EDICIÓN MENSUAL - AÑO XIX
Nº 221 –  NOVIEMBRE  2017
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Texto: © Proyecto Sierra de Baza

Imágenes: © Antonio Vázquez Argüelles y © José Ángel Rodríguez Sánchez

 

El paisaje completamente blanco nos parece sin vida, aunque nos cautiva y atrae poderosamente por el mágico mimetismo que siempre ha existido entre el hombre y la montaña. Aunque  el único sonido que escuchamos es el de nuestros pasos sobre la nieve, pronto percibimos que estamos rodeados de vida silvestre, lo que nos anima a profundizar en su conocimiento, efectuando un recorrido invernal por las montañas ibéricas, prestando especial atención a la fauna que aquí vive en unas condiciones tan extremas que ningún hombre sería capaz de aguantar un solo día.

 

© José Ángel Rodríguez

      Arroyo Bodurria. Sierra de Baza (Granada). Febrero-2005. 

 

 EL LENGUAJE DE LAS HUELLAS

 

Descubrir la vida que se esconde en las montañas ibéricas en la época invernal, es el objetivo de este reportaje. Coincidiendo con los rigores invernales nos hemos acercado a nuestras montañas para palpar la tranquilidad y silencio del paisaje nevado, el que en estas fechas nos parece muerto, carente de la vida y sin el bullicio que se vivía en el pasado otoño. Un manto blanco invade el paisaje y el humo que sale de la chimenea de una vivienda rural que se emplaza a lo lejos, en la parte más baja y resguardada del valle, junto a unos álamos que se nos presentan desnudos, parece que es el único signo de vida de este majestuoso paisaje blanco. Pero pronto deparamos en que sobre la nieve hay multitud de huellas de animales que con sus biosignos nos indican que ellos, la fauna silvestre, está aquí, que aun cuando no la sentimos ni vemos, los animales se ven delatados por el código genético de sus rastros y huellas, que han quedado marcadas en este manto blanco. Sus autores comprobamos que tienen nombres conocidos.

  

 

Huella del gato montésen la nieve

 

Huella del zorro en la nieve

Huella de jabalí en la nieve

Huellas de tejón en la nieve

Huellas de conejo en la nieve

Huellas de liebre en la nieve

© José Ángel Rodríguez

 

Nos animamos a seguir profundizando en la observación de las huellas que ha dejado la fauna sobre la nieve e intentamos interpretarlas. Es todo un lenguaje, que no es difícil de aprender, solo es necesario un poco de atención y un aprendizaje básico. Y la verdad es que cuando hemos conseguido entrar en el lenguaje de las huellas, nos maravillamos y vamos descubriendo a las diferentes especies que hay tras ellas. Captamos detalles de su conducta como el tipo de marcha o paso que llevaba el zorro que la noche anterior ha caminado por una pista forestal. Hacemos de auténticos rastreadores y comprobamos que el raposo caminaba al paso, como si estuviera controlando y percibiendo cuanto ocurría  a su alrededor atento a buscar la cena de esa noche y en un momento de su marcha emprende una veloz carrera, bien asustado por el perro de un pastor o a la caza de una presa.

 

© José Ángel Rodríguez

 Huellas de un zorro al paso.

 

© José Ángel Rodríguez

 Huellas de un zorro al trote.

 

© José Ángel Rodríguez

 Huellas de un zorro en carrera rápida.

 

Con un poco de práctica podemos leer las huellas de los animales sobre la nieve. Saber si la especie caminaba, iba al trote  o corría de una forma  rápida, por citar algunos ejemplos.

El manto blanco es un medio idóneo para detecta la presencia de la fauna y vamos a intentar aprovecharlo con fines estrictamente naturalistas. Comprobamos que bajo unos chaparros se han protegido unas perdices o la senda que ha dejado marcada un estornino en busca de alimento en la nieve. Con los conocimiento que vamos adquiriendo con la observación de estos rastros en la nieve comprendemos el por qué en los días de nieve, se encuentra prohibida la caza, y es que se considera que en esta situación las especies cinegéticas se encuentran desprotegidas ante el cazador al poder éste detectar con facilidad su presencia y saber dónde pueden estar escondidas, y está claro que en situaciones como éstas siempre hay desaprensivos escopeteros que lanzan el perro para sacar el conejo o la perdiz del lugar a donde han comprobado se dirigen sus huellas ¡esto es mucha ventaja!.

 

© José Ángel Rodríguez

Huellas del estornino pinto en la nieve.

