EDICIÓN MENSUAL - AÑO XXI
Nº 244 –  OCTUBRE 2019
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LA VIOLETA (Viola odorata)

Violetas en la nieve. Ilustrativamente llamadas las flores de las violetas como "lágrimas de los dioses". En la ficha se describe el origen de este bello nombre para estas bellas flores.

El género de las violetas está integrado por unas 200 especies, caracterizadas por sus flores zigomorfas, asilares y solitarias, con los sépalos apendiculados en la base y el fruto en cápsulas. De este amplio género solo la violeta común (Viola odorata) despide olor, por lo que también es conocida como violeta de perfume, una planta vivaz o perenne con las hojas acorazonadas dispuestas en roseta.

 

Esta planta ha sido desde antiguo ampliamente cultivada en los parques y jardines, tanto por su fácil reproducción (por semillas y por esquejes) como por la belleza de sus flores y su delicado olor. Precisamente la flor es la parte más utilizada en la farmacopea, empleándose tanto en infusiones como en jarabes. La infusión de violeta, se prepara hirviendo en agua unos 3 gramos de pétalos secos (una cucharadita) por taza de agua; la infusión obtenida es de agradable sabor y de un delicado color verdoso-azulado. Se considera que tiene propiedades dulcificantes, sudoríficas, antiespasmódicas y pectorales. El jarabe de violeta, también es muy popular y en farmacia es denominado Sirup Violarium, tiene análogas propiedades a la infusión de violeta y se prepara hirviendo en un litro de agua 30 gramos de pétalos florales. Después de hervir se deja el brebaje en reposo durante 12 horas y se cuela, pasándolo a una garrafa de 3 ó 5 litros, donde se le añade 1,5 Kg. de azúcar, removiendo la melaza durante varios días, hasta conseguir que se disuelva totalmente el azúcar, tras lo que puede tomarse a la manera clásica de los jarabes.

 

Las hojas de violeta también han sido utilizadas como emolientes y laxantes e incluso como reactivos químicos. La raíz de violeta ha sido también empleada en la farmacia clásica como sustituto de la ipecacuana (Cephoelis hipecacuanha) una planta procedente de Brasil que fue ampliamente utilizada en medicina por sus propiedades eméticas (sustancia que sin otro trastorno provoca vómito). Para ello se trituraban 10 gramos de raíz de violeta y se mezclaba con ¼ de litro de agua hirviendo, manteniendo en el fuego el líquido hasta quedar reducido aproximadamente a la mitad. El brebaje resultante se tomaba a cucharaditas hasta provocar el vómito.

Otras aplicaciones clásicas de la violeta como era para fabricar perfumes, se encuentra hoy en día en desuso, dado el elevado número de pétalos necesarios para obtener una cantidad apreciable de perfume y haber sido sustituido el perfume natural de violeta por otras imitaciones químicas de más aroma y mucho menos costo, lo que ha desplazado al producto natural de los mercados.

Muy curioso es el misticismo y leyendas que rodean a la violeta, a cuya precoz floración se le ha intentado dar una explicación mágica en la mitología clásica. Así, en Grecia, se contaba que las violetas nacieron de la sangre de Atis, cuando en un acto de locura se autocastró bajo un pino. En la antigua Roma seguía un significado parecido la leyenda que sitúa su origen en lágrimas caídas del cielo que reflejan la alegría que los dioses sintieron cuando hicieron las estaciones del año. Cuentan que después de haber creado los dioses el invierno, de un  soplo apartaron las nieves y la hierba comenzó a nacer, las aguas de los arroyos a correr y el sol a salir entre las nubes. Antes el espectáculo los dioses comenzaron a llorar de alegría y éstas lágrimas cayeron sobre la tierra, brotando de ellas las violetas, de aquí que también sean llamadas como “lágrimas de los dioses”. Bello nombre para unas bellas flores.

Ignacio Abella en su libro “La Magia de las Plantas” relata como en los cuentos populares la violeta aparece como símbolo del misterio que nos atrae a los más profundo y recóndito de los bosques. Este mismo autor refiere como la diosa Proserpina estaba recogiendo narcisos y violetas cuando fue raptada a las regiones infernales. Interpretando el autor que es posible que en la mitología clásica tanto los narcisos como las violetas representen señales o puertas hacia el más allá y no solo la interpretación estacional o temporal con que se asocia el despertar de estas flores cuando despierta el invierno de su sueño y la vegetación reaparece en la primavera. Apoya su tesis de la interpretación esotérica de que las violetas eran consideradas un símbolo para abrir las puertas del más allá, el hecho de que en las rosalías romanas (también llamadas violarías) se ofrendaba a los espíritus de los muertos rosas y violetas sobre sus tumbas.

Más modernamente también hemos encontrado otros misticismos relacionados con la violeta. Así en la Edad Media, en el sur de Alemania, era costumbre atar en un mástil la primera violeta encontrada y bailar a su alrededor para dar la bienvenida a esta estación del año. En la tradición Cristiana también está presente la violeta y se cuenta que San Bernardo la llamó “la flor de la humildad”, siendo adoptada como símbolo de la Virgen María como representación suprema de la humildad en la Tierra.

En la alquimia también tenía sus atributos secretos la violeta y así en la pintura de Florentino Piero de Cosino (1462-1521) llamada “La muerte de Procris” y que se considera está llena de mensajes alquímicos, aparece representada en la margen inferior izquierda del cuadro esta planta en floración.

La violeta también está representada en el símbolo de los bonapartistas (seguidores de Napoleón). Esto ha sido objeto de numerosas interpretaciones, así se cuenta que cuando el emperador Napoleón fue desterrado a la isla de Elba (verano de 1815), prometió a sus seguidores que volvería junto con las violetas de la siguiente primavera. A partir de aquel momento, la violeta fue el emblema de los bonapartistas y la contraseña de quienes deseaban su retorno a Francia. Estas mismas fuentes cuentan que cuando el cuerpo de Napoleón regresó a Francia, ya muerto, portaba colgado de su pecho una cajita dorada que contenía dos violetas. Dando cumplimiento, aunque solo fuera simbólicamente, a su deseo de regresar a Francia junto con las violetas. Los restos de Napoleón recibieron definitiva sepultura bajo la cúpula de Los Inválidos, en Paris, el 2 de abril de 1861.