EDICIÓN MENSUAL - AÑO XXI
Nº 241 –  JULIO 2019
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Por José Ángel Rodríguez

 

©  José Ángel Rodríguez

Arces granadinos (Acer opalus subsp. granatense) con su coloración otoñal en el Barranco de San Sebastián. Parque Natural Sierra de Baza.

 

En el otoño, podemos asistir  a uno de los espectáculos más maravillosos que nos depara la naturaleza y comprobar como muchos de sus árboles, los llamados caducifolios, cambian el  color de sus hojas y se visten de colores, para terminar de caer sus hojas en las semanas siguientes. Pero si prestamos un poco de atención, podremos comprobar que esto no es exclusivo de los árboles y también otros vegetales entran una especie de letargo o sueño invernal, y nuestra pregunta es ¿por qué ocurre esto? La respuesta, anticipamos, es muy sencilla, aunque vamos a profundizar en ella: como peculiar forma de adaptación al entorno para superar los rigores del invierno ¡¡PARA SOBREVIVIR!!

 

En las cumbres de las montañas, en los áridos altiplanos, en la tundra... las temperaturas pueden ser inferiores a 0º C en algunas épocas del año. Cuando bajan las temperaturas, el agua que hay en las células de la planta se convierte rápidamente en cristales de hielo que con el aumento de volumen pueden destruir las células Si a esto unimos que las plantas no pueden desplazarse, y además su metabolismo cuenta con muy pocas alternativas para mantener el control de la temperatura corporal, nos da idea del importante reto al que los vegetales que viven en estos lugares tienen que enfrentarse para superar el invierno, de lo que vamos a ocuparnos en estos breves apuntes, los que pretenden llamar la atención sobre este comportamiento de estos seres vivos que nos suele pasar desapercibido y que resulta muy curioso.

 

Adaptación de los vegetales a su entorno 

 

©  José Ángel Rodríguez

En la alta montaña, se dan unas condiciones muy hostiles para la vida durante la época invernal, a la que tienen que adaptarse los vegetales que allí arraigan para sobrevivir.

 

No solo los animales adaptan sus ciclos de vida a las condiciones que les rodean y afectan, sino que las plantan también lo hacen y de muy diferentes formas, también para aprovechar al máximo sus energías, para poder sobrevivir, el fin que dirige todas estas conductas. Así la permanencia prolongada del manto de nieve puede ser un factor importantísimo para numerosas plantas y también para numerosos tipos de vegetales de la montaña. El manto de nieve ejerce un factor determinante por varias causas, por ejemplo en la alta montaña, donde suele estar cubierta la superficie del suelo por la nieve, la capa de nieve supone una limitación de luz, que puede prolongarse durante mucho tiempo, pero también es un aislante excelente y bajo la nieve la temperatura se mantiene benigna y constante. Guido Moggi cuenta como experimentos llevados a cabo en un lugar en el que la temperatura del aire se situaba alrededor de los -17º C debajo del manto de nieve que tenía un grosor de 50 cms. daba como resultado -1º C, lo que suponía una diferencia en tan solo 50 cms. de +16º C. En estos lugares pueden subsistir muchos vegetales, los que sí tienen que adaptarse al peso de la nieve que tienen que soportar, por lo que suelen adquirir formas rastreras como es el caso de la sabina rastrera o el enebro rastrero, propios de lugares como las zonas de alta montaña de los pinares bacenses (Sierra de Baza, en la provincia de Granada).

 

©  José Ángel Rodríguez

Enebros, sabinas y piornos entre otras vegetaciones características de la alta montaña bética, con su característica forma almohadillada, quedan enterrados bajo un manto de nieves en la época invernal.

 

Los piornos, plantas arbustivas propias de la alta montaña, adquieren una forma hemisférica y almohadillada para protegerse de los fuertes vientos que azotan las cumbres en las que vive y particularmente superar los rigores del invierno, en cuanto que entre sus hojas superiores quedan entrelazadas las gotas de hielo y nieve que forma un iglú natural que los aísla de los rigores climáticos.

 

Plantas bulbosas

 

©  José Ángel Rodríguez

Flor del endémico azafrán blanco de montaña (Crocus nevadensis), naciendo entre la nieve.

 

Otras plantas como los tulipanes, crocus o narcisos pasan el invierno bajo tierra en forma de bulbo (donde han almacenado alimentos), tomando nutrientes de ellos hasta la primavera en que la temperatura sube y le permite desarrollar hojas con las que se alimenta y pierde nuevamente al llegar la estación fría, repitiéndose el ciclo año a año.

 

La adaptación de las coníferas al frío

 

©  José Ángel Rodríguez

Pinos silvestres en la zona de alta montaña del Parque Natural Sierra de Baza.

 

Las coníferas, entre las que se encuentran los pinos, están también adaptadas al invierno y sus hojas han adquirido formas alargadas y estrecha (en aguja) que además cuentan con una capa endurecida que las recubre y protege de los rigores climáticos. Además, las hojas suelen ser de un color verde más oscuro (puede llegar a ser casi negro) como ocurre con el pino negro (Pinus uncinata) la especie de pino que vive a más altitud, para absorber más calor del Sol.

 

Otros mecanismos para sobrevivir en condiciones extremas estos vegetales, son las vellosidades que presentan algunas plantas de la alta montaña y también de zonas árticas, que funcionan como ‘trampas’ de calor, de modo que capturan con sus vellosidades las gotas de hielo que forman una película que las aísla del exterior y que así impiden que la planta se congele durante el frío invierno.

 

Los árboles caducifolios

 

©  José Ángel Rodríguez

Ovejas pastando al pie de un árbol, al que se le están desprendiendo las hojas.

 

El caso más significativo y que más nos llama la atención es el de los árboles de hoja caduca que pierden todas las hojas en invierno, para evitar que estas se hielen han diseñado la caída otoñal de las hojas, que constituye una adaptación a la estación fría, entrando los árboles en un letargo, lo que poéticamente ha sido definido como un sueño de los árboles y que coincide con el fenómeno biológico conocido como dormancia o dormición, un término que se utiliza para definir la estrategia biológica utilizada por muchos seres vivos (animales y vegetales) para sobrevivir, controlando sus funciones vitales, cuando las condiciones climáticas o de alimentos no son aptas para sobrevivir y adoptan estos mecanismos naturales para no morir, aun cuando para ello tengan que suspender o reducir drásticamente, de un modo temporal, algunas actividades metabólicas, permitiendo que el organismo conserve energía para seguir con vida. La llegada del invierno y el desarrollo de protección en las yemas constituyen un eficaz sistema para paliar los efectos del frío invernal evitando las pérdidas de agua en las épocas desfavorables. Pero ello exige como contrapartida un hábitat muy favorable en el que poder completar con rapidez todo el ciclo vegetativo durante la época de primavera-verano, compensando el desarrollo energético que implica la pérdida y regeneración de las hojas todos los años. Es la forma más perfecta de sobrevivir al invierno: durmiendo.