Curiosidades
ecológicas: Fauna sin
nombre
Por Javier Armentía
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© Antonio Vázquez
Rapaz en vuelo en
busca de una presa.
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El autor
destaca en el artículo como no es necesario viajar a rincones recónditos
para hallar nuevas especies de animales, significando como la aparición de
seres vivos desconocidos es constante, incluso, en países como España, al
tiempo que pone al énfasis en la necesidad de conservar esta biodiversidad
como “patrimonio necesario para un futuro sostenible”.
Febrero
comenzó con el fabuloso hallazgo de un grupo de especies desconocidas de
animales y plantas en la región de los Montes Foja de la isla de Papúa
(Indonesia). Dos semanas más tarde se producía un nuevo descubrimiento
biológico, esta vez de nuevas especies de algas y peces en un arrecife
coralino del Caribe. Puede parecer sorprendente, en un mundo que
consideramos ya casi completamente explorado, que una expedición consigue
hoy encontrar tantas clases nuevas de animales. Tendemos a pensar que ya no
quedan casi regiones vírgenes, y a dar por hecho de que lo conocemos todo de
nuestro planeta.
No es así, y ni siquiera en España existe un catálogo completo de seres
vivos. A finales de diciembre, por ejemplo, se daba a conocer el hallazgo
del Calotriton arnoldi, o 'tritón del Montseny', un anfibio descubierto por
Salvador Carranza de la Universidad de Barcelona y Félix Amat, del Museo de
Ciencias Naturales de Granollers.
A pesar de que la sierra del Montseny es visitada por cientos de miles de
turistas cada año, esta especie, con una población de al menos mil
quinientos ejemplares, había permanecido desconocida para la ciencia. En
octubre del año pasado, tras una larga búsqueda, se obtenía por vez primera
la fotografía de un calamar gigante vivo, aunque ejemplares de varias
especies de Architeutis y Taningia ya habían sido recogidas por pescadores,
sobre todo en las costas asturianas, donde hay un museo en Luarca, a cargo
de la Coordinadora para el Estudio y la Recuperación de las Especies
Marinas.
Pero hay más. En mayo de 2005, un nuevo primate que vive en bosques húmedos
de la montaña, el Lophocebus kipuniji, era identificado por dos
equipos independientes al sur de Tanzania. Sólo son unos pocos ejemplos de
animales, a los que deberíamos sumar los cientos de especies de insectos,
artrópodos, aparte de plantas, hongos y bacterias que anualmente se siguen
descubriendo.
Continuamente, expediciones científicas que consiguen analizar un ecosistema
poco conocido encuentran una miríada de nuevas especies. Sólo el INBIO
(Instituto de Biodiversidad de Costa Rica) cataloga anualmente cientos de
especies de animales que viven en los corales de la costa del Caribe. En
Brasil, en los últimos 10 años, se han descubierto cinco especies de monos
diferentes en la región amazónica.
El término
biodiversidad ha pasado a tener en los últimos tiempos una presencia
habitual en los medios de comunicación, relacionada a menudo con la acción
humana, principalmente destructora de los entornos naturales.
El PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio
Ambiente)especialmente desde el establecimiento del Convenio sobre la
Diversidad Biológica que nació en la cumbre de Río en 1992, ha puesto un
gran énfasis en la necesidad de, por un lado, establecer un sistemático
recuento de las especies de seres vivos de nuestro planeta, pero sobre todo
de conservar esta biodiversidad como un patrimonio necesario para un futuro
sostenible. Se trata de un objetivo difícil de cumplir: en los más de 3.500
millones de años de historia de la vida en la Tierra, han aparecido y
desaparecido muchísimas especies. Y la catalogación científica de las
especies vivas, una taxonomía sistematizada por el botánico sueco Carl von
Linne (latinizado como Carolus Linnaeus, y en castellano como Linneo) nació
sólo a mediados del siglo XVIII.
Diversidad
Linneo
estableció la base de la actual taxonomía, agrupando a los seres vivos en
jerarquías que daban cuenta de las similitudes entre especies cercanas. La
ciencia taxonómica ha ido alterando a menudo la forma en que esta ordenación
se realiza. Especialmente en el último siglo ha sido también puesta en
cuestión la forma de reconocer las especies y ordenarlas, por un lado porque
los análisis genéticos permiten encontrar similitudes entre especies cuyo
aspecto exterior antes no las colocaba vecinas taxonómicamente, y por otro
porque muchos biólogos defienden la conveniencia de usar jerarquías que
tengan relación evolutiva, como sucede con las clasificaciones 'cladistas'.
Pero las estimaciones del total de especies que actualmente habitan la
Tierra varían mucho, estableciendo que hay entre 2 y 7 millones de especies
diferentes, aunque a veces se habla del orden de 10 millones para este
total. Es una estimación casi imposible, porque sólo 1,75 millones de ellas
tienen una descripción científica (es decir, que disponen de un nombre
científico). Sucede además que este número también es una estimación
incompleta, porque -aunque pueda parecer paradójico en la era de la
informática- aún no existe un inventario general de tales especies.
Desde 2000, un consorcio internacional de bases de datos biológicas,
denominado Species 2000, realiza este trabajo, gracias al que se ha
alcanzado la catalogación del 40% de las especies conocidas. Este programa,
establecido por la Unión Internacional de Ciencias Biológicas, junto con la
Unión Internacional de Sociedades de Microbiología nació en 1994, y fue
acogido dentro de las labores del PNUMA dos años después. En los Estados
Unidos, el Sistema de Información Taxonómica Integrada (Itis), realiza una
labor paralela. Afortunadamente, aparte de que Canadá y México se integraran
en el Itis, en los últimos años se ha producido una convergencia de ambos
esfuerzos, aunque manteniendo su independencia por separado: la razón
estriba en el interés estratégico de estos programas, en términos de
aprovechamiento económico, supremacía científica y, sobre todo, la oposición
de EE UU a las acciones del PNUMA en lo concerniente al cambio climático.
Futuro sombrío
Se espera que antes de 2015 el censo de especies vivas pueda estar completo,
aunque se trata de una carrera contrarreloj: la tasa de extinciones, alertan
no sólo los ecologistas, está aumentando, y está relacionada con la acción
humana directa (destrucción de ecosistemas, contaminación, etcétera) e
indirecta (calentamiento global). Por ejemplo, una cuarta parte de las
mariposas europeas está en peligro de extinción, al igual que el 11% de las
especies de aves.
Evidentemente, tan difícil es contar cuántas especies hay como saber cuántas
van desapareciendo. Si a ello añadimos las que aún no se conocen (de las
cuales un porcentaje importante podrían no llegar a catalogarse antes de su
futura extinción), el panorama que algunos podrían pretender idílico al leer
sobre el nuevo Edén descubierto en Indonesia queda más bien sombrío.