EDICIÓN MENSUAL - AÑO XIX
Nº 216 –  JUNIO  2017
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© José Ángel Rodríguez

Frutos de la remata común. Son leguminosas y tienen una forma ovoide, de color amarillo pajizo con una sola semilla en su interior.

 

También conocida con los nombres de retama vulgar, retama borde y retama amarilla, es un arbusto que puede llegar a sobrepasar los 3 m de atura, con ramas muy largas, que salen directamente del suelo. Su corteza es de color verde grisáceo que se oscurece con la edad. Las hojas son caducifolias, simples y de forma linear, adaptadas a las bajas precipitaciones. Sus flores, que aparecen entre mayo y junio, son de pequeño tamaño y color amarillo, apareciendo en inflorescencias de racimos densos situados en los extremos de las ramas, que dan paso a una legumbre redondeada, con una sola semilla en su interior, que al secarse adquiere una elevada dureza

Se trata de un endemismo íbero-norteafricano, que de forma natural sólo habita  el norte de África y la Península Ibérica, en ésta última está ampliamente repartida por toda la zona mediterránea: ambas Mesetas, Levante, Andalucia, Aragón, Navarra, Portugal y Extremadura.

La mítica panacea

La retama común cuenta con una raíz muy larga, capaz de profundizar en el suelo varias decenas de metros en busca de agua, por lo que es capaz de vivir en lugares aparentemente hostiles, al tener esta capacidad natural para buscar agua en el subsuelo. En torno a este hecho de que su raíz penetra hasta lo más profundo de la tierra, se han creado algunas leyendas por la cultura popular, así Pio Font Quer, cuenta en su obra "Plantas Medicinales. El Dioscórides renovado", pág. 360, una de estas curiosas leyendas en las que relata como la retama, en lo profundo de sus raíces, en la raíz terminar, la más profunda y larga de todas, se encontraban unas bolitas redondas llamaban "panacea", de las que se contaba que contenían el secreto de la inmortalidad, tan buscado y deseado por el hombre a lo largo de la historia. Tal era los poderes de estos frutos subterráneos que se llegaba a decir que "a quiénes los come les nacen los dientes y muelas, se le desofuca la vista, se le tiñe el pelo, renueva la sangre y devuelve a los viejos la juventud". Aunque Pio Font Quer cuenta que todo esto es una falsa, admite como está muy extendida y relata cómo ha visto manuscritos antiguos que hablan de ella. 

Retamares

Los terrenos que ocupan las retamas, en los que se puede alcanzar una alta densidad de esta especie, son conocidos con el nombre de retamares, aunque esta expresión es aplicada de forma más amplia a todos los matorrales heliófilos altos (hasta 2-3 m de altura) en los que domina las especies retamoides. Unas plantas de crecimiento rápido, colonizadoras de medios abandonados, las que prefieren para instalarse zonas abrigadas y termófilas, también laderas de pendiente suave o moderada preferentemente en solanas.
Amplios usos etnobotánicos

Muy buen combustible, antiguamente se empleaba la leña de esta especie para abastecer a los hornos de pan, para lo cual era incluso cultivada. También era aprovechada en las matanzas de los cerdos, cuando había que hacer un alto consumo de leña con la que calentar las caLderas de cocción de los embutidos.

La retama es conocida y aprovechada desde la antigüedad, ya que tanto en la corteza como en las ramas, contiene un alcaloide denominado retamina, junto a la paquicarpina, ambas químicamente afines. Sus principales virtudes son la diurética, laxante y cardiotónica. Para su uso se utilizaba una infusión con unos 25 gramos de flores por cada litro de agua, que se ponía al fuego hasta la ebullición, después se dejaba enfriar y se podía endulzar al gusto, preferiblemente con miel casera.

Sus flores se recogían cuando estaban en plenitud floral, sin haberse pasado aún, y se secaban extendidas en una hoja de papel, para utilizarse posteriormente en infusiones que era utilizada para las enfermedades del corazón, reumatismo, gota y ciática, también para lavar las afecciones en la piel y el herpes.