EDICIÓN MENSUAL - AÑO XIX
Nº 221 –  NOVIEMBRE  2017
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IN MEMORIAN DE ANTONIO VALDIVIESO

Por José Valdivieso Sánchez

 

  

 

El pasado mes de marzo fallecía Antonio Valdivieso Ramón, persona muy vinculada no solo con  la ciudad de Baza, sino particularmente con la Sierra de Baza, a la que dedicó muchos de sus estudios y trabajos, como es el que se recoge dentro de la publicación Guía para conocer y visitar el Parque Natural Sierra de Baza en el apartado de GASTRONOMÍA. Sirva la sección de éste mes como pequeño homenaje a Antonio Valdivieso, y al mismo tiempo a  todas aquellas personas que ya no están entre nosotros, pero que formaron parte de nuestra gran familia serrana.

 

Antonio Valdivieso Ramón, ha estado muy unido, en su dilatada vida, a la ciudad de Baza, en la que desempeñó el cargo de Cronista Oficial de la Ciudad de Baza a lo largo de varios años, como también fue el primer Director del Colegio “Ciudad de Baza” (Tamasca), habiendo quedado su impronta y firma en numerosas publicaciones como los trabajos publicados en el Boletín de Noticias de Baza bajo el título de “Bastitanias”, en las que relataba de una forma amena y con un estilo que nos recordaba el de los escritores costumbristas del S. XVIII, vivencias de nuestra geografía bastetana, que él había conocido y compartido en primera persona.

 

Antonio Valdivieso también fue presidente de la Asociación Cultural de Baza y Comarca, y gracias a sus gestiones, y las del animoso grupo de personas que le acompañaron, vieron la luz numerosas publicaciones como la reedición de la publicación Baza Histórica de Luis Magaña, o las Notas de Geografía Urbana de Baza y Comarca (1973), de las que era autor Gabriel Cano García.

 

Corresponsal de IDEAL durante varios años, firmaba con el nombre de ANVARA (las dos primeras palabras de su nombre patronímico y apellidos), siendo un informador independiente y riguroso, amante de la noticia veraz, perjudicara a quien perjudicara, lo que le creó la animadversión de políticos pusilánime de su época, faltos de espíritu crítico y con mentalidad prepotente e intolerante.

 

Con la Asociación Proyecto Sierra de Baza, también colaboró en numerosas ocasiones, habiendo sido socio fundador de la misma y en la publicación Guía para conocer y visitar el Parque Natural Sierra de Baza se ocupó del apartado de GASTRONOMÍA. 

 

Con los deseos de ir dando a conocer su prolijo y ameno trabajo, vamos a ir publicando en los próximos meses, algunas de sus aportaciones relacionadas con estas historias serranas o relacionadas con la gente de nuestra Sierra de Baza. Para ello y como primera aportación, vamos a publicar sus disertaciones sobre algo tan popular en cualquier concentración de personas, antes y ahora, en los mercados serranos y en los de nuestras ciudades y pueblos, como son los mal llamados “churros “, ya que como nuestro apreciado Antonio solía llamarlos, su nombre correcto era (es) el de “Tejeringos”, si se hacían bien, porque si estaban mal hecho si que eran unos “churros”.

 

Con una tradición heredada de generación, de la que se mostraba como digno partícipe, y que ha tenido su último eslabón en el padre de quien escribe esto: José Valdivieso Ramón, hermano de Antonio, contaba su visión de los tejeringos del siguiente modo: 

 

“El lenguaje se cambia con el uso cotidiano y así hemos llegado a familiarizarnos con el vocablo churro o el plural, churros para identificar un producto cuya denominación, al menos en el origen, no se corresponde con la realidad.

 

La palabra churro aplicada con la técnica de amasar, sazonar y freír la masa elaborada a partir de la harina de trigo, uso introducido en España por los musulmanes, consolidada por los moriscos y aceptada por los cristianos dando lugar  a la floreciente industria de la masa frita. No es adecuado llamar churro al resultado obtenido pues lo que sale es un churro, palabra despectiva que se aplica a algo que sale mal, decimos que esto es un “ churro “, o te ha salido un “ churro”, cuando lo que hacemos está mal hecho.

Un experto en este quehacer dibuja con la cumbrera o churrera sobre la superficie caliente y transparente de un buen aceite de oliva, sobre una sartén de base amplia, con el fondo cubierto de estaño y con su pericia traza, digo una perfecta espiral con su abultado pegote de masa que cuida en pinchar lo suficiente para que salga bien frita y termina éste a modo de fleje de la cuerda de un reloj antiguo, finalizándolo en punta lo sufienciéntemente fina, cuidando de que todo el conjunto, excelentemente manipulado, elevado, sumergido y dando la vuelta con ayuda de unos palillos de madera o de alambre hasta obtener ese sabroso y artístico producto  no exento de belleza y que jamás puede ser un churro sino una rueda espiral de tejeringos.

 

Se solía montar una caseta con lonas y palos sujetándolas, un mostrador y tras éste una “ cafetera”  con su interior repleto de exquisito malta a base de cebada tostada bien azucarada y al que algunos regaban con unas gotas del no menos “ matarratas”, aguardiente de las destilerías locales.