LLEGA EL
OTOÑO
DATOS TÉCNICOS:
Lugar: Sierra Nevada, Posiciones del Veleta, 3.100 m. de altitud.
Fecha: Septiembre de 2004
Velocidad:
1/350 sg.
Diafragma:
f:8
Equipo
fotográfico:
Canon POWERSHOT PRO-1 (ISO 100, CRW a JPG), sin trípode.
Ajustes: Photoshop CS (v. 8.01)
Quizás este último mes estival de SEPTIEMBRE se nos antoje más crudo que
el de otros años, ya hastiados tanto de algunas de las insolentes
temperaturas record de la canícula de este verano que comienza a
dejarnos como de la sequedad reinante, producto de la desmesurada
escasez de lluvias acumuladas desde octubre pasado. Un mes aparentemente
insulso, a caballo de otros con mayor relevancia, a excepción de los
últimos días de este mes, allá por el “veranillo del membrillo”, cuando
tiene lugar, potenciado por las primeras aguas del otoño, uno de los
acontecimientos más espectaculares de nuestra geografía: la berrea. Por
San Miguel, la berrea explota en su máximo esplendor -durando apenas
días-, si es que no se han mojado el lomo con anterioridad los venados
de nuestras sierras (adelantándose inusualmente así las fechas, aunque
puede ocurrir que la extrema sequedad diluya el evento). Sin embargo,
este ineludible evento fotográfico ya nos ha sido resonado desde
recónditos lugares en boca de los más viejos machos -aunque de manera
muy tímida y eventual- tanto en el mes que ya se nos ha ido como en las
presentes jornadas.
Septiembre, junto al mes precedente, son ideales para la fotografía de
abrevaderos (fuentes y charcas). Desde un asfixiante habitáculo
camuflado (popularmente conocido con la palabra inglesa hide) y
rezumando paciencia y sudor (sobre todo si se encuentra ubicado a pleno
sol durante las horas centrales del día), se podrá hacer “el agosto”,
esto es, realizar un buen puñado de extraordinarias imágenes de la
sedienta fauna local. Y máxime este tórrido verano, donde la escasez en
cantidad y calidad de estos oasis a causa del áspero año pluviométrico
nos facilita aún más nuestra actividad de disfrute de la Naturaleza y su
fotografía, que en todo momento debe ser respetuosa para con ella.
Sin lugar a dudas, las cumbres de Sierra Nevada son, a mi juicio, un
eficiente testigo en donde poder corroborar la transición estacional que
este mes nos trae. No es tan evidente ni sonoro como las migraciones de
aves, sino que se trata de una información más sutil y callada: la
revolución atmosférica. Efectivamente, con dicho término quiero
indicar que en los cielos de este macizo y durante estos días se
barrunta el otoño. Cierto que los mares de nubes y otros revueltos de
partículas acuosas en suspensión a los que quiero referirme no se fijan
con exclusividad en mes alguno (cualquier jornada del año es
potencialmente apta para su formación), pero también es innegable que,
tras julio, las formaciones locales de nubes -que a veces derivan en
tormentas pasajeras- son más frecuentes, esto es, de agosto en adelante.
Así, los espectaculares y suspirados mares de nubes, mayoritariamente de
reducido tamaño y por tanto visibles tan solo desde uno o dos picos de
la Sierra (al tratarse realmente de nubes que de manera temporal
envuelven puntualmente a algunos de los más elevados vértices nevadenses),
pueden regalarnos la vista con su presencia, al tiempo que enriquecen
nuestro archivo fotográfico. Como he indicado, estos revuelos
atmosféricos son ahora gradualmente más frecuentes (dentro de su
escasez), encontrando en septiembre y, quizás en mayor medida durante
octubre, su máxima representación, para dar ya paso en meses posteriores
a los grandes mares de nubes, fascinantes manifestaciones cuya
particular vistosidad se expresa entonces a gran escala (regional
incluso) y menor altitud.
Reconozco que la imagen que ilustra este mes podría haberse mejorado. Y
lo declaro en un doble sentido, a pesar de la innegable validez de la
misma. Por un lado, porque podría haber escogido otra aún mucho más
representativa, como la socorrida y manida imagen de un venado
berreando. Y por otro porque la imagen no es tan impactante como he ido
pretendiendo a lo largo de las colaboraciones de los meses precedentes
(aunque esto es subjetivo, según la persona y el prisma con que se
observe, ya que afortunadamente todos no somos clónicos). Y por ponerle
otro pero, técnicamente es deficiente. Pero no puedo sustraerme a un
vertiginosamente cambiante debate de constante actualidad: la idoneidad
por decantarse ante la calidad o la efectividad, ante la depurada
tecnología tradicional de última generación o la cegadora maquinaria de
sencillos pero espectaculares procesos binarios del futuro, ya presentes
entre nosotros a precios populares. Se trata, evidentemente, del acierto
ante la elección entre fotografía química (también conocida como
analógica) o fotografía digital. De aquí la justificación del uso de la
fotografía que encabeza estas líneas.
