EDICIÓN MENSUAL - AÑO XIX
Nº 221 –  NOVIEMBRE  2017
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LA MUERTE DE LOS RODEOS

Por José Padilla Valdivieso. Octubre-2004

 

 

© Proyecto Sierra de Baza

Zona de Los Rodeos. Lugar donde se desarrolló la cacería a que alude el relato

 

La historia que vamos a contarles tuvo lugar en una aldea de la Sierra de Baza llamada Los Rodeosa la que se accede por un carril que desciende del lado derecho del camino que conduce al Moro y Benacebada. En el camino que desciende hasta la aldea, a su izquierda, unos centenares de metros antes de llegar a lo que fue este populoso núcleo de población de la Sierra de Baza, se localizaba un cortijo, hoy todo ruinas, en el que tuvieron lugar los sucesos que vamos a relatar. Los hechos que se cuentan rigurosamente ciertos, los nombres de mi historia unos son reales, otros son ficticios y no quisiera que ningún descendiente de los involucrados en este relato se sintieran ofendidos.

 

Era el año 1927, dos primos que acababan de licenciarse al terminar el servicio militar se encontraban celebrando con sus respectivas familias y amigos su regreso a casa. José Padilla Navarro y su primo Juan habían organizado una cacería por la sierra. Todo era júbilo, todo era alegría...  y serían las dos de la tarde cuando regresaron con las piezas de caza, que las mujeres prestas comenzaron a limpiar y cocinar, para consumirla en aquel momento como parte de la celebración que estaba teniendo lugar.

 

Los mayores jugaban a las cartas y los más jóvenes unos comentaban su experiencia fuera del hogar, sobretodo de la mili y otros, los que aún no la habían hecho, interrogaban con curiosidad a los mayores en torno a la misma.

 

Aun no habían servido la mesa cuando sonó un disparo en una de las dependencias de la casa. Hubo un momento de confusión y se encontró tendido en el suelo a Juan. Tenía un disparo en el  pecho provocado por una pistola de fuego central de calibre 45. El arma estaba en el suelo junto al cuerpo del herido.

 

Tras el lógico desconcierto rápidamente se ensillaron dos caballos y dos jóvenes salieron a galope para buscar a un médico y avisar a la guardia civil. Mientras tanto los asistentes a la fiesta intentaban saber qué es lo que había ocurrido y sobretodo quién había disparo el arma. Nadie parecía haber visto nada y el herido -que permanecía inconsciente- tampoco podía ayudar a aclarar lo sucedido. La confusión comenzó a aumentar y dentro del revuelto un comentario por uno de los asistentes:

 

—    Eso han sido los primos probando el arma.

—    Tiene que haber sido José. -Añadió otro-

—    Sí, no veis lo preocupado que está.       

 

El rumor comenzó a pasar de boca en boca y todos miraban a José, sin que este sospechara nada.

 

Alguien preguntó a José:

 

—    ¿Cómo ha ocurrido?

—    Yo no se nada.

—    ¿Cómo que no si tú le estabas enseñando el arma?

—    Yo no le he disparado -se defendía indignado José-.

—    Eso se lo va a explicar a la guardia civil -le dijo otro de los presentes-.      

 

Los nervios comenzaron a apoderarse de todos y por más que José se declaraba inocente, con más fuerza e insistencia era acusado por la concurrencia.  

 

Colocaron a  Juan en un camastro, unos decían que estaba muerto, otros que aun tenía vida y se desesperaban por no presentarse el médico. Cuando llegó la guardia civil con el médico éste comenzó a examinar al herido. El galeno no hablaba pero sí movía la cabeza, temiendo lo peor por su vida. En estos momentos el herido abrió los ojos y tras la exclamación de los presentes de que el herido estaba aún vivo, con insistencia le preguntaban sobre cómo había sido:  

 

—    Ha sido Casilda -contestó el herido-.

—    Buscarla -ordenó la guardia civil-

 

Casilda era una adolescente de 16 años que sin duda asustada por todo lo ocurrido había preferido callar y al no poder soportar más la situación se había ido del cortijo.

 

Por fin Casilda se presentó y Juan moribundo le ordenó:  

 

—    Casilda acércate... -y con voz entrecortada le dijo-. Prima te perdono porque ha sido sin querer. Ya has visto que con las armas no se puede jugar. Pero me has matado prima.

 

Después pidió agua y tras recorrer con la mirada a todos los asistentes, sobretodo a Casilda, aquel hombre joven y fuerte, a la vista de todos dejó de existir.

 

Se amortajó el cadáver y sobre el lomo de uno de los mulos más fuerte de Los Rodeos se trasladó al difunto a la aldea de El Moro, donde estaba la iglesia y el cementerio.

 

José, que había estado muy unido a su primo al que quería mucho, durante todo el camino fue cogido a un extremo del féretro, ayudando en su conducción y llorando en todo el recorrido.

 

Al llegar al Moro se montó el velatorio y la madre del difunto, la Tía Paula , que era viuda y no tenía más hijos que a Juan, llevando muchos años ciega, se sentó al lado del ataúd. Su dolor era de una magnitud impresionante. Con sus manos palpaba y recorría lentamente el rostro de su hijo, mientras entre llantos exclamaba:  

 

—    ¡Quiero verte hijo mío! ¡Dios mío quiero ver a mi hijo! ¡Que desgracia más grande!.     

 

De forma inexplicable para los presentes, quizá por las lágrimas que inundaban sus ojos o el dolor que sentía, de pronto la Tía Paula comenzó a gritar:

 

—    ¡Te veo hijo mío! ¡Te veo! ¡Que pálido estas! ¡Quiero irme contigo!...

 

Los asistentes decían:

 

—    Ha sido un milagro. ¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro del Señor!

 

Por toda la Sierra de Baza corrió la noticia de la muerte de aquel joven y la posterior curación  milagrosa de su madre, que se interpretó fue obra de su hijo.

 

Todos estos hechos me fueron relatados por mi padre, que era precisamente José Padilla Navarro. De niño yo tenía curiosidad por subir a la Sierra de Baza, y más sabiendo que mi familia era de origen serrano, pero mi padre nunca quería llevarme, por que simplemente me decía que le traía muy malos recuerdos, pero no me contaba nada más. Un día en que el insistí y forcé la situación me contó esta historia, en la que fue acusado de una muerte que él no cometió y comprendí los motivos por los que no quería volver a este lugar. Solo cuando yo ya era adulto, ahora tengo 67 años, conseguí que mi padre regresara a Los Rodeos y con él estuve en los Picones del Acho, donde me contó una historia que a él le sucedió en compañía de su primo Serafín. Pero esto lo dejaremos para otra ocasión.