LOS COLORES DEL OTOÑO
DATOS TÉCNICOS:
Lugar:
Sierra Nevada, Cabecera del Genil, próximo a los 2.000 m. de
altitud.
Fecha:
Octubre de 1996.
Velocidad:
1/90 sg.
Diafragma:
f:11
Equipo fotográfico:
Canon F-1 New, Canon FD 50 mm., Provia 100, sin trípode.
Digitalización:
Doméstica, mediante escáner Nikon Coolscan III (LS-30).
Ajustes:
Photoshop CS (v. 8.01)
Por fin alcanzamos
las frescas noches de OCTUBRE, días en los que al caminar ya
comenzaremos a escuchar desde el suelo el crujir de unas hojas que,
desnudando lenta y cromáticamente a sus progenitores, nos han
proporcionado semanas atrás vitales sombras, aliviando la terrible
canícula de este relevante pero ya afortunadamente pasado estío.
Confinado en
enclaves edafo-topográficos particulares (ecologías con cierta
humedad y reducida tasa de insolación, como umbrías o vaguadas,
tanto en terrenos carbonatados como silíceos), el arce (Acer
opalus subsp.
granatense) nos recuerda que la vida no se encuentra
estabulada, que todo es cambiante aún a pesar de que algunas
manifestaciones biológicas aparentemente atemporales parezcan
indicarnos lo contrario (los líquenes por ejemplo, tan cromáticos a
veces como inermes, que muestran una figurada y casi insultante
quietud). Indudablemente, esta rememoración se debe a que los arces
pertenecen a un grupo de vegetales de hoja caduca otoñalmente
“prematuros”. O lo que es lo mismo, aquellos que constituyen la
avanzadilla previa a la gran otoñada, las primicias de esta teñida
estación recién estrenada
Frente a los
vigorosos colores que el arce nos presenta, otro color aparentemente
insulso pero imprescindible y presente a lo largo de todo el año
vuelve a recobrar una importancia que sin embargo nunca había
perdido. Efectivamente, aunque el blanco de las primeras nieves ha
podido aparecer en septiembre (o con anterioridad, en forma de
granizo), lo cierto es que octubre es la cuna de las primeras y
siempre efímeras nevadas que, como las níveas flores primaverales,
completan el definitivo encanto de nuestra otoñada andaluza.
Este mes es casi inevitable recurrir al
paisaje para hablar del anhelado otoño. La amplia visión que por
ejemplo el gran angular nos ofrece (al recoger una mayor variedad
cromática) lo convierte en unos de los objetivos tipo más utilizados
por los aficionados a la fotografía. En esta colaboración, sin
embargo, me limitaré a interpretar la fotografía que muestro.
En primer lugar, la imagen transmite
potencia, una fuerza debida directamente a las elevadas pendientes
observadas y al contraste a causa del juego de luces (las zonas
oscuras, negras, son muy determinantes para ensalzar este factor).
Dicho de otro modo, la diagonal que recorre la fotografía (desde el
ángulo superior izquierdo al inferior derecho) suscita esta
sensación, que ya habla precisamente de la ecología de la especie,
que rehuye las zonas llanas expuestas (solarmente hablando). Esta
inclinada transversal es la que debemos buscar en la composición de
una buena imagen, que muy pocas veces ofrece un resultado
visualmente óptimo cuando el motivo queda totalmente en el centro.
Es decir, debemos encontrarnos al menos dos partes bien
diferenciadas en la imagen a obtener, dos piezas que idealmente
debieran de complementarse una con respecto a la otra. Y a esta
línea visual que nos atrae hay que sumar una serie de connotaciones
que refuerzan esta percepción. Así, tanto la porción azul del cielo
como las ramas del árbol (que poseen una adecuada orientación)
ayudan a conseguir mayor efectividad visual, “obligando” al
espectador a recorrer la imagen, observándola en primer lugar a
través de la citada inclinación. Además, la fotografía queda aún más
compensada por la existencia de un pequeño punto de interés: el
aparentemente insustancial cepellón que sobre fondo oscuro aparece
bajo la diagonal, opuesto al amarillo otoñal, que por otro lado es
interesante indicar que no se ha producido superposición de
ejemplares de arce, con lo que además de indicar el claro carácter
eremita de los individuos de la especie ayuda a ofrecer un mayor
contraste sobre las desforestadas laderas.
Por último, además del beneficio que
reporta la ya referida presencia nívea, hay que destacar la línea de
cumbres, correcta y estéticamente dispuesta.
Por último, para la eficaz consecución de
esta fotografía hubo que tener en cuenta varios factores:
·
Calendario: fechas exactas, con una
margen de apenas 3-5 días.
·
Horario: se empleó tres horas en alcanzar
el lugar. De haber partido más tarde (media hora por ejemplo), se
hubiese perdido todo el encanto por la ausencia de sombras (observar
la parte inferior central de la fotografía, en la que el amarillo de
las hojas no destaca del color del pasto); y de igual manera, un
excesivo adelanto sobre la hora idónea extendería de manera
perjudicial el número de las sombras, contrastándose en exceso la
imagen, viéndose además las siluetas de los árboles recortadas, al
ofrecer menos superficie de sus dorados follajes a los rayos
directos del sol.
·
Presencia de nieve: tras la borrasca, no
demorar ni un día la obtención de las imágenes, si es que nos
encontramos en las fechas apropiadas.