De
entrada, apostar por la FOTOGRAFIA, aunque sea con “inútiles” cámaras de
usar y tirar. Porque una buena fotografía no desmerece en función ni de
la persona que la realice ni de la herramienta utilizada (incluso las
imágenes sintéticas, creadas casi al 100% sentados frente al ordenador,
también son otra forma de arte que emana creatividad). Por lo demás,
decantarse ante uno de los términos de este binomio creo que es, sin
ánimo de ofender a nadie, un planteamiento baladí más propio de
reducidos intelectos sin apenas horizonte visual. Y estoy hablando de
fotografía de autor, en donde es totalmente válida la elección de la
herramienta utilizada y la técnica aplicada. Porque en otro tipo de
fotografía, los requerimientos vienen evidentemente impuestos por
diversos parámetros (por ejemplo, en prensa es de obligado cumplimiento
el uso en exclusividad de soportes digitales). Pero dejando a un lado
este asunto, lo que pretendo con esta reflexión es renunciar por este
mes a la calidad de la fotografía de cabecera para así tener la excusa
de comentar el aparentemente encontrado binomio citado, de actual y
permanente discrepancia entre los diferentes fotógrafos.
De
entrada, apuesto por los dos extremos en litigio, es decir, por un
equipo híbrido pero complementario, no como antaño (léase
CANON FD-EOS
o MINOLTA MD-AF
por ejemplo). Y así lo llevo a la práctica, usando desde mi querida F-1
New, A-1 o T-90 hasta la EOS 20D, pasando por las EOS 3 y EOS 1V y otras
de formato mayor. Aunque la marca es casi siempre lo de menos. Pero, por
supuesto, apuesto por la fotografía química. Sí, apuesto por la
impaciencia hasta ver revelado el carrete, por el temor a las huellas
dactilares, arañazos y otras bajuras de los laboratorios “profesionales”
en su tratamiento, por el temor de un material sensible al paso del
tiempo, por el espacio físico que ocupan, … Pero en definitiva, apuesto
por la CALIDAD.
Es
evidente que en cada una de las partes -para mí complementarias- hay
factores tanto a favor como en contra. Por supuesto que no hay nada
perfecto, pero a la fotografía digital aún le queda un trecho que
recorrer, a pesar de su espectacular y vertiginoso avance. Permítanme la
imprecisión y la redundancia: está para lo que está. Sin entrar en
detalles, ya que no es el momento, enumeraré algunas de las enormes
ventajas del soporte digital frente al químico (y que más quisiera
pudieran ser incorporados a los equipos tradicionales):
1.
Visionado casi en tiempo real de la imagen obtenida. Más que
visionado, comprobación de los ajustes seleccionados para la fotografía
realizada. Es, con diferencia, el punto más fuerte a favor de esta nueva
tecnología, al igual que la grabación en formato RAW (*). Ya no es
necesario “saber de fotografía”, no se dan palos a ciegas ni se “obliga”
al uso del braketin de las cámaras tradicionales (que siempre he odiado,
como el disparar manualmente un diafragma por arriba y otro por abajo,
como tantos profesionales sorprendentemente he conocido). Dicho de otra
manera, la fotografía digital sería una versión mejorada de los costosos
chasis Polaroid de formatos superiores al 35 mm..
2.
Modificación de la temperatura de color de manera instantánea y
además, en una sorprendente gama, evitando así la importante reducción
de luminosidad y el elevado riesgo de deterioro de los filtros que no
son de cristal (todo ello sin mencionar el ahorro de espacio y peso que
esto supone) (*).
3.
Cambio de sensibilidad a mitad del carrete (aunque en película me
niego a utilizar otras que no sean de 50 o 100 ASA). Así mismo, menor
incremento o pérdida en los valores de ciertos parámetros conforme
modificamos algunos ISO (por ejemplo, menos grano o más contraste en 400
ASA digital que en 400 químico -diapositiva-).
4.
Cero euros de desembolso para poder volver a disparar nuevas
fotografías. Es evidente que al reutilizar las tarjetas se ahorran
costes, al tiempo que se reduce el volumen que supone acumular rollos y
rollos de película en un largo viaje.
