Edición Mensual - año IX - Nº 95 – Mayo 2007

 

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El cambio climático seca gran parte del pinar de la Sierra de Filabres y alertan del peligro que se avecina en la Sierra de Baza

 

© Proyecto Sierra de Baza

Zona de pinar seco en la Sierra de Los Filabres.

 

Desde el año  2001, la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía viene investigando los daños de decaimiento de los pinares en la Sierra de Los Filabres, unida geográficamente con la de Baza, de modo que una y otra se consideran forman una misma unidad geológica. Los detrimentos observados se venían concentrando en la especie pino laricio o salgareño (Pinus nigra) y en la de pino silvestre (Pinus sylvestris), de modo que de un total de trece mil hectáreas de pino que hay en la Sierra de Los Filabres, más de seiscientas se estiman que están secas. Este fenómeno que se estima es el primer caso de identificación del proceso de sequía de los pinares en Andalucía que es debido al cambio climático, no solo no se ha detenido en los últimos años, sino que se ha extendido también hacia la Sierra de Baza, donde han comenzado a hacer acto de aparición, particularmente en zonas como el entorno de Los Frailes y la parte más oriental el Parque (la más próxima a la provincia de Almería y la Sierra de Los Filabres).

 

Se estima que ha sido el aumento de la temperatura y la reducción de lluvias de los últimos años, lo que ha secado ya más de 700 hectáreas del pinar de la Sierra de los Filabres, el más meridional de Europa, en lo que el Gobierno andaluz considera "la primera evidencia del cambio climático" en Andalucía.


Este pinar, repoblado de forma intensiva en los años setenta del pasado siglo, y última frontera boscosa del sureste europeo, ha perdido ya más de 700 hectáreas y tiene otras 10.000 en peligro como consecuencia "del primer caso evidente" del cambio climático en Andalucía y uno de los más relevantes de España, según destacaba el pasado mes el Director de Gestión del Medio Natural de la Consejería de Medio Ambiente, José Guirado.

Técnicos de esta Consejería detectaron que, a partir de 2001, que de las cuatro especies con las que se repobló la Sierra de los Filabres, ubicada entre las provincias de Granada y Almería, las de pino silvestre y negro -las plantadas a mayor altitud- presentaban síntomas de decaimiento, con aparición de zonas de árboles secos y numerosos ejemplares con sus troncos gravemente defoliados.

Estudios de las universidades de Huelva y Córdoba, del Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias y de la empresa pública andaluza EGMASA descartaron que estos daños se debieran a plagas o a enfermedades de los pinos.

 

También se descartó el efecto de la lluvia ácida de la cercana central térmica de Carboneras, la segunda mayor térmica de carbón de España, pues sus emisiones no llegan a Los Filabres y se concentran en la Sierra de Cabrera.

La coincidencia de esta repoblación con la década de mayor pluviometría del milenio en la zona -un 30 por ciento superior al promedio actual- y la gran densidad de las plantaciones -hasta 1.800 árboles por hectárea- han consolidado un pinar con dificultades para sobrevivir en una zona de latitud y altitud extremas como la Sierra de los Filabres, con cotas superiores a los 2.000 metros.

Pero, según Guirado, estos factores no son suficientes para explicar el decaimiento de miles de hectáreas de pinos.

 

En su opinión, la clave es el cambio del clima en los últimos 30 años en esta zona, donde se ha constatado un aumento de las temperaturas, sobre todo de las máximas; de la oscilación térmica y de los extremos diarios; una disminución de las precipitaciones y un aumento "grave" de la aridez primaveral.

Esta aridez primaveral se explica porque la temperatura entre noviembre y marzo -época de nieve en Los Filabres- ha subido de 2 a 4 grados, "un cambio suficiente para que no haya tantas nevadas, que acumulan agua en el suelo y la liberan con el deshielo de primavera, la época de crecimiento vegetativo", explicó Guirado.

 

Además, la escasez de nieve prolonga varios meses la dura climatología del verano e impide el crecimiento de los pinos, ya de por sí dificultado por la densidad de la repoblación y por su ubicación en una zona límite para la supervivencia de esta especie.

 

Los estudios determinan que el pino silvestre tuvo un fuerte desarrollo en Los Filabres entre 1970 y 1977, seguido de una estabilización de 1980 a 1997 y una fuerte reducción entre 1998 a 2004, "ocasionada por problemas de competencia y de cambio en las condiciones climáticas". "La combinación de un cambio brusco en las condiciones climáticas y el incremento de la competencia han hecho que la masa inicie un claro declive hasta crecimientos inferiores a 1 milímetro", añade el informe. En el caso de pino negro, su crecimiento también comenzó a declinar entre 1990 y 1993 y se acentuó a partir de 1998.

 

Las repoblaciones intensivas de mediados del siglo XX se diseñaron para generar el máximo de jornales en poblaciones rurales sin otra fuente de subsistencia; de hecho, la exigua paga exigía cavar 90 hoyos de casi medio metro cuadrado al día en los que, además, se colocaban varios plantones para asegurar la plantación. Pero la supervivencia de estas repoblaciones "sociales" de postguerra se ha convertido ahora en un desafío forestal, agravado por el cambio climático. En el caso de Los Filabres, la Junta prevé que, a partir de los 1.800 metros de altitud, solo podrán sobrevivir zonas aisladas de pinares de mucha menor densidad, rodeadas de matorral y siempre que el cambio climático no impida unas precipitaciones de al menos 400 litros por metro cuadrado anuales.

Para afrontar este desafío, la Junta ha iniciado el aclaramiento de los pinares más amenazados en los que, en algunos casos, es preciso extraer más de mil árboles por hectárea, hasta dejar seiscientos por hectárea.

 

Estos trabajos, que no siempre pueden realizarse mecánicamente y cuyo coste no bajará de 4.000 euros por hectárea y se concentran en 30.000 hectáreas de la Sierra de los Filabres, pero la Junta prevé que pronto tendrá que extenderlos a otras 35.000 de la Sierra de Baza y a más de 100.000 de Sierra Nevada, que sufren análoga amenaza y que además, permitirá recuperar el antiguo bosque mediterráneo de estas sierras y crear un paisaje más naturalizado y con más alimento cinegético, claves para el turismo rural y la caza, elementos cruciales para la supervivencia de las zonas rurales.

 

"Se trata de recuperar el bosque del pasado para garantizar el bosque en el futuro", en palabras de  Guirado.

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