EDICIÓN MENSUAL - AÑO XXI
Nº 244 –  OCTUBRE 2019
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Detalle de las agallas y hojas del roble melojo en otoño

© José Ángel Rodríguez

 

Con el nombre popular de roble melojo, también aunque en menor medida como roble rebollo, se conoce a una especie arbórea caducifolia de la familia de las fagáceas, la que integra por ocho géneros y casi un millar de especies en el planeta, con especies arbóreas, raramente arbustivas, como el castaño, el quejigo, los robles o las hayas, todas ellas con importante usos y utilidades para el hombre.

El roble melojo, es un árbol de porte elegante, que puede alcanzar los 25 m de altura, y en algunos excepcionales ejemplares incluso superarlos, también puede tener un porte arbustivo en zonas adversas para su desarrollo. Su tronco es por lo general recto, con la corteza pardo-grisácea, no muy gruesa y agrietada longitudinalmente con la edad, con una cruz baja, desde la que parten ramas principales que ramifican radialmente formando una copa muy grande, de forma redondeada o irregular. Sus hojas son caducas, y aparecen en disposición alterna, con forma lobulada, con lóbulos irregulares y profundos que  pueden hendirse hasta el nervio principal. Las flores del roble melojo, que aparecen entre abril y mayo, son unisexuales, apareciendo en el mismo pie tanto las flores masculinas (pequeñas, agrupadas en inflorescencias tipo amentos pendulares laxos que cuelgan en ramillas, con una envoltura formada por 5-8 lacinias pelosas y un número variable de estambres) como las flores femeninas (solitarias o en grupos de 2-3, rodeadas por un involucro de naturaleza córnea llamada cúpula, con una envoltura similar a las masculinas sobre el ovario y pistilo formado por varias hojas carpelares soldadas). Fruto, que madura en otoño, es una bellota de pulpa de sabor amargo, muy consumida por las aves y fauna silvestre.

Se trata de un árbol muy bien adaptado a las condiciones climáticas continentales, resistiendo bien las heladas y periodos de sequía, teniendo su óptimo climático en laderas de montañas de orientación norte, entre los 400 y los 1600 m, aunque puede subir más en montañas del sur, pudiendo alcanzar los 2100 metros en Sierra Nevada (Granada), donde se ha constatado su máxima altura peninsular. 

Los aprovechamientos tradicionales del robles melojo en etnobotánica, son de tres tipos principales, su madera, dura y resistente, muy apreciada y se ha aprovechado para construir muebles, también para traviesas de ferrocarril, mangos de herramientas, carros y puertas. También han sido utilizadas las ramas y troncos de menor porte, como combustible, tanto en leña como para obtener carbón vegetal. Sus hojas y ramas tiernas con consumidas por el ganado para ramoneo, dado que rebrota muy bien tras el corte, por lo que sus brotes tiernos son apreciados del ganado. Las bellotas también son un buen alimento para el ganado y fauna salvaje. Por todo ello se considera un árbol que puede ser explotado de forma sostenible, en forma adehesada, con prácticas agrícolas y ganaderas. También se le conocen otras aplicaciones etnobotánicas, entre las que destaca el uso de su  corteza, muy rica en taninos, como curtiente de pieles. Esta misma propiedad le convierte en un excelente astringente, utilizándose también para desinfectar llagas, úlceras, sabañones, etc.

No deben de confundirse con los frutos del roble las agallas, de aspecto esférico y unos 3 cms. de diámetros, que se producen en algunos ejemplares, y que es la reacción que produce el árbol ante el ataque, por picadura, de algunos insectos, produciendo estas estructuras tumorales como defensa.

En la mitología clásica, es un árbol rodeado de muchos simbolismos, hasta el punto de que, por su grandiosidad, se le considera como el árbol de los dioses. Según Homero, se consideraba a Zeus padre de los dioses y de los mortales. No fue el creador de los dioses y de los hombres; era su padre, en el sentido de protector y soberano tanto de la familia olímpica como de la raza humana. Señor del cielo, dios de la lluvia y acumulador de nubes blandía el terrible rayo. Su arma principal era la égida; su ave, el águila; y, su árbol, el roble. 

 

En la Sierra de Baza no está presente de forma natural el roble melojo, aunque sí podemos encontrar algunos ejemplares plantados por el hombre en las inmediaciones del Cortijo de los Corvos (Gor).