EDICIÓN MENSUAL - AÑO XIX
Nº 221 –  NOVIEMBRE  2017
SI DESEA SUSCRIBIRSE HAGA CLICK AQUÍ

LOS LOBOS JAMÁS SE COMEN LA PIERNA DERECHA DE SUS VÍCTIMAS HUMANAS

Por José Sánchez García. Marzo-2005

 

 

© Antonio Vázquez

Lobo ibérico.  

 

Los lobos han sido protagonistas de muchas historias de la España rural y a ellos se han cargados muchas muertes de animales e incluso personas, lo que ha creado una especial animadversión contra la especie por parte del hombre, que le ha hecho objeto de una incansable persecución a lo largo del tiempo. En este relato se reconstruye un suceso real vivido en la Sierra de Baza y en el que se consideraba que una mujer que desapareció en la zona de Las Balsillas, había muerto comida por los lobos.

 

Hace ya bastantes años, cuando describíamos la zona de Las Balsillas, Pocopán, La Tejera ..., contábamos la historia, recogida de la tradición oral, de una mujer que fue devorada por los lobos en los parajes comprendidos entre el Alto del Enebro y el Cerro Bascuñana, en la zona de Las Balsillas.

Habíamos recopilado por aquel entonces los testimonios de numerosas personas oriundas y conocedoras de esta zona de la Sierra a las cuales, apenas les sacabas el tema de lobos te contaban con idénticos detalles la desgraciada tragedia de la pobre mujer que en una noche, allá por el tiempo de las matanzas, fue víctima del temido enemigo.

La última versión la recogimos este pasado verano en el merendero de Los Olmos y de boca de uno de los últimos labradores estables que han quedado en nuestra Sierra.

Cuando plácidamente estábamos en familia en una de las mesas, se presentó por casualidad el viejo amigo y vecino Inocencio Lozano. Y aclaro lo de viejo en cuanto a los años que hace que nos conocemos, no a los sesenta y seis que tiene recién cumplidos.

Tomó asiento entre nosotros y con la sola intención de entretener a mis nietos, José y María, que rondan los cinco años, le pedí a Inocencio que nos contara alguna historia de lobos que él recordara haber oído en su infancia. Y lo hice a sabiendas de que nos iba a contar la de la mujer de Las Balsillas.

Empezar a hablar el Inocencio y refugiarse cada uno de mis nietos retoños en el regazo de sus padres fue cosas de un abrir y cerrar de ojos.

El abuelo Rafael Lozano Vaquero, vecino y hacendado de estos pagos, contó al chiquillo Inocencio, hace ya más de sesenta años, que él había oído contar una historia de una matanza que se celebra en Las Balsillas. La matanza además de constituir una faena más entre los quehaceres serranos, era también una fiesta que congregaba a vecinos, familiares y amigos que lo mismo ayudaban al trabajo como luego se divertían como pocas y contadas veces lo hacían en el año.

Ya a a altas horas de la noche las mujeres dieron por concluidas las faenas del día: lavado de tripas y mondongos, calderadas de morcillas, chorizos, limpiezas de cacharros... y los hombres se dedicaban a pasar la velada en una acalorada partida de brisca.

Alguna de entre ellas pidió al marido de retirarse a su cortijo situado a un par de kilómetros de la fiesta-matanza conocido como la Cruz de la Cocentaina.

La Cruz de la Cocentaina se cita en el Catastro de Ensenada, en el S. XVIII, como una vivienda situada entre Las Balsillas y la hacienda de Las Mimbreras. Aún hoy podemos ver los restos del hogar y del imprescindible horno de pan cocer. Permanece ya borroso lo que queda de los cimientos en un  barranco de tierra launa que desciende hacia el Colorado. Cubierto todo hoy por la uniforme repoblación debería -nos imaginamos- en las fechas de nuestra historia conservar bosquetes de pinos y añejos encinares que unidos a lo quebrado de los riscales que en el trayecto conocemos como Las Zorreras de Las Balsillas, deberían ofrecer un refugio ideal al último depredador de ganador.

Y volviendo a nuestra historia, continúa el amigo Inocencio refiriendo que el marido respondió que echara ella delante, mientras se terminaba la partida de cartas.

Marchó la pobre hacia su casa y al cabo siguió sus paso el compañero, pero cual sería su sorpresa cuando al llegar al domicilio comprobó que no había llegado la mujer. Volvió sobre sus pasos como alma que lleva el diablo, temiéndose alguna desgracia. Dio la voz de alarma entre los vecinos (Las Balsillas nunca tuvieron más de ocho o diez familias). Salieron con hachos y antorchas y no encontraron el más mínimo vestigio de la infortunada.

Con el alba del nuevo día, contaba el abuelo Rafael, alguien se encontró la pierna derecha de la inocente y esto confirmó que había sido víctima de una jauría de lobos. Y terminaba nuestro narrador remarcando y aseverando firmemente que, según le contaba su abuelo, los lobos jamás se comen la pierna derecha de sus víctimas humanas.

Algo inaudito que jamás habíamos oído en versiones anteriores de tan sangrienta historia. Historia que damos por cierta aun cuando haya sido adornada por algún elemento de fantasía popular,. modelados por el tiempo.

El abuelo Rafael Lozano Vaquero, original narrador de esta historia, que reproduce ahora Inocencio Lozano, nació en los Olmos en el año 1871, en el seno de una numerosa familia de labriegos y pastores. Por tanto bien podríamos situar el hecho a mediados del S. XIX, ya que los libros de Las Balsillas empiezan en el año 1868 y no contienen referencia alguna a este suceso.

Lo que sí logró el tío Rafael, por boca de Inocencio, fue que mis nietos estuvieran durante algunos días palpándose la pierna derecha de una manera especial, como elemento libre de sufrir daño alguno.