(*) Formato RAW: a
diferencia del resto de los formatos populares (TIFF o JPG por ejemplo),
toda la información recogida por el sensor queda almacenada en el
archivo creado, pudiéndose recuperar sin pérdida de calidad en cualquier
momento. De esta manera, pueden variarse cruciales parámetros como
densidad o temperatura de color sin merma alguna de dicha calidad (de
información). Vamos, que solo hay que preocuparse de captar el momento,
independientemente de las habituales quejas: que si la imagen la hemos
obtenido demasiado oscura o clara, que si el flash no tenía suficiente
potencia, que si la luz artificial ha predominado más de la cuenta, etc…
Una herramienta como para no justificarse nunca más de no saber realizar
buenas fotografías. Otro asunto es cuan ético es este recurso, aunque se
supone que “todo” es válido para conseguir una buena fotografía.
Todas estas enormes ventajas y algunas más, realizadas entre un
fotograma y otro, no eclipsan sin embargo a la fotografía química, sino
que como anteriormente he indicado la complementan y nos ayudan a ser
mejores fotógrafos (o al menos a disfrutar con el resultado de nuestro
trabajo). A continuación, enumeraré los más importantes e ineludibles
inconvenientes que personalmente aprecio en la fotografía digital:
1.
La piedra angular donde “descalificar” a la fotografía digital se
halla en su captura en RGB (siglas en ingles de los colores Red, Green,
Blue), suficiente para su reproducción en copias de papel fotográfico o
en impresoras. Sin embargo, cuando se utilizan escáneres de imprenta
(tanto los tradicionales de tambor como los modernos digitales), las
imágenes obtenidas aparecen en CMYK (Cian, Magenta, Yellow, Black). Es
decir, perdemos calidad si imprimimos publicaciones de calidad en RGB.
En el monitor, todo es perfecto, pero hay simplificación de colores. Una
manera de apreciarlo fácilmente es reproducir por ejemplo un óleo. La
sutileza de las transiciones de color obtenidas no se consiguen
registrar: al mezclar las pinturas aparece una riqueza cromática tal que
las cámaras digitales no logran capturar (sus problemas tienen también
las películas actuales). Solución: que los sensores de las cámaras
capturen la información en CMYK, algo que por ahora ni siquiera he oído
mencionar.
2.
Otro asunto es lo que los escáneres denominan densidad de
exploración o rango dinámico. Habría que estudiar detenidamente el
comportamiento que, ante una misma imagen, ofrecen los distintos
soportes: diapositivas, negativos, papeles fotográficos e imágenes
digitales. Y en esta línea, ¿por que los trabajos serios profesionales
utilizan las diapositivas?. La elección del proceso a elegir también
depende de la latitud de los distintos soportes, ya que este parámetro
arroja una información muy a tener en cuenta; de este modo, la
diferencia entre las altas y las bajas luces pueden alcanzar los tres
diafragmas en función del soporte elegido. Un ejemplo ayudará a observar
de manera práctica este factor: el detalle en las sombras de muchas
fotografías. Veámoslo en el soporte más popular al alcance de todos: el
papel fotográfico. Obtengamos una fotografía con luz dura (a medio día).
Si comparamos el interior de una alguna determinada sombra de esta
imagen realizada tanto en la copia como en su negativo correspondiente,
es posible que alguien se sorprenda al corroborar las enormes
diferencias que pueden llegar a existir: mientras que en la copia
fotográfica dicha sombra es a menudo completamente negra, en su
correspondiente negativo posee variado detalle. Es decir, la copia en
papel está bastante más contrastada que su fuente (pequeñas oscilaciones
se presentan además en función de la marca del papel y del tipo del
acabado del mismo -mate o brillo-). Otra manera práctica de comprobar
esta pérdida de información es reproduciendo una diapositiva con una
réflex digital dotada de un objetivo macro original de renombrada
calidad: los archivos obtenidos de transparencias contrastadas no hay
quien los pueda “tragar” (abstenerse de realizar pruebas similares con
cámaras convencionales si no se utilizan las películas especialmente
diseñadas para duplicar).
3.
