EDICIÓN MENSUAL - AÑO XIX
Nº 221 –  NOVIEMBRE  2017
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Los lobos de Narváez

Por José Valdivieso Sánchez. Septiembre-2005

 

 

© Antonio Vázquez

Imagen de un lobo defendiendo su presa.

 

Se relata una historia contada por una alumna del Centro de Adultos de Baza, en la que refiere como un antepasado suyo sufrió un encuentro con lobos en la Sierra de Baza a principios el S. XX, cuando este carnívoro aún estaba presente en nuestra geografía.

 

Esta historia que voy a contar, le pasó a mi abuela en el año 1910, y ella  me la contaba a mi.  Mis abuelos vivían en Narváez y tenían tres hijas pequeñas (mi madre y dos tías más). Mi abuelo era el guarda del coto y no podía bajar al pueblo, por eso era mi abuela la que bajaba a comprar harina para amasar el pan, y compró un poco pan mientras hacía el otro. Se le hizo tarde. Aunque siempre se subía con algún vecino, aquel día se tuvo que subir sola, pues no vio a ninguno.

 

Al pasar el cortijo de Santaolalla, ya casi entre dos luces, tenía que entrar a la Rambla de los Pinos Bordes,  que  tiene  unos  tres kilómetros. Cuando había andado un buen pedazo, sintió que algo venía detrás. Ella creyó que algún cortijero subía del mercado con los borregos y le dio a la burra para que no la alcanzaran, pero se daba cuenta de que cuanto más aligeraba ella, más deprisa iban esos animales,  hasta que se acercaron a ella y, muy asustada, vio que eran cinco lobos.

 

Según me contaba mi abuela, parecía una familia de lobos porque decía que eran dos grandes y tres más pequeños. Fueron detrás de ella un buen rato y, cuando tuvo que tomar la Cuesta del Reloj, hay una trocha que se acorta camino, por la que sólo se puede ir andando y por eso se fueron los cinco lobos, y mi abuela, al no oírlos, creyó que se habían ido. Siguió caminando, pero al llegar a lo alto de la cuesta, en donde se junta la trocha por donde se habían ido los cinco lobos, estaban esperando sentados a mi abuela. Se pusieron delante de la burra para no dejarla andar y gruñendo. El más grande de los cinco echó sus fuertes patas sobre la burra, por cada lado del cuello. Mi abuela muy asustada no paraba de pensar en sus hijas y decía: “Ya no las veo más. Estos lobos me comen a mi y a la burra”.

 

Entonces se acordó que tenía el pan que había comprado, comenzó a echarles y los lobos la dejaron que empezara a andar, pero ella pensaba: “Cuando se me acabe el pan, me comen a mi”. Ella siguió su camino muy asustada. El pan cada vez quedaba menos y de camino le quedaba como media hora hasta llegar al Llano de la Cueva y otro buen rato hasta la casa. Como pudo fue repartiendo el pan. Ella se echó la mano a la cabeza y dijo:

 ­ ¡Ya si me comen!, porque el pan que le quedaba no les llegaba a los lobos ni al último diente.

 

Al llegar a la carrera de la casa, los lobos desaparecieron. Mi abuela creyó que se habían marchado, cuando olieron a los perros que tenían en la casa. Nunca se le olvidó ese día, pero tampoco volvió a subir sola.