LLEGA
EL INVIERNO
DATOS
TÉCNICOS:
Lugar:
Sierra Nevada (valle del río Durcal), 1.750 m. de altitud.
Fecha:
Enero de 1997.
Velocidad:
1/60 sg.
Diafragma:
f:4.5
Equipo
fotográfico:
Canon F-1 New, Canon FD 500 mm. f:4.5 L, RDP 100
(Provia), trípode Velbon.
Digitalización:
Nikon Coolscan III (LS 30).
Crédito:
Photoshop CS (v. 8.01)
Queramos o no, DICIEMBRE es ya un mes de tiritones en serio, donde
las nieves son ya frecuentes en nuestras montañas. Tanto que, aparte
de modificar nuestra actividad fotográfica, llega incluso a
condicionar el hábito de la fauna de estos predios cuando los
nevazos son copiosos. Efectivamente, las monteses, tantas veces
estoicas ante las inclemencias meteorológicas, llegan a desplazarse
y hacerse más ramoneadoras si cabe, abandonando en nuestro caso
(foto del mes) y al menos permanentemente las ya por fin nevadas
cumbres nevadenses. Porque, además, no son impasibles ante las
fiebres del celo, habiendo descendido encelados desde mediados de
noviembre tras las hembras, mucho menos cimeras que los machos.
Terminado el tiempo de los amoríos, muchos machos retoman elevadas
cotas en una singular “migración” diaria: por la mañana ascienden,
metiéndose entre la nieve, para por la tarde bajar y pasar la noche
en alturas más benignas. No obstante, es posible verlos, aunque de
manera excepcional, en “los tres miles”, cruzando por ejemplo la
columna vertebral de la Sierra (la que separa la fachada atlántica
de la mediterránea). Pero no están solos. Otros como el zorro, el
acentor alpino o, en menor grado, ciertas rapaces merodean con
relativa frecuencia las máximas elevaciones nevadenses. Y es que a
causa entre otras de las peculiaridades de este gran macizo, algunos
de sus habitantes baten tanto en invierno como sobre todo en verano
record altitudinales de sus respectivas especies en el contexto de
su distribución europea.
Por primera vez en
este calendario, la imagen no se corresponde con la mensualidad en
curso; sin embargo, me ha parecido significativo iniciar este primer
mes invernal con tan preciado nevazo, tal y como la presente imagen
nos sugiere. La potencia de la nieve caída es más propia de
latitudes septentrionales (norte peninsular por ejemplo) que de
nuestros sedientos ambientes de Andalucía oriental, más parcos
comparativa y pluviométricamente hablando (aunque al tratarse de
ecosistemas mediterráneos, que no atlánticos, es este elemento
precisamente uno de los parámetros determinantes de la idiosincrasia
de nuestras tierras).
En primer lugar, me
referiré al encuadre. A lo largo de todos estos meses se han ido
presentado imágenes siempre horizontales y fieles a su registro,
esto es, sin reencuadre ni retoque alguno salvo indicación expresa
(ver colaboración del mes de junio). Por tanto, no he modificado
ajustes como niveles, equilibrio de color o brillo/contraste entre
otros, además de ningún otro tipo de herramientas que falseen el
original mejorándolo (tampón, capas, …). Tan solo los necesarios
para suplir las carencias de un escáner doméstico de sobremesa,
intentando siempre “clonar” digitalmente la imagen original
(diapositiva). Así pues, esta imagen fue realizada posicionando de
manera intencionada al macho en la parte izquierda e inferior de la
imagen, dejando arriba y a la derecha algunos detalles que ayudan a
dar textura a la nieve (piedras semicubiertas de esta). Un encuadre
erróneo hubiese sido, solo según mi criterio, componer la imagen
según alguna de las siguientes posibilidades: con el macho en la
misma posición pero a media altura (eliminado las citadas piedras),
en el mismo centro de la fotografía (clásico encuadre del novato) o
a la derecha (existe ausencia de “estela” o rastro sobre la nieve).
Estas indicaciones vienen a complementar el siguiente comentario:
una variante del encuadre realizado hubiese sido el panorámico,
desechable inicialmente puesto que se utilizó un potente
teleobjetivo, impensable para una cámara de dicho formato. Pero se
trataría de una muy acertada visión de la imagen, máxime si la
fotografía no hubiese tenido las rocas del citado margen superior
derecho. Por un lado habría que pensar que el margen superior “en
blanco” (sin motivos secundarios que distraigan la atención, salvo
las referidas rocas) sería idóneo para usarlo como espacio para
texto (un póster o una doble página de revista por ejemplo). Pero
también se podría obviar, cortando este trozo de la fotografía y
dejando así un extraordinario formato panorámico (el macho a un
lado, trabado por la nieve, y las matas asomando entre la misma, a
la derecha). En este caso, hubiera sido acertado también el encuadre
del macho a media altura y a la izquierda (incluso técnicamente
sería más favorable, pues hay más resolución -líneas por milímetro-
en esta idealizada posición que en la realizada).
En segundo lugar,
hacer referencia a la exposición, complicada inicialmente para el
principiante. De entrada, algo fotográficamente imposible en la
fotografía en color (tanto química como digital): un gato negro
sobre la nieve a las tres de la tarde, a pleno sol. No es este el
caso, pero no siempre los días nublados permitirán el mismo margen
de maniobra, pues a veces habrá que dejar el motivo subexpuesto, si
es que posible por el contexto de la fotografía. Por lo demás, hay
que tener en cuenta que con más de dos diafragmas no se aprecia
textura … siempre y cuando no se desestime esta.
Por lo demás, hay que
agradecer el concurso de una persona en la obtención de la imagen.
Los machos nos descubrieron en nuestro acercamiento, con lo que
tanto ellos como nosotros “tiramos hacia arriba”, aunque de manera
desproporcionada. Efectivamente, a pesar del lento paso que llevaban
cada vez que ascendíamos no fue posible acortar distancias porque,
además de la oculta vegetación, las pequeñas vaguadas del terreno
actuaban de eficaces trampas (dado el excesivo e inusual grosor de
la nieve), que en estos puntuales lugares llegaba hasta la cintura.
Y todo ello con el teleobjetivo y la cámara montados sobre el
plegado trípode. Así pues, tuve que indicarle al acompañante (mi
amigo Pedro García, gracias de nuevo) que, totalmente ligero
de “equipaje”, rodease los machos hasta situarse por encima de los
mismos, empujándolos hacia mi futura nueva ubicación. Para ello
retrocedí, desplazándome esta vez a escondidas de ellos y volviendo,
ya más pausadamente, a tomar posiciones por donde, según planeé,
podrían pasar los machos mientras marcaban a Pedro de nuevo la
distancia (“huyendo”). Y acerté, como bien podría haberme
equivocado, pues la cantidad de nieve presente jugaba en contra de
una maniobra que, con buen tiempo, hubiese sido casi exitosa de
antemano. Finalmente, pasaron ante mi cámara a una distancia
oportuna, no sin cierta desconfianza a pesar del chasquido de la
cámara (no usé el motor) y mi semitapada pero inmóvil presencia.
Toda esta maniobra hubiese sido inútil desde el primer momento si
los machos hubiesen sido de verdad, es decir, monteses no permisivas
a la presencia más o menos habitual de montañeros. Porque, aún
dentro del Parque Nacional de Sierra Nevada, no es lo mismo un macho
de la zona del Trevenque que uno de los Prados de Vacares o de
ciertas localidades de la porción almeriense, que a más de 300
metros ponen velozmente tierra de por medio.