Aunque probadas por profesionales en algunas condiciones
extremas, si observamos las fichas técnicas de los distintos modelos
digitales podremos observar que se encuentran limitadas para ciertos
usos en condiciones desfavorables (cierto también es que han fallado
bajo dichos condicionantes grandes cámaras profesionales de película
cuyos fabricantes se enorgullecían de su probada resistencia). De
cualquier manera, hay un punto muy débil para todas las digitales,
supuestamente a excepción de algún modelo de Olympus: el acceso de
partículas de polvo o pelusas al sensor. Es un mal endémico de las
digitales y un problema a tener en cuenta incluso en condiciones
normales (no quiero ni pensar que sería de ellas en lugares sumamente
polvorientos o en medio de un incendio forestal, con todo el ambiente
tiznado de negro...). Queda por ver como las grandes marcas solucionan
este importante escollo (si es que comercialmente les es rentable) antes
de que la fotografía química quede como algo puramente testimonial.
4.
No quiero tampoco dejar pasar por alto otro detalle a reseñar si
se realizan publicaciones de calidad en gran formato tratadas en
imprenta (a 300 ppp, que no mediante otro tipo de impresiones). Los
archivos que ofrecen las cámaras digitales (que no respaldos) de la más
alta gama profesional (16 megapíxeles) arrojan alrededor de 50 MB por
fotografía, que aunque pueden considerarse más o menos similares a los
que pudieran ofrecernos las diapositivas de 35 mm. todavía quedan por
debajo de estos para trabajos serios que no precisen copias en papel
(hay que volver a recordar que una misma imagen los archivos en CMYK son
mayores que los de RGB). Este problema de megas no es tal, porque el
número de megapíxeles continúa en imparable escala en tiempos récord (ya
esta prevista para este mes la nueva CANON EOS5D con 12 megapíxeles y
sensor completo a un precio menor que el del buque insignia de dicha
marca). Es cuestión de tiempo y economía, aunque de cualquier manera hay
trabajos que no exigen archivos tan pesados como el citado. Lo que aún
no entiendo es como profesionales que siempre han defendido los
“archivos químicos” en formato 4.5x6 cm. o superiores frente a los
enanos 35 mm. hallan arrojado ahora la toalla y estén desquiciados con
las digitales, intentándonos convencer que con sus nuevas cámaras
semiprofesionales de 6 u 8 megapíxeles garantizan el trabajo de antaño o
les es suficiente ... Y sobre el sensor completo (similar al formato de
35 mm.), no opino, pues en Naturaleza es una ventaja que nuestro querido
y habitual 70-200 mm. f:2.8 se convierta ahora en su extremo tele en un
320 mm. f:2.8 (sin comentarios acerca de los teleobjetivos de 300 y 500
mm. respectivamente si los multiplicamos por 1.6 o por 1.5 sin pérdida
de luminosidad). Sí es cierto que perdemos en los grandes angulares,
pero para eso están las cámaras de película; sin embargo, es de justicia
reseñar que con los factores de multiplicación de las cámaras digitales
ganamos en macro al utilizar los objetivos ecológicos (término comentado
con anterioridad en otros meses). Y para cerrar sobre la idoneidad de si
sensor medio o completo, quiero únicamente indicar que lamentablemente
por priorizar asuntos en mi escaso tiempo no he podido probar cámara
alguna de sensor completo. Lo digo por que no ha sido así con el resto
de las “mortales” (formatos inferiores), que presentan hacia las
esquinas desdoblamiento de colores en numerosas circunstancias. Eso sí,
las digitales compactas, al disponer de un sensor aún menor, incrementan
este defecto técnico. Ciertamente estoy deseando poder algún día
encontrar tal fallo en cámaras de formato completo, aunque quizás
funcione la teoría de “sensor gordo y punto gordo” y deba comerme mis
alocados comentarios.
Finalmente, quiero cerrar este personal comentario haciendo hincapié en
dos puntos. En primer lugar, que la imagen digital está más conseguida
(es mejor) si se obtiene mediante una buena cámara digital que si en
origen ha sido impresa en película, extrayéndose posteriormente mediante
un escáner semiprofesional de elevado coste. Aunque claro, es posible
que las diferencias entre ambos tipos de captura sea tan elevadas a
favor del proceso químico que el posterior escaneado doméstico supere en
muchos aspectos a la imagen proveniente de la cámara digital. Y en
segundo lugar, que en ningún momento quiero convencer a nadie de nada,
sino que cada cual valore las opiniones que los diversos profesionales
vierten al asunto, para posteriormente ver las necesidades fotográficas
particulares. Por si sirve de algo y apostando prioritariamente de nuevo
por la fotografía de película, he recomendado e incluso personalmente
buscado a muchas personas la compra de un modelo digital. La marca, la
omito.
Quiero agradecer públicamente a mi querido y buen fotógrafo Jose
Antonio Henares Morales la lectura crítica de esta colaboración.