EDICIÓN MENSUAL - AÑO XX
Nº 231 –  SEPTIEMBRE 2018
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EL CIPRÉS (Cupressus sempervirens)

 

© Proyecto Sierra de Baza 

Cipreses

 

 

 

En el mundo se localizan unas veinte especies de cipreses, de la que la más frecuente en nuestra geografía nacional es el llamado ciprés del Mediterráneo (Cupressus sempervirens), denominado así por ser este su lugar de origen, se cree que la isla de Chipre, y estar extendido desde la antigüedad por esta región geográfica, siendo en la actualidad una especie ampliamente conocida y cultivada, tanto para uso ornamental como en cementerios, lugares religiosos, formando parte de setos vivos, a lo largo de caminos o en jardines públicos, dada la belleza que su estilizada figura impregna en el paisaje.

 

El crecimiento del ciprés es rápido en los primeros años de vida, ralentizándose posteriormente, pudiendo alcanzar los 30 metros de altura y los 300 años de vida. Su tronco es recto y columnar y sus hojas son diminutas (apenas 1 mm . de longitud) con aspecto en forma de escamas. Sus frutos, llamados gálbulos, son de aspecto esférico y globoso, de color verde cuando no están maduros, alcanzan los 2,5 a 4 cms. de diámetros; al madurar se abre la piña aun cuando permanece unida por el centro del cono o piña, dejando salir las semillas del interior.

 

El ciprés es un árbol que ha sido apreciado y utilizado desde la antigüedad. Los romanos ya utilizaron su aceite y resina para fabricar perfumes y esencias aromáticas, aprovechamiento que aún sigue en uso. En la antigua China se consideraba que sus semillas ayudaban a alcanzar la longevidad, al ser muy ricas en el principio yang (principio positivo). En textos sirios de hace 35 siglos, también se han encontrado referencias al ciprés para fines curativos. Médicos como Hipócrates, recomendaban su uso como astringente y antihemorraico, o Messegué lo empleaba en dolencias de matriz y recto. Los análisis químicos más modernos han puesto de manifiesto que sus piñas poseen gran cantidad de taninos, por lo que es razonable su empleo en la medicina popular como vasoconstrictor, principalmente para combatir las varices, como se ha podido constatar que las piñas verdes cocidas producen sustancias que se pueden usar en forma de gárgaras, para evitar que las encías sangren; este mismo brebaje se ha utilizado para combatir la piorrea y fijar los dientes.

 

La madera del ciprés, que es muy dura y despide un olor agradable, ha sido también muy apreciada. Debido a estas cualidades naturales, a su incorruptibilidad y resistencia, desde antiguo ha sido utilizada su madera para la construcción de cajas, cofres y joyeros en los que guardar joyas, ropas apreciadas y documentos valiosos, a los que le impregnaba un olor agradable.

 

La nobleza del ciprés Mediterráneo viene de la mano de su simbolismo, donde su figura esbelta, que aparece acaricia las nubes, se ha considerado como la escalera o vía de comunicación de las almas de los difuntos con el Cielo, de aquí su habitual presencia en cementerios y lugares sagrados, donde en el plano simbólico más popular se le asocia con el dolor y el duelo, recordando su resina incorruptible y su follaje persistente y siempre verde, inmortalidad y resurrección, por lo que ya en la época de los griegos apareció consagrado a Plutón, Dios de los Muertos. La mitología egipcia también ha tenido presente al ciprés, en el que se representaba a la Diosa Nut salpicando las almas de los difuntos con el licor de la inmortalidad bajo un ciprés. Pero no solo posee este árbol una potente energía espiritual, sino que se ha considerado (Albert Fargas. “ La Energía de los Árboles”) que transciende el plano físico, favoreciendo la irrigación de fluidos corporales, así como que activa los circuitos mentales internos y alimenta la zona ocular de la menta. “Su aura -dice este autor- es de un delicado y suave color violeta y en general está muy bien definida”.

 

Se trata, por tanto de un árbol, que bien como adorno, o para recibir influjos espirituales, no debe de faltar en ningún jardín, casa de campo o huerto.

 

El ciprés del Mediterráneo está muy bien representado en la Sierra de Baza, donde se encuentra perfectamente naturalizado en lugares como el centro de Visitantes de Narváez o las inmediaciones de algunas casas forestales, donde fue plantado a mediados del pasado siglo.