EDICIÓN MENSUAL - AÑO XIX
Nº 221 –  NOVIEMBRE  2017
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lOS BARBEROS AMBULANTES DE la sierra de baza

Por José Ángel Rodríguez Sánchez

 

Barbero sacando una muela. Óleo sobre tabla de Guerrit Dou (S. XVII)

 

En el relato se comenta esta actividad y se describe este curioso oficio de los barberos que también hacían de sacamuelas y curanderos, incluyendo datos y anécdotas de nuestra Sierra.

 

 Curioso oficio que formaba parte de la vida cotidiana de las aldeas y cortijos de la Sierra de Baza eran los barberos ambulantes de la Sierra de Baza. Marchaban de aldea en aldea, de cortijo en cortijo, buscando siempre estar presentes en los mercados bisemanales de El Moro (los días 1 y 15 de cada mes) y Los Mellizos (los días 2 y 16 de cada mes), que era donde hacían más negocio.

 

Caminaban acompañados de un burro donde cargaban su modesto ajuar, y sobre todo una bacia, una silla en la que se sentara el cliente y un hornillo que le servia tanto para calentar el puchero con el que calentarse una comida, como para calentar el agua del escalfador, en la que mojaban la brocha hecha con auténtico pelo de tejón, para untar la cara del cliente y enjabonársela para su rasurado, el que provocaba en el serrano más de un corte y lamento, que siempre se cerraba con la voz del barbero: “no seas quejita y no te muevas tanto que te voy a cortar de verdad”. Ante lo que el serrano, temiendo que las desgracias que sufriera fueran aun mayores, hincaba los dientes y aguantaba sin rechistar lo que le venía. Al terminar su cara estaba llena de trozos de papel de liar el tabaco con el que el barbero le iba tapando los cortes que le ocasionaba, para favorecer la coagulación de la sangre. La faena se terminaba con dos suaves bofetadas, una en cada mejilla, que se daba con una y otra mano, tras lo que se decía por el barbero: “salud y a mandar”.

 

Estos barberos lo mismo afeitaban que pelaban, pero eran especialmente esperados en las aldeas y cortijos, por sus labores de sacamuelas. Y es que cuando una muela se picaba y los dolores se hacían insoportables, la presencia del barbero era imprescindible. Este maestro de los dientes, sin más ayudas que unas tenazas con forma parecidas a la de unos alicantes que pasaban de generación a generación, como testigo del oficio, y de un trago de aguardiente ratero que pedía con voz enérgica le dieran en la casa donde estaba al paciente, se disponía a sacar la muela desvariada para que dejara de molestar al infortunado.

 

Pero estos barberos no solo hacían de dentistas, también se acercaban al mundo de la medicina. Fuera cual fuera la dolencia o mal que presentara su parroquiano, siempre empleaban los mismos remedios: sangrías, que efectuaban inflingiendo un certero corte tras marcar la señal de la cruz en la vena elegida y ventosas, que normalmente aplicaba en pecho y espaldas, con las que se pretendía mediante la succión provocada, activar la circulación sanguínea, quitar dolores o mejorar los tendones. Aun cuando la joya de la corona eran las sanguijuelas, que portaban en un tarro de cristal y que colocaban normalmente en el cuello del enfermo para que se engrosara con su sangre y “se bebiera sus males”.

 

Todos estos remedios normalmente servían de bien poco, pero siempre quedaba el consuelo de que “la muerte llega cuando tiene que llegar”, como solían decir cuando en una siguiente visita le comunicaban que su último paciente había muerto, aceptándose con resignación esta muerte por los familiares del enfermo.

 

Estos barberos normalmente cobraban una iguala anual por cortijo o familia, que se le solía entregar en especie al final del verano cuando se había recogido la cosecha, aun cuando los servicios que prestaban en los mercados serranos solían cobrarlos en estos mismos lugares.

 

Uno de los últimos barberos de la Sierra de Baza fue “el Tío de lagarto”, llamado así por llevar en su compañía un lagarto de color verde con el que decía podía curar la tiña y la sarna si lo pasaba por el lugar afectado de la persona enferma, lo que dudamos tuviera algún éxito en su remedio.