 

Junto a las huellas de las patas se aprecia la marca de la cola del ave. Se diferencian estas huellas de otras especies de similar tamaño como el mirlo, en que mientras que el mirlo camina a saltitos sobre la nieve, el estornino camina correteando.

Nos animamos a leer las huellas que ha dejado una liebre sobre la nieve y mentalmente reconstruimos el recorrido que siguió cuando estuvo aquí hace tan solo unas horas:

 

© José Ángel Rodríguez

Huellas de liebre sobre nieve.

 

Interpretado las huellas de izquierda a derecha podemos apreciar: En la primera huella corría el animal, en la segunda se sienta sobre el suelo apoyando las patas traseras que quedan marcadas a su largo, mientras que delante quedan marcadas las dos patas delanteras y en la tercera y última reanuda nuevamente la marcha, dejando nuevamente marcado su característica forma en L invertida.

Aprovechando una gran nevada en Baza y que teníamos localizada la zona habitual de una gineta, nos dirigimos a la misma con la intención de fotografiar sus rastros en la nieve. Nuestra sorpresa fue cuando lo que encontramos fue el negativo de la gineta en la misma nieve y es que ante la abundancia de nieve, que superaba los 40 cms. y la dificultad que sin duda el animal había tenido para caminar sobre ella, lo había hecho dando saltos espectaculares de aproximadamente 1,5 metros de longitud, tras los que quedaba completamente hincada en el suelo, marcando su fisonomía sobre la nieve, como si fuera un negativo fotográfico y puede verse tanto la cabeza como el cuerpo, las patas y la cola del carnívoro.

 

© José Ángel Rodríguez

 

Huellas del cuerpo de una gineta marcado en la nieve. Puede  apreciarse como el cuerpo ha quedado marcado en cada uno de los saltos del animal, siendo visible la cabeza en un primer término, el cuerpo con sus extremidades y la larga cola al final de cada una de las imágenes.

 

 FAUNA DE MONTAÑA GENUINAMENTE IBÉRICA

© Antonio Vázquez

Gineta reptando al acecho y caza de una presa.

 

Los animales silvestres de nuestros montes, particularmente los mamíferos, son especies esencialmente sedentarias, que de modo general no hibernan ni efectúan grandes desplazamientos, por lo que tienen que adoptar unos particulares mecanismos biológicos para sobrevivir ante los rigores invernales. A las bajas temperaturas, que en las noches pueden bajar notablemente de los -20º C, se une la escasez de alimentos y el aumento de las necesidades energéticas para superar los rigores invernales. Todo un reto al que nuestra fauna se ha venido adaptando a lo largo de miles de años. De modo que las especies actuales se nos presentan como el resultado de un proceso de adaptación para supervivir en el que por una selección genética, tan solo sobrevivirán del crudo invierno los más sanos, los mejor adaptados a estas condiciones físicas y ellos serán los que transmitirán sus genes a la próxima generación y así un año tras otro en un ciclo natural cuya cadencia se repite matemáticamente.

 

 

© Antonio Vázquez

Corzo (Capreolus capreolus)  caminando entre una gran nevada.

 

 

 

Los fitófagos como el ciervo, cabra montés, gamo o corzo (en la imagen) ven reducidas sus posibilidades de alimento, no solo porque los vegetales reposan y disminuyen su capacidad vegetativa, sino además  por permanecer cubiertos por el manto de nieve, haciendo en muchos momentos y lugares inaccesible su consumo para el animal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 MIMETISMO

© Antonio Vázquez

Armiño (Mustela eremita) entre la nieve con su característico pelaje invernal 

 

Otros animales como la liebre alpina o el armiño, adaptan sus colores a la nieve, para mimetizarse en el paisaje y adoptan la capa un blanco puro dominante. Así el armiño, un simpático carnívoro que en la Península Ibérica está reducido a la zona de Los Pirineos, si habitualmente tiene una capa de color canela, con coloración blanquecina en el vientre y pecho, al llegar la época invernal se torna de una coloración blanco puro, para confundirse y mimetizarse con la nieve, aun cuando conserva siempre negra la punta de la cola.

  

ADAPTADOS AL INVIERNO 

 

 

© Antonio Vázquez

Zorro dándose un festín.

