realicé apenas cinco fotos con la Mamiya 645 PRO y con
el 20 mm. de Canon, pues la imágenes ya eran casi de B/N. Me giré 180º
con el ánimo de sacar algo, a la espera de que el sol consiguiera romper
por entre las nubes. Unos instantes después, volví a girarme y me quedé
sobrecogido: todo lo que había por encima de mi cabeza era de un negro
tan brutal como antes no había contemplado. A pesar de que a una de las
Canon (la del 20 mm.) le quedaban cuatro o cinco fotos para sacar el ya
anhelado carrete, quedé tan impresionado (parecía el fin del mundo) que
entendí que por una vez ya no era momento para hacer fotos. Guardé
apresuradamente el equipo e inicié la torpe carrera (la pesada mochila -Photo
Trekker AW-, el trípode y … ¡los 39 años! eran un lastre insalvable) por
aquellos suaves y llanos pero duros parajes (la denominada Divisoria de
Mares en su tramo próximo al Picón de Jeres). A los 3 o 4 minutos del
desenfrenado trote, un inmoderado granizo (por tamaño y abundancia) hizo
acto de presencia, aporreándome el cuerpo (llevaba aún camisa). La zona
más vulnerable era la “calva”, que a duras penas pude proteger con el
flexible sombrero y un doblado pañuelo en su interior. Pero lo peor
estaba por llegar, el quebradero de cabeza no iba a ser precisamente el
abrumador granizo: los rayos crujían a mi alrededor como reptando por el
suelo. Apagué el móvil y el paso se ralentizó en extremo, conmovido por
el impresionante espectáculo visual –solo miraba el andar de mis botas-
y sonoro. Estaba en el flanco NW del Picón, a unos 3.050 m. de altitud,
en una loma completamente despejada (todas las piedras eran pequeñas y
solo había un pararrayos, que era humano y que se desplazaba
sobrecogidamente despacio), granizaba como antes tampoco había visto y
eran las 21.30 h.. Al igual que un religioso natural, rezaba todo lo que
sabía. Gracias a Dios pude llegar al coche, por supuesto chorreando de
agua (la membrana combinada de forro polar y textrem no impidió
absolutamente nada desde que antes de llegar al pico de Mirador Alto el
granizo se transformase en el líquido elemento). A pesar de la tardía
hora (ya contaba con que sería avanzada aún con buen tiempo), regresaba
muy feliz tanto por haberlo contado como por las imágenes obtenidas. De
haber sido cómodo, no hubiera esperado al anochecer para bajarme de la
cuerda, con lo que tampoco hubiera obtenido la preciada imagen aquí
expuesta. Aquel día hubo fuertes tormentas por la tarde en Guadix-Baza.
Firmaría, aún no consiguiendo siempre las imágenes deseadas, días como
este, que amanecen rasos y se desarrollan accidentados. Porque un día de
azul total, deseado por tantos fotógrafos, es un poco soso. Prefiero los
revueltos de luces.
Desde el punto de vista técnico, en esta imagen “mandan” las altas
luces, es decir, hay que exponer para ellas. Ello se comprende bien
observando el cielo y los reflejos del sol en el lejano pantano de
Canales, además de los neveros de los Tajos. Porque es necesario que las
laderas no ofrezcan detalles y se muestren oscuras, no distrayendo la
atención (esta imagen hubiera quedado bien concebida en B/N). Pero el
punto también se lo dan los neveros. Así pues, de mucho menos interés
hubiera sido obtener esta misma imagen dos meses más tarde. El cielo no
puede oscurecerse más con un filtro degradado, pues hubiera afectado a
la parte superior de la montaña. Tampoco usé un filtro cálido (KR-3 de
B+W por ejemplo), pues restaría grises y algún azul. Lo único fue
obtenerla un poco oscura (densa), pues mandaban las altas luces y los
blancos neveros me permitían dar densidad a la imagen, realzando así la
tormenta. Finalmente y una vez digitalizada, sí añadí una casi
inapreciable calidez a la imagen mediante Photoshop (corrección
selectiva), algo que va en contra de mis principios pero que dado que
aquí es posible indicarlo me animo a hacerlo, reconociendo que la imagen
se ha beneficiado de este sutil efecto.