EDICIÓN MENSUAL - AÑO XIX
Nº 218 –  AGOSTO  2017
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Es muy constatable la alteración de los bosques y matorrales mediterráneos. Una tendencia que se agravará en las próximas décadas.

 

© Proyecto Sierra de Baza

Chaparral en el Parque Natural Sierra de Baza (Granada)

 

Según  las conclusiones del XIV Congreso Internacional de Ecosistemas Mediterráneos (MEDECOS), celebrado en el pasado mes de febrero en Sevilla con la asistencia de medio millar de expertos, a las que ha tenido acceso Proyecto Sierra de Baza, el cambio global, que suma al cambio climático impactos como los incendios forestales, la destrucción de hábitats, las invasiones de especies exóticas o la fertilización desmesurada de ecosistemas, amenaza en especial a los ecosistemas mediterráneos, uno de los más escasos y valiosos del planeta.

Con la denominación de “ecosistema mediterráneo”se conoce a un ecosistema que comparten unas series de características en común y están caracterizados por tener inviernos templados y una fuerte sequía estival, también por la biodiversidad vegetal y la presencia de una vegetación esclerófila y xerófila, adaptada al clima seco dominante.

La extensión del ecosistema mediterráneo, no solo comprende la región  mediterránea, de donde toma su nombre, sino que también comprenden, además de la cuenca mediterránea, las costas californiana y chilena, el litoral del Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica, o la zona de Perth, en el sur de Australia.

 

Los efectos del cambio climático se aprecian ya en todos los bosques ibéricos mediterráneos

 

En lo que respecta a la Península Ibérica, se ha podido constatar que el cambio climático ya amenaza los ecosistemas mediterráneos desde Doñana, en el sur, hasta Cataluña, en el norte.

Una extensa revisión de estudios y registros de datos indica que la sequía y el aumento de temperatura ya provocan sustituciones de especies, mayor aridez y riesgo de incendio, y menor fertilidad del suelo y disponibilidad de agua, entre otros efectos negativos.

 

El ecosistema mediterráneo es uno de los más amenazados del planeta por la sequía
 

© Proyecto Sierra de Baza

Encinar mesomediterráneo basófilo del Parque Natural Sierra de Baza

 

Las sequías pueden ser moderadas o extremas, crónicas o agudas, recurrentes o esporádicas, y las respuestas de una misma especie pueden variar dependiendo de estas características de la sequía así como del momento y la rapidez con que se establece. Las predicciones sobre el cambio climático apuntan hacia un aumento de la duración e intensidad de las sequías durante el s. XXI, asociadas con un régimen más irregular de las precipitaciones y con temperaturas más extremas y en general más cálidas.

 

Migraciones altitudinales y latitudinales

 

© Proyecto Sierra de Baza

Paisaje del Calar de Santa Bárbara (a la izquierda de la imagen) captado desde el Calar de Casa Heredía, donde se aprecia que en las zonas acarasoladas está ascendiendo la encina hasta los 2.000 metros de altitud.

 

Históricamente la vegetación arbórea de Europa ha migrado latitudinal y altitudinalmente en los distintos periodos geológicos como respuesta a los cambios climáticos registrados. Las principales especies leñosas europeas migraron en latitud durante las glaciaciones con tasas de entre 50 y 500 metros por año, excepcionalmente más de un kilómetro al año, en los géneros Acer, Alnus, Carpinus y Ulmus.

En el escenario previsto por el cambio climático, en los próximos años se permitiría la expansión de especies termófilas, pero la alteración en la manifestación de las precipitaciones con sequías fisiológicas recurrentes, frenaría este avance, y también comprometería a las especies poco tolerantes a la sequía y afectaría negativamente al límite inferior del bosque (limitado por disponibilidad hídrica). La vegetación leñosa podría extenderse hacia las zonas más altas en las montañas, pero las comunidades que ya se encuentran en estas zonas altas se extinguirían, al no poder ascender más.

