EDICIÓN MENSUAL - AÑO XIX
Nº 215 –  MAYO  2017
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Un fenómeno creciente, que explica la masiva mortandad de árboles en muchos lugares del planeta

 

Por José Ángel Rodríguez

 

© José Ángel Rodríguez

Los esqueletos de los  árboles secos, van apareciendo en el paisaje de una forma lenta, silenciosa, pero constante e impasible.

 

Como informamos en otros apartados de nuestra revista digital, son miles los pinos que están muriendo en los últimos meses en la Sierra de Baza, particularmente pinos resineros, debilitados por la sequía e invadidos por una agresiva plaga de cochinilla de los pinos resineros (Matsucoccus feytaudi) una especie poco estudiada y conocida, pero que es capaz de tener una grave incidencia patógena en la salud de los pinos resineros, la única especie de coníferas a la que afecta, que ha favorecido que sean masivamente colonizados por unos pequeños escarabajos perforadores (escolítidos), que son los que han terminado de rematarlos.

Se piensa que todo este fenómeno, que ha adquirido unas dimensiones espeluznantes, hasta el punto de que en tan solo 5 meses se estiman que han podido morir unos 100.000 árboles en la Sierra de Baza, algo sin precedentes en los montes de Andalucía, que ya ha pasado a calificarse como la mayor tragedia forestal sufrida por los montes públicos de Andalucía, está relacionando con el llamado decaimiento forestal ¿pero qué es el decaimiento forestal? Un concepto novedoso para la Sierra de Baza, y que ahora parece que nos va a afectar de lleno, por ello estos breves apuntes que aclaran algunas ideas sobre este tema. 

 

El fenómeno del decaimiento forestal. La mortalidad silenciosa de los bosques

 

© José Ángel Rodríguez

Las consecuencias ecológicas que producen estos bosques que se mueren son inimaginables y afecta desde la micro a la macrofauna, también al suelo, la flora, los acuíferos y evidentemente al paisaje.

 

Uno de los fenómenos emergentes que se está registrando  constatando en muchos bosques del planeta, es el relacionado con la muerte masiva de árboles, que vienen ocurriendo de forma aparentemente natural y que sufren muchos bosques ibéricos, y que en realidad se trata de un fenómeno global y creciente, tras el que está el cambio climático, y que es conocido como “decaimiento forestal” (forest decline, en inglés).

Se estima que el estrés combinado de la sequía y el calentamiento del aire (el llamado estrés hídrico-térmico), parece ser que está detrás de muchos casos de mortalidad documentados de árboles en distintas partes del mundo. Siendo previsible que el continuo aumento en las emisiones de gases invernaderos, asociado a nuestro modelo de desarrollo industrial, vaya agravando esta mortalidad silenciosa en los bosques en los próximos años.

Este debilitamiento de los bosques, junto a la aparición de plagas contra las que los vegetales no tienen apenas defensa, por no encontrarse preparados ante las mismas, al ser nuevas para ellos, va a suponer una fragmentación y reducción de los ecosistemas así como se va a producir la sustitución de muchas de las especies actuales por otras más generalistas y adaptadas a las nuevas condiciones que van a vivirse. O, en los peores de los casos, asistiremos a la desaparición de los mismos árboles, de modo que en algunos de los territorios, donde ahora hay bosques de grandes árboles, va a quedar un escasa cobertura vegetal, de porte achaparrado y almohadillado, mientras que en otros lugares, desaparecerán completamente amplias extensiones de bosques, como ya se está viviendo en algunos parajes del Parque Natural Sierra de Baza (Granada), un lugar singular de la geografía nacional, en el que el cambio climático lo tenemos ya y podemos asegurar que ha llegado con mucha fuerza, más de la que podíamos imaginarnos hasta ahora. Una situación que se irá acrecentando y podrá repetirse en los próximos años en otros lugares y bosques de la geografía nacional.

Así ya se aventuran a darnos datos concretos algunos trabajos (“Los Bosques y la Biodiversidad frente al Cambio Climático: Impactos, Vulnerabilidad y Adaptación en España”. Asier Herrero Méndez & Miguel Ángel Zavala Gironés, editores  Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, Madrid 2015), donde se destaca como la falta de vigor de los bosques actuales en un área extensa permitirá que sean sustituidos paulatinamente por especies más termófilas, adaptadas a la aridez. Y se dan algunos concretos ejemplos como el pino pinaster de las montañas del interior valenciano será sustituido por pino carrasco, y el alcornoque y el quejigo dejarán paso a la encina. En la mayoría de las sierras levantinas o las de la mitad sur peninsular, a excepción de Sierra Nevada, el aumento de temperaturas supondría la desaparición de muchas especies por falta de altitud. También se señala que en casos extremos, algunas áreas actualmente ocupadas por bosques podrían ser sustituidas por matorral. Otras, actualmente ocupadas por matorral, pueden quedar expuestas a importantes impactos erosivos. Es más, se estima que el calentamiento global, asociado a cambios en el régimen de precipitaciones, podría suponer la desaparición de la vegetación arbolada en los territorios que se encuentran en el límite de adaptación a la sequía, siendo sustituida por vegetación herbácea asociada a lluvias esporádicas. Lo mismo ocurriría con los bosques de ribera, muy intervenidos por el hombre. Un aumento de las temperaturas medias irá unido al incremento de la evaporación y requerirá una mayor regularidad de la capa freática. Si se perdiera esa regularidad, los bosques asociados a los cursos de los ríos podrían desaparecer.

Un panorama muy oscuro, el que se nos presenta para los próximos meses, como es de imaginar con estos breves apuntes, que nos dejan clara una idea: vamos a asistir a un nuevo escenario forestal en los próximos años, el que se ha iniciado ya en la Sierra de Baza, sin presentación de tipo alguno, de una forma brutal y repentina y ante esto tenemos dos opciones, o nos adaptamos o nuestros bosques morirán perdiéndose todo vestigio de vida  vegetal y también animal.

Está claro que nuestra irrenunciable obligación es la primera (adaptarnos ante el cambio climático), ya que tenemos una obligación moral, legal e histórica de transmitir a las futuras generaciones un patrimonio forestal sano y equilibrado, tanto o mejor que el que hemos recibido nosotros.