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Relatos y leyendas de la Sierra de Baza
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Por
José Padilla Valdivieso. Octubre-2004
© Proyecto Sierra de Baza Zona de Los Rodeos. Lugar donde se desarrolló la cacería a que alude el relato La
historia que vamos a contarles tuvo lugar en una aldea de Era el año 1927, dos primos que acababan de
licenciarse al terminar el servicio militar se encontraban celebrando con sus
respectivas familias y amigos su regreso a casa. José Padilla Navarro y su
primo Juan habían organizado una cacería por la sierra. Todo era júbilo,
todo era alegría... y serían las
dos de la tarde cuando regresaron con las piezas de caza, que las mujeres
prestas comenzaron a limpiar y cocinar, para consumirla en aquel momento como
parte de la celebración que estaba teniendo lugar. Los mayores jugaban a las cartas y los más jóvenes
unos comentaban su experiencia fuera del hogar, sobretodo de la mili y otros,
los que aún no la habían hecho, interrogaban con curiosidad a los mayores en
torno a la misma. Aun no habían servido la mesa cuando sonó un
disparo en una de las dependencias de la casa. Hubo un momento de confusión y
se encontró tendido en el suelo a Juan. Tenía un disparo en el
pecho provocado por una pistola de fuego central de calibre 45. El arma
estaba en el suelo junto al cuerpo del herido. Tras el lógico desconcierto rápidamente se
ensillaron dos caballos y dos jóvenes salieron a galope para buscar a un médico
y avisar a la guardia civil. Mientras tanto los asistentes a la fiesta
intentaban saber qué es lo que había ocurrido y sobretodo quién había
disparo el arma. Nadie parecía haber visto nada y el herido -que permanecía
inconsciente- tampoco podía ayudar a aclarar lo sucedido. La confusión
comenzó a aumentar y dentro del revuelto un comentario por uno de los
asistentes: —
Eso han sido los primos
probando el arma. —
Tiene que haber sido José.
-Añadió otro- —
Sí, no veis lo preocupado
que está.
El rumor comenzó a pasar de boca en boca y
todos miraban a José, sin que este sospechara nada. Alguien preguntó a José: —
¿Cómo ha ocurrido? —
Yo no se nada. —
¿Cómo que no si tú le
estabas enseñando el arma? —
Yo no le he disparado -se
defendía indignado José-. —
Eso se lo va a explicar a la
guardia civil -le dijo otro de los presentes-. Los nervios comenzaron a apoderarse de todos y
por más que José se declaraba inocente, con más fuerza e insistencia era
acusado por la concurrencia. Colocaron a
Juan en un camastro, unos decían que estaba muerto, otros que aun tenía
vida y se desesperaban por no presentarse el médico. Cuando llegó la guardia
civil con el médico éste comenzó a examinar al herido. El galeno no hablaba
pero sí movía la cabeza, temiendo lo peor por su vida. En estos momentos el
herido abrió los ojos y tras la exclamación de los presentes de que el
herido estaba aún vivo, con insistencia le preguntaban sobre cómo había
sido: —
Ha sido Casilda -contestó el
herido-. —
Buscarla -ordenó la guardia
civil- Casilda era una adolescente de 16 años que sin
duda asustada por todo lo ocurrido había preferido callar y al no poder
soportar más la situación se había ido del cortijo. Por fin Casilda se presentó y Juan moribundo le
ordenó: —
Casilda acércate... -y con voz
entrecortada le dijo-. Prima te perdono porque ha sido sin querer. Ya has
visto que con las armas no se puede jugar. Pero me has matado prima. Después pidió agua y tras recorrer con la
mirada a todos los asistentes, sobretodo a Casilda, aquel hombre joven y
fuerte, a la vista de todos dejó de existir. Se amortajó el cadáver y sobre el lomo de uno
de los mulos más fuerte de Los Rodeos se trasladó al difunto a la aldea de
El Moro, donde estaba la iglesia y el cementerio. José, que había estado muy unido a su primo al
que quería mucho, durante todo el camino fue cogido a un extremo del féretro,
ayudando en su conducción y llorando en todo el recorrido. Al llegar al Moro se montó el velatorio y la
madre del difunto, —
¡Quiero verte hijo mío! ¡Dios
mío quiero ver a mi hijo! ¡Que desgracia más grande!. De forma inexplicable para los presentes, quizá
por las lágrimas que inundaban sus ojos o el dolor que sentía, de pronto —
¡Te veo hijo mío! ¡Te veo!
¡Que pálido estas! ¡Quiero irme contigo!... Los asistentes decían: —
Ha sido un milagro. ¡Milagro!
¡Milagro! ¡Milagro del Señor! Por toda Todos
estos hechos me fueron relatados por mi padre, que era precisamente José
Padilla Navarro. De niño yo tenía curiosidad por subir a |