EDICIÓN MENSUAL - AÑO XIX
Nº 221 –  NOVIEMBRE  2017
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EL MOLINO ENCANTADO. Por Javier Magdaleno

 

© José Ángel Rodríguez

Ruedas de un antiguo molino en la Sierra de Baza

Una curiosa vivencia en un antiguo molino de la Sierra de Baza, es narrada por el autor, que como relata le dejó grabados inolvidables recuerdos, que ahora rememora para nuestra revista digital.  

 

             Debajo del Pinarillo, a unos 20 minutos entre peñas y riscos, siguiendo a veces sendas perdidas y, otras, campo a través, llegamos a la Solana, lugar escondido en el corazón de la Sierra. Entre los restos de las viviendas de la zona destaca las de un molino de agua, junto al río Bodurria, que fácilmente se distingue por las enormes piedras que el agua movía y por el olor a harina que se percibe en la entrada. Por extraño que ahora pueda parecer, en él pasé unos meses de mi infancia, cuando mis padres trabajaban en ICONA  plantando pinos, y había que subir desde Baza a la Sierra en incómodos camiones todos los días. Para evitar las fatigas de los viajes decidieron pasar la temporada en el molino de mi abuelo, ya fallecido, dejándome a mis tres años a cargo de mi abuela. De este corto periodo de mi vida me quedaron grabados vivos recuerdos, como el olor a harina que se respiraba nada más entrar en el molino, el rumor del río por las mañanas, junto con el canto de los pájaros, la luz de la luna  o los sustos que me daba el gato cuando por las noches se subía a mi cama o los sonidos del eco del hacha de mi padre cuando cortaba troncos de madera para la chimenea, o ver a mi madre lavar la ropa en el río mientras yo jugaba con el agua a su lado o buscaba setas entre los troncos de los chopos.

Lo que allí pasó ese verano no lo sé, puesto que a esa edad parte de los recuerdos deben permanecer escondidos en mi cabeza. Lo que ahora voy a contar es recogido de lo que mis padres me contaron

Todos los días, como de costumbre, mis padres salían temprano a trabajar, dejándome a cargo de mi abuela y regresaban a las 6 de la tarde. Yo, como cualquier niño de mi edad, pasaba el día jugando en el campo, bien con los juguetes que me había traído conmigo, bien intentando cazar mariposas o con cualquier otra cosa o ser vivo que me llamara la atención. Mientras, mi abuela se ocupaba de las faenas propias de la casa, puesto que el molino aparte de ingenio para moler trigo era una casa con una amplia cocina en la planta baja, y en la primera planta los dormitorios a los que se accedía por medio de unas rústicas escaleras. 

Un día, cuando mis padres regresaron por la tarde se encontraron a mi abuela con la maleta hecha y con cara extraña. Al ver tan extraña situación mi madre preguntó:

            -           ¿Dónde va usted?- A lo que mi abuela respondió.

            -           Me voy porque no puedo estar más tiempo aquí.

            -           ¿Por qué no puede estar aquí?

            -           Por que el niño, tiene mucho miedo y continuamente dice que oye pasos, sobretodo cuando estamos en la escalera… y ya me ha metido el miedo a mi también y no quiero quedarme todo el día sola . 

            Todo se arregló, mis padres calmaron a mi abuela y estuvimos unos días hasta acabar la temporada

            Años más tarde,  mi padre nos contó lo que a su madre una noche le sucedió en aquel molino. Estando ella, recién casada, con su madre y encontrándose mi abuelo en Granada por temas de papeleos, aprovecharon el día para blanquear la vivienda y habiendo descolgado todas las ollas, sartenes de la pared y dejado los platos y vasijas encima de la mesa, se dispusieron por la noche a descansar de tan ajetreado día. Cuando llevaban un rato dormidas y en el silencio de la noche sólo interrumpido por el mecanismo del molino y el rumor del agua, oyeron un ruido estrepitoso como si alguien tirase toda la vajilla y cubertería, abajo en la cocina, y se oían pasos por las escaleras y se acercaban, se acercaban hasta la habitación y volvían a alejarse hasta abajo y otra vez se acercaban como si fuesen a entrar en su cuarto y otra vez se alejaba, cada vez más rápido. Las dos mujeres se sentaron en la cama, puesto que dormían en la misma habitación, con la débil luz de un candil, se abrazaron rezando toda la noche, hasta que al amanecer cesaron los pasos y los ruidos en la cocina. Se levantaron y bajando las escaleras aún temerosas, despacio llegaron hasta la cocina, comprobando que todo estaba intacto y en su sitio.

No fue el único sobresalto que se llevaron puesto que mi abuelo contó a mi padre, que una noche estando él y mi abuela sentados al calor de la chimenea vieron aparecer detrás de ellos una sombra. Durante un instante permanecieron inmóviles sin moverse casi sin respirar hasta mi abuelo le dijo a mi abuela:

- Vayámonos a dormir porque es mi tía Julia.

 Mi tía abuela Julia murió de parto unos años antes, en ese mismo lugar y no sólo eso, sino que por las noches el molino se quedaba funcionando, oyéndose el mecanismo en el silencio de la noche con el fluir del agua, haciendo el trabajo propio de moler, lo extraño es que a pequeños intervalos, sin que nadie supiera por qué, dejaba de oírse, y esto no era posible sino se desviaba el cauce del agua.