 

Todos sabemos que las temperaturas bajan mucho en los días de invierno, pero más lo hacen en la montaña, y si nosotros cuando llega el invierno necesitamos protegernos, también lo hacen los animales silvestres, aunque de una forma natural, formando parte de su biología. Para ello o bien adoptan una serie de conductas alimenticias, atiborrándose, por ejemplo, de frutos otoñales y roedores, aprovechando la mayor abundancia en esta época del año, favoreciendo con ello el aumento de una capa adiposa que al tiempo que le sirve de reserva alimenticia les aísle de los rigores invernales. Pero también tienen lugar otras adaptaciones muy curiosas y útiles aunque menos conocidas, así al llegar el invierno la piel de los zorros parece que aumenta de volumen y es que desarrolla una capa específica para adaptarse a la estación fría y bajo su pelo crece una capa lanosa inferior que permite retener el aire cálido, aislando la epidermis de la temperatura ambiental, a modo de un traje aislante, que después desaparece al llegar la primavera con la renovación natural del pelo, para repetirse todos los años el proceso a la llegada de los fríos invernales ¡qué listos son nuestros animales!.

 

 

© Antonio Vázquez

Aunque el oso (Ursus arctos)  es una especie hibernante, antes de alcanzar el letargo invernal puede ser sorprendido por una nevada temprana.

 

La hibernación es el más perfecto y complejo recurso fisiológico de la fauna silvestre para superar el invierno. Para ello efectuar un total y absoluto control corporal que ya quisiera para sí el mejor de los yoguis. Animales como la marmota, el lirón careto, o el oso, la practican para ello durante la hibernación entran en un profundo sueño, más prolongado en las zonas más frías. Durante la hibernación el animal deja de consumir todo tipo de alimento y líquido, baja la temperatura corporal para adaptarla al entorno, reduce la respiración y los latidos del corazón considerablemente (a un diez por ciento, aproximadamente de lo normal). Todo ello con el objeto de reducir al mínimo el consumo energético, que se encuentra reducido al imprescindible para mantener la funcionalidad de sus órganos vitales. A lo largo de este período va consumiendo lentamente sus reservas pudiendo perder hasta el 50 % de su peso.

 

 

© Antonio Vázquez

Rebeco (Rupicabra pyrenaica), junto a una cascada de agua completamente helada

 

 

 

 

Pero nuestra fauna de montaña también tiene que adaptarse a moverse sobre la nieve y hielo. Cuando nosotros hemos intentado pasar por una superficie helada, apreciamos lo difícil que es caminar por la misma, pero imaginemos una montaña toda helada y lo que haría más acentuados nuestra situación: que tengamos que vivir y buscar alimento en ella durante meses. Esto le ocurre a la cabra montés y al rebeco una especie también llamada gamuza y sarrio, propia de Los Pirineos, que puede aguantar condiciones invernales extremas, soportando bajísimas temperaturas y moviéndose sin dificultad por los cantiles helados, gracias a la especial adaptación anatómica de sus pezuñas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

AVES QUE SE QUEDAN EN EL INVIERNO

 

 

© Antonio Vázquez

 Inmaduro de quebrantahuesos (Gypaetus barbatus) soportando una nevada invernal.

 

 

 

En el invierno la población de aves escasea en la montaña, debido a que las aves tienen sobre los mamíferos la ventaja de que pueden efectuar largos y rápidos desplazamientos, lo que les permite poder marcharse a lugares o regiones geográficas que les ofrecen mejores condiciones climatológicas, gracias al conocido fenómeno de las migraciones, pudiendo efectuar en algunos casos desplazamientos de miles de kilómetros, si bien otras muchas aves son residentes habituales de nuestras montañas y permanecen en ella durante todo el año, soportando sin mayores problemas los rigores invernales, en una adaptación alcanzada a lo largo de millones de años. Incluso hay algunas especies como el quebrantahuesos o el buitre leonado  que coincidiendo con los máximos rigores del invierno, entre diciembre y febrero, se lanzan a la reproducción, poniendo sus huevos (uno excepcionalmente dos) que empollarán durante 55-60 días el quebranta y 47-54 el buitre leonado en los cantiles de las altas montañas ibéricas. 

 

Espectacular puede resultarnos caminar por un paisaje completamente cubierto de nieve y divisar en el cielo la silueta de una rapaz diurna, que otea cada centímetro del manto de nieve que tiene bajo ella en busca del roedor que osa salir en busca de alimento. Como detecte la presencia del ratón de campo, en el manto blanco y sin protección donde esconderse, tiene todas las de perder, en este continuo reto para sobrevivir en la alturas. Un mundo mágico que siempre ha atraído al hombre, pero que nos resulta muy desconocido.