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CALENDARIO FOTOGRÁFICO.

 

  

 

 

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LA NATURALEZA EN IMÁGENES

JULIO

RASCACHOCHAS

 

DATOS TÉCNICOS:

Lugar: Sierra Nevada, Mulhacén, 3.060 m. de altitud.

Fecha: Julio de 1998.

Velocidad: 1/30 sg. aprox.

Diafragma: f:13

Equipo fotográfico: Canon EOS 1N, Canon EF 20 mm. f:2.8, Provia 100, sin trípode.

Digitalización: Doméstica, mediante escáner Nikon Coolscan III (LS-30).

Ajustes: Photoshop CS (v. 8.01).

 

JULIO nos invita a descubrir la originalidad de nuestras montañas, en particular las de Sierra Nevada, gracias entre otras a su elevada altitud. Cierto es que las determinantes temperaturas estivales nos empujan a buscar aires permanentes más frescos, pero más cierto aún es que el amor por la montaña y la innata curiosidad “obligan con libertad” a más de uno a escapar del bullicioso asfalto y ascender a las cada vez más pobladas cumbres. Ahí arriba, ahora en plena primavera, podremos descubrir tan sorprendentes singularidades entre sus habitantes que no echaremos en falta las avanzadas sutilezas de la tecnología de los urbanitas. Y es que las ingeniosas pero no por ello menos efectivas adaptaciones que las diferentes especies han tenido que ir generando con el transcurso de los tiempos para hacer frente a las fatales condiciones de vida allí imperantes han ocasionado sorprendentes respuestas dignas de nuestro máximo interés. Y a menudo muchas de estas han sido similares a pesar de la no coincidencia tanto espacial como temporal entre las mismas. Un claro ejemplo de esta convergencia adaptativa a la que intento referirme es un particular biotipo (patrón morfológico que responde a la presencia de unos determinados parámetros medioambientales,  como acusadas temperaturas, fuertes vientos, presencia abundante de nieve, …). Se trata del piorno (técnicamente denominado como  pulvínulo), una forma biológica a modo de almohadilla que diferentes vegetales adoptan manifestando a que tipo de condicionantes ambientales están sujetos. Cuando este grupo de plantas junto a otras de porte rastrero (alfombrado) dominan el matorral, estamos ante el llamado piornal, que ya nos indica que la vida arbórea espontánea -de manera natural- no es posible (en nuestras montañas, por encima de los 2.000 m. sobre el nivel del mar como máximo).

Una de las más representativas es la rascachochas (Hormathophylla spinosa), un característico elemento del mediterráneo occidental (concretamente iberonorteafricano) propio de cascajares y otros pedregales, aunque también presenta carácter subrupícola (de ambientes próximos a roquedos). Perteneciente a la familia de las crucíferas (a causa de sus cuatro pétalos libres abiertos en cruz), este espinoso caméfito (grupo de vegetales así denominados por presentar sus yemas de reemplazo a menos de una cuarta del suelo, quedando protegidas de la nieve), viste en estas fechas flores de blancas a rosadas. Además, es indiferente edáfico (tolera suelos con pH variable entre básico y ácido), vegetando en las cumbres de altas montañas de nuestra provincia (como Castril, Baza o Tejeda-Almijara por ejemplo). En concreto, la imagen nos muestra un ejemplar de las cumbres nevadenses, un peculiar ecosistema único en todo el continente europeo occidental que difiere sobremanera del que soportan las restantes poblaciones de la especie en los distintas localidades de la Bética. Amén de la belleza que aporta en la desnudez del paisaje, la rascachochas (rascachochos según algunos de los más osados pastores nevadenses) posee un importante valor ecológico. Estas acusadas alturas presentan una manifiesta y exigua cobertura vegetal, con lo que algunas de sus especies presentan adaptaciones morfológicas para atraer a los escasos insectos que viven bajo las duras condiciones ambientales reinantes. Esta atracción (a veces muy selectiva en cuanto a las especies embelesadas) tiene como fin perpetuar al vegetal en cuestión, esto es, polinizar la planta e intentar así cerrar en un plazo muy corto de tiempo el vertiginoso ciclo biológico (estos parajes apenas tienen 4 o 5 meses para consumarlo debido a la amplia permanencia de las nieves). Pues bien, según Jose Mª Gómez Reyes y Regino Zamora (investigadores del Dpto. de Ecología de la Universidad de Granada) son más de 40 los taxones (unidad de clasificación referida a un nivel de tipificación como especie, subespecie, variedad, …) los que llegan a visitar a este vegetal (incluida por ejemplo la ingesta), todo un festín de mucha altura a elevada altitud.

En esta ocasión y al igual que en la fotografía de narcisos del pasado mes de abril, se ha utilizado lo que desde hace unos 15 años denomino como objetivos ecológicos (justo cuando adquirí y estrené mi primer ultragranangular, un 17 mm.). Es por ello que no me extenderé sobre los mismos, remitiéndome al comentario realizado en el citado mes primaveral. Solo indicar que en esta ocasión el tamaño de la planta facilita aún más su uso, cuyo resultado queda sobresaltado tanto con las primeras luces de la sierra como por las diferencias tonales entre el paisaje y el motivo. Es decir, cuando el motivo es claro (abundancia de flores blancas por ejemplo) podemos subexponer el paisaje, que si es oscuro nos ayuda todavía más en nuestro objetivo: resaltar este sobre aquel. Pero es necesario que las luces sean bajas, esto es, amanecer o anochecer, ya que de lo contrario la foto se nos presenta oscura aún estando bien expuestas las flores. Y cuanto más claro sea el motivo (o lo que mande en última instancia), mayor es el efecto, mayor es la “luz africana”. Y para comprobarlo, basta observar los alrededores de la rascachochas, en concreto la montaña negra del fondo (la Alcazaba).

 

Roberto Travesí Ydáñez

Contactos: r.travesi@vodafone.es Tlf. 699 695 569

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