 

Trabajos del CREAF en Cataluña que pueden extrapolarse a otras regiones

 

© Proyecto Sierra de Baza

Encinar mesomediterráneo silicícola del Parque Natural Sierra de Baza

 

En Cataluña, un equipo del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), liderado por Josep Peñuelas, ha hecho pública una investigación que recopila estudios, experimentos y datos obtenidos en el campo durante un largo periodo de tiempo en tres ecosistemas mediterráneos terrestres catalanes. Estos trabajos han concluido que el cambio climático ya está alterando bosques y matorrales mediterráneos, y que la tendencia se agravará en las próximas décadas.

La sustitución de unas especies por otras más resistentes, o incluso de bosques mediterráneos por matorrales, serán las consecuencias más visibles del cambio climático. Conocer mejor la capacidad de las plantas para aclimatarse y adaptarse a las nuevas condiciones, y una gestión forestal efectiva, deben ser prioritarias para minimizar sus efectos. El cambio climático conlleva ya a estas alturas un aumento de la frecuencia, la intensidad y la duración de las sequías y también un incremento de la temperatura —en Cataluña ha aumentado 1,6 ºC desde 1950—, y esto hará que la zona del Mediterráneo sea cada vez más árida.

"Los resultados obtenidos en Cataluña se pueden extrapolar a otras zonas, porque son ecosistemas típicos de la cuenca mediterránea", explica Josep Peñuelas, investigador del CSIC en el CREAF. Los matorrales, más resistentes, pueden sustituir a los encinares mediterráneos La investigación revela que hay especies menos resistentes al aumento de temperatura y de sequía que otros, y "esto nos hace pensar que en un escenario futuro más árido la composición y distribución de las especies cambiará el Mediterráneo", comenta Peñuelas. Y añade que "es posible que bosques actuales de encinas pasen a ser matorrales en un futuro, más resistentes a estas condiciones". Algo parecido a lo que ocurre en otras zonas de la Península, donde la falta de gestión de los bosques y el cambio climático están acelerando la sustitución de pinos por encinas.

Los resultados también han comprobado que la sequía y el incremento de temperatura provocan que especies bastante resistentes como la encina y el madroño crezcan menos, e incluso presenten picos de mortalidad ante sequías graves.

 

Los suelos también se van a ver alterados y afectados

 

© Proyecto Sierra de Baza

La pérdida de suelos, formados a lo largo de los millones de años, es de consecuencias desastrosas e irreversibles.

 

El suelo también es uno de los componentes que más sufrirá los efectos del cambio climático, ya que el ciclo de los nutrientes queda muy alterado. El agua y nutrientes como el fósforo, el nitrógeno, o el potasio estarán menos disponibles en el suelo. "Una ligera reducción en la disponibilidad de agua puede suponer una gran dificultad para los bosques de retener y acumular los nutrientes, que se escapan arrastrados por las fuertes lluvias", explica Jordi Sardans, otro de los autores e investigador del CREAF. También se reducirá la capacidad del suelo y de las especies vegetales para retener el carbono, el cual probablemente retorne a la atmósfera incrementando los niveles de CO2.

 

Un rayo de esperanza

 

© Proyecto Sierra de Baza

Encinar del Carrascalillo en el Parque Natural Sierra de Baza

 

Sin embargo, no todos los resultados de la investigación son tan negativos. En estos estudios se ha visto que, en general, las especies mediterráneas han mostrado una capacidad rápida de aclimatación y de adaptación a los cambios ambientales naturales o inducidos por los experimentos. Las comunidades de plantas han sufrido cambios en sus genes y en la forma que estos se expresan, lo que habría ayudado a que la sequía y el aumento de temperatura les afecten con menor severidad. Esto sumado a una adecuación y mejora de la gestión forestal en las próximas décadas proporciona una brizna de esperanza para la mitigación de los efectos del